En el prólogo de su Ciencia del bien y del mal (Herder, Barcelona 2007), Javier Echeverría explica cómo Sócrates enseñó en Atenas que el conocimiento primaba sobre todas las virtudes. Es lo que llamamos "Intelectualismo moral". Sócrates profesaba la convicción de que nadie es malo voluntariamente, sino por ignorancia, porque hacer el mal nunca nos conviene, puesto que hacer el mal es fastidiar y enfermar la propia mente (psyjé).
Su discípulo Platón postula en su Politeía (República, VII) la Idea del Bien o Forma de lo Perfecto como principo metafísico del que participan (μέθεξις, méthexis) todos los bienes, causa y meta indeterminable de toda realidad y verdad. Sin embargo, Aristóteles --como dejó escrito Gadamer en Verdad y Método, (II, II, 10, 2. "La actualidad hermenéutica de Aristóteles")-- funda la Ética como disciplina autónoma y critica como generalidad vacía la Idea platónica del Bien. Frente a ella, el Estagirita se ocupa de lo bueno para el hacer humano, de la praxis recomendada o inspirada por la prudencia (phrónesis).
Platón mandaba el endiosamiento (entusiasmo) como imperativo ético: hacernos semejantes a dios en la medida de nuestras fuerzas. Creía Platón que las mejores bendiciones de nuestra vida nos son otorgandas como gracias divinas (Fedro). Todavía en la Ética Eudemia, tal vez obra temprana de Aristóteles, pesa la divina contemplación de los cielos y la participación en lo divino como fin ético (*). No obstante, Aristóteles basa la moral en el esfuerzo (órexis) con que condicionamos o educamos la conducta hacia actitudes equilibradas, desarrollando esa segunda naturaleza, êthos o carácter moral, configurada por hábitos saludables, es decir, por buenas costumbres, o por malos hábitos (vicios).
Como dice Javier Echeverría "los males son anteriores a los bienes". Los males están garantizados por naturaleza y por la necesidad, las enfermedades y la muerte son algunos de estos males ineludibles; los bienes, sin embargo, hay que lograrlos con esfuerzo y en situaciones comunitarias, sociales, pues el humano es un animal social, un zôon politikón, según Aristóteles.
Para el fundador del Liceo, la felicidad (eudaimonía) es el fin natural de la acción humana, pues "la felicidad es lo más noble y lo mejor, y al mismo tiempo lo más placentero". Opone esta afirmación a la inscripción del templo de Latona en Delos:
"Lo más noble es lo más justo, y lo mejor es la salud; pero lo más placentero es lograr lo que amamos".
La ética de Aristóteles es eudaimonista, pues hace de la felicidad el fin último de la vida humana, y la felicidad es producto de tres factores: prudencia (phrónesis), excelencia (virtud, areté) y placer. El humano verdaderamente sabio ha de saber mezclar (cfr. Platón, Filebo) o conjuntar en su vida estos tres factores. Además, muy realista, Aristóteles es consciente de que no se puede ser feliz en la miseria y hace falta también un componente de buena fortuna, de suerte. Pero si uno no puede asegurarse racionalmente la felicidad, al menos puede hacerse encontradizo con ella mediante la virtud.
La excelencia o virtud (areté) es un modo de ser selectivo, un término medio relativo a nosotros, determinado por la razón y por aquello por lo que decidiría un hombre prudente (si lo hubiera). Es un medio entre dos vicios, uno por exceso y otro por defecto, y también por no alcanzar, en un caso, y sobrepasar, en otro, lo necesario en las pasiones y acciones, mientras que la virtud encuentra y elige en término medio..., pero con respecto a lo mejor y al bien, la virtud es un extremo (EpN II).
Aclara Javier Echeverría que Aristóteles distinguió tantos tipos de bien como categorías, esto es, como modos de ser, decir y pensar el ser. Por eso, en la categoría de sustancia, el bien se dice como Dios y como intelecto (Noûs); en la cualidad, como excelencias o virtudes (aretai); en la cantidad, como justa medida; en la relación, bien es lo útil; en el tiempo, la oportunidad (kairós); en la categoría de lugar, el hábitat (hoy podríamos decir la burbuja de confort), y así sucesivamente (EpN I, 1096a, 24-28).
Por consiguiente, no puede haber una noción universal y única del Bien. Si hubiera una idea del Bien habría una sola ciencia de lo bueno. No es así. Hay muchas ciencias, incluso de los bienes. Por ejemplo, la ciencia de la oportunidad, en la guerra, es la estrategia; y en la enfermedad, la medicina; y la de la justa medida, en los ejercicios físicos, es la gimnasia... Aristóteles también estudió los bienes y males de los animales.
No obstante, Echeverría piensa que el autor de la Ética para Nicómaco adelantó hacia una verdadera ciencia al abandonar los planteamientos míticos que todavía afectaban a su maestro de la Academia para afrontar la cuestión moral, o la del carácter (doble naturaleza humana) desde una perspectiva naturalista y racional.
No obstante, al contrario que su Ciencia del bien y el mal, la indagación aristotélica asumía una perspectiva moralista: "no investigamos para saber qué es la virtud, sino para ser buenos" (EpN 1103b, 26-27). Además, Aristóteles --objeta Echeverría-- se centró en los bienes, en lugar de en los males; en las virtudes, pero no en el estudio de los vicios.
(Un curioso estudio de los vicios contemporáneos lo ofrece Vilém Flusser en A historia do Diabo, Sâo Paulo, 1965 (**). Muy interesante también el trabajo de Rudiger Safranski, El mal o el drama de la libertad, Tusquets, 2000).
Echeverría piensa que los males son más variados y numerosos que los bienes: "Si solo pretendemos ser buenos, poco sabremos del mal" y, por ende, tampoco sabremos de muchas formas de bien que consisten en evitar y menguar el mal o, por decirlo así, en escoger el mal menor. El propio Aristóteles reconoce que "los hombres sólo son buenos de una manera, malos de muchas" (EpN, 1106b, 35). Para Echeverría, hacer una ciencia del bien y el mal que sólo investigue lo bueno equivale a cerrar los ojos y elegir no saber. "Las flores del bien surgen de los bulbos del mal".
Por eso, en su tratado, Echeverría da prioridad al estudio del mal, asume para ello el punto de vista de La Serpitente del Génesis: una ciencia naturalizada del bien y del mal, sin sesgo moralista.
Notas
(*) Cfr. Werner Jaeger, Aristóteles (bases para la historia de su desarrollo intelectual), 2, IX. "La Ética original", FCE, 1983.
(**) Edición española: Vilém Flusser. La historia del diablo, Interzona, Buenos Aires 2024.


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