lunes, 21 de mayo de 2012

La tumba del Aquinate


Aún recuerdo una excelente biografía, o hagiografía, de Tomás de Aquino, escrita con verdadera devoción por Chesterton, y disponible en la red. Chesterton se refiere a la posibilidad de que Tomás de Aquino llevase “una especie de vida secundaria y misteriosa; la réplica divina de lo que se llama una doble vida”. Por su parte,  Copleston explica que los hechos de la vida del Aquinate pueden narrarse muy brevemente, pues su corta existencia no tuvo un final dramático como la de Sócrates, ni fue un personaje intempestivo  y solitario como Nietzsche. 

Puede que naciera en 1225, proveniente de una familia noble de origen lombardo, en un castillo, entre Nápoles y Roma. Se educó en la abadía de Monte Cassino y estudió en la universidad de Nápoles. Ingresó en la orden de Santo Domingo, contra el consentimiento de su familia, que lo tenía destinado a un puesto de más poder y gloria mundana, y tuvo por mentor al gran sabio y santo Alberto Magno, en París y Colonia. Se inició en el magisterio hacia 1252 con un curso sobre las Escrituras y otro sobre las Sentencias de Pedro Lombardo, tópico en la enseñanza superior de la época.

En 1256 lo tenemos como catedrático en la universidad de París. De 1259 a 1269 vivió en Italia, enseñando en distintas ciudades. El papa Gregorio X le ordenó tomar parte en el concilio de Lyon. Tomás de Aquino se puso en camino a principios de l274, pero dominado por la fiebre, tuvo que detenerse en el monasterio cisterciense de Fossanova. Ya no pudo reanudar la marcha. Por unos días aún le quedaron fuerzas para comentar ante los monjes el Cantar de los Cantares. Luego recibió los últimos Sacramentos, y el 7 de marzo entregó su alma a Dios. Inhumado en la Iglesia del monasterio, su cuerpo fue llevado a Tolosa.

sábado, 5 de mayo de 2012

RAZÓN VS. PASIÓN (Kant)


Portada de un magazine mensual francés
dedicado a la divulgación de la filosofía

¿Puede ser moral la pasión?



Esta pregunta se puede hacer a la sombra de las polémicas ilustradas. Tras leer apasionadamente a Rousseau, Kant le refuta. No se debe fundar la moral en el “corazón”, sino que hay que cimentarla en el uso ético de la razón.

Rousseau pensaba que la capacidad moral del humano enraizaba en una especie de sentimiento específico, en la compasión o piedad genuina que nos produce el sufrimiento ajeno, o sea, en una tipo de pasión natural y universal. Pero Kant le objeta que, en ese caso, no podríamos esperar que la moral fuese universal ni que todos los seres humanos se comportaran moralmente.

"No podríamos esperar", pero..., ¿no es la esperanza también una pasión y puede que la más fuerte, "la última que se pierde"? Si fundamos la moral en el corazón de los humanos -piensa Kant-, ¿qué pasa con los que no tienen corazón, con los que muestran “mala entraña”? Estarían condenados a la amoralidad o a la inmoralidad.

De ahí su propuesta: fundar la moral en el uso apriorístico de la razón. La razón me permite, ella sola, aplicar el imperativo categórico: “Obra de tal manera que la máxima de tu acción pueda ser elevada a ley universal". Alguien me ha dañado y yo ansío vengarme. Aplicando el imperativo categórico, me percato enseguida de que es imposible convertir la máxima de la venganza en ley moral universal. Si todo el mundo se vengara cuando le apetece, la vida en sociedad sería imposible. Todos los hombres pueden estar de acuerdo en esto, ¡incluso los que no tienen buenos sentimientos! Por tanto, es suficiente ser racional para ser moral.