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jueves, 22 de octubre de 2026

BULBOS DEL MAL, FLORES DEL BIEN

 



En el prólogo de su Ciencia del bien y del mal (Herder, Barcelona 2007), Javier Echeverría explica cómo Sócrates enseñó en Atenas que el conocimiento primaba sobre todas las virtudes. Es lo que llamamos "Intelectualismo moral". Sócrates profesaba la convicción de que nadie es malo voluntariamente, sino por ignorancia, porque hacer el mal nunca nos conviene, puesto que hacer el mal es fastidiar y enfermar la propia mente (psyjé). 

Su discípulo Platón postula en su Politeía (República, VII) la Idea del Bien o Forma de lo Perfecto como principo metafísico del que participan (μέθεξις, méthexis) todos los bienes, causa y meta indeterminable de toda realidad y verdad. Sin embargo, Aristóteles --como dejó escrito Gadamer en Verdad y Método, (II, II, 10, 2. "La actualidad hermenéutica de Aristóteles")-- funda la Ética como disciplina autónoma y critica como generalidad vacía la Idea platónica del Bien. Frente a ella, el Estagirita se ocupa de lo bueno para el hacer humano, de la praxis recomendada o inspirada por la prudencia (phrónesis). 

Platón mandaba el endiosamiento (entusiasmo) como imperativo ético: hacernos semejantes a dios en la medida de nuestras fuerzas. Creía Platón que las mejores bendiciones de nuestra vida nos son otorgandas como gracias divinas (Fedro). Todavía en la Ética Eudemia, tal vez obra temprana de Aristóteles, pesa la divina contemplación de los cielos y la participación en lo divino como fin ético (*). No obstante, Aristóteles basa la moral en el esfuerzo (órexis) con que condicionamos o educamos la conducta hacia actitudes equilibradas, desarrollando esa segunda naturaleza, êthos o carácter moral, configurada por hábitos saludables, es decir, por buenas costumbres, o por malos hábitos (vicios).

Como dice Javier Echeverría "los males son anteriores a los bienes". Los males están garantizados por naturaleza y por la necesidad, las enfermedades y la muerte son algunos de estos males ineludibles; los bienes, sin embargo, hay que lograrlos con esfuerzo y en situaciones comunitarias, sociales, pues el humano es un animal social, un zôon politikón, según Aristóteles.

Para el fundador del Liceo, la felicidad (eudaimonía) es el fin natural de la acción humana, pues "la felicidad es lo más noble y lo mejor, y al mismo tiempo lo más placentero". Opone esta afirmación a la inscripción del templo de Latona en Delos: 

"Lo más noble es lo más justo, y lo mejor es la salud; pero lo más placentero es lograr lo que amamos". 

La ética de Aristóteles es eudaimonista, pues hace de la felicidad el fin último de la vida humana, y la felicidad es producto de tres factores: prudencia (phrónesis), excelencia (virtud, areté) y placer. El humano verdaderamente sabio ha de saber mezclar (cfr. Platón, Filebo) o conjuntar en su vida estos tres factores. Además, muy realista, Aristóteles es consciente de que no se puede ser feliz en la miseria y hace falta también un componente de buena fortuna, de suerte. Pero si uno no puede asegurarse racionalmente la felicidad, al menos puede hacerse encontradizo con ella mediante la virtud.

 La excelencia o virtud (areté) es un modo de ser selectivo, un término medio relativo a nosotros, determinado por la razón y por aquello por lo que decidiría un hombre prudente (si lo hubiera). Es un medio entre dos vicios, uno por exceso y otro por defecto, y también por no alcanzar, en un caso, y sobrepasar, en otro, lo necesario en las pasiones y acciones, mientras que la virtud encuentra y elige en término medio..., pero con respecto a lo mejor y al bien, la virtud es un extremo (EpN II).



Aclara Javier Echeverría que Aristóteles distinguió tantos tipos de bien como categorías, esto es, como modos de ser, decir y pensar el ser. Por eso, en la categoría de sustancia, el bien se dice como Dios y como intelecto (Noûs); en la cualidad, como excelencias o virtudes (aretai); en la cantidad, como justa medida; en la relación, bien es lo útil; en el tiempo, la oportunidad (kairós); en la categoría de lugar, el hábitat (hoy podríamos decir la burbuja de confort), y así sucesivamente (EpN I, 1096a, 24-28).

Por consiguiente, no puede haber una noción universal y única del Bien. Si hubiera una idea del Bien habría una sola ciencia de lo bueno. No es así. Hay muchas ciencias, incluso de los bienes. Por ejemplo, la ciencia de la oportunidad, en la guerra, es la estrategia; y en la enfermedad, la medicina; y la de la justa medida, en los ejercicios físicos, es la gimnasia... Aristóteles también estudió los bienes y males de los animales. 

No obstante, Echeverría piensa que el autor de la Ética para Nicómaco adelantó hacia una verdadera ciencia al abandonar los planteamientos míticos que todavía afectaban a su maestro de la Academia para afrontar la cuestión moral, o la del carácter (doble naturaleza humana) desde una perspectiva naturalista y racional.

No obstante, al contrario que su Ciencia del bien y el mal, la indagación aristotélica asumía una perspectiva moralista: "no investigamos para saber qué es la virtud, sino para ser buenos" (EpN 1103b, 26-27). Además, Aristóteles --objeta Echeverría-- se centró en los bienes, en lugar de en los males; en las virtudes, pero no en el estudio de los vicios. 

(Un curioso estudio de los vicios contemporáneos lo ofrece Vilém Flusser en A historia do Diabo, Sâo Paulo, 1965 (**). Muy interesante también el trabajo de Rudiger Safranski, El mal o el drama de la libertad, Tusquets, 2000).

Echeverría piensa que los males son más variados y numerosos que los bienes: "Si solo pretendemos ser buenos, poco sabremos del mal" y, por ende, tampoco sabremos de muchas formas de bien que consisten en evitar y menguar el mal o, por decirlo así, en escoger el mal menor. El propio Aristóteles reconoce que  "los hombres sólo son buenos de una manera, malos de muchas" (EpN, 1106b, 35). Para Echeverría, hacer una ciencia del bien y el mal que sólo investigue lo bueno equivale a cerrar los ojos y elegir no saber. "Las flores del bien surgen de los bulbos del mal".

Por eso, en su tratado, Echeverría da prioridad al estudio del mal, asume para ello el punto de vista de La Serpitente del Génesis: una ciencia naturalizada del bien y del mal, sin sesgo moralista.

Notas

(*) Cfr. Werner Jaeger, Aristóteles (bases para la historia de su desarrollo intelectual), 2, IX. "La Ética original", FCE, 1983. 

(**) Edición española: Vilém Flusser. La historia del diablo, Interzona, Buenos Aires 2024. 

domingo, 19 de enero de 2014

Tomás de Aquino. SUMA TEOLÓGICA (I-II, C. 94, a. 2)


 "La ley natural, ¿comprende muchos preceptos o uno solamente?

Objeciones por las que parece que la ley natural[1] no comprende muchos preceptos, sino solamente uno.

1. Como ya vimos, la ley pertenece al género del precepto. Luego si hubiera muchos preceptos en la ley natural se seguiría que también serían muchas las leyes naturales.

2. La ley natural es algo consiguiente[2] a la naturaleza humana. Mas la naturaleza humana, aunque es una[3] considerada como un todo, es múltiple en sus partes. Por eso, la ley natural, o bien consta de un solo precepto por la unidad de la naturaleza humana como un todo, o bien consta de muchos por la multiplicidad de la naturaleza humana en sus partes. Pero en este caso también las inclinaciones de la parte concupiscible deberían pertenecer a la ley natural.

3. La ley, como ya vimos es cosa de la razón. Pero la razón en el hombre es una sola[4]. Luego la ley natural sólo tiene un precepto.

sábado, 17 de abril de 2010

BIEN Y JUSTICIA

TELEOLOGISMO VS. DEONTOLOGÍA


La ética clásica griega era eudemonista, teleológica. El criterio para decidir qué debemos hacer estaba determinado por el fin natural (telos) que todos perseguimos: la felicidad (eudemonía).

Sin embargo, en la modernidad las normas empiezan a cobrar autonomía y a ocupar un lugar central en la ética, lo bueno (gut, good) se distingue de lo justo (richtig, right). Desde Kant, la ética tiende, más que a ser teleológica, a ser una deontología (del vocablo griego "deon", que significa deber): lo que importa éticamente no es qué nos hace felices, sino qué nos hace dignos de la felicidad, o sea, si cumplimos o no con nuestras obligaciones. 

(Parece claro que la "Internacional Publicitaria" aplica en sus mensajes una moral muy diferente de ésta, o es premoderna o es postmoderna, no busca hacernos merecedores de la felicidad, sino vendérnosla...).

La diferencia entre el eudemonismo y la deontología es importante: las éticas teleológicas toman como prioridad y fin el Bien (ontológico, psicológico, social, real o ideal) para construir lo correcto o lo justo (lo moralmente obligatorio), mientras que las deontológicas parten de lo correcto y lo justo, como un marco dentro del cual cada persona o grupo de personas puede buscar lo que considere bueno, siempre que no transgreda el marco de lo justo, que es prioritario.

domingo, 7 de febrero de 2010

Relación de Locke con otras posiciones filosóficas

Platón y Locke: la Justicia y el Bien

Podemos decir que la preocupación ético-política del pensador clásico sigue estando presente en Locke: definir la Justicia. ¿Por qué? Porque la tarea platónica era la de buscar aquel régimen político que permitiese cumplir el ideal de Justicia del ciudadano, y así evitar los desmanes que las formas de gobierno conocidas habían causado en la historia reciente del mundo clásico. Para Locke la búsqueda se centra en otro punto de vista acerca de la Justicia: ¿cuándo se puede llamar justo a un Estado? La cuestión es ahora la de la Legitimidad del Gobierno.
Sin embargo, la manera de proceder de ambos pensadores es distinta. Para Platón el Gobierno ha de ser ejercido por aquellos ciudadanos que son iluminados por la Idea de Bien, es decir, que conocen la esencia del mundo o la verdadera realidad (los sabios filósofos). La justificación del gobierno reside en la sabiduría y, por tanto, los sabios gobernantes permitirán que cada ciudadano logre hacer triunfar el orden individual para el que está mejor dotado (por ejemplo, aquella alma en la que predomine la parte concupiscible deberá encomendársele las tareas básicas de sustento de la ciudad y sólo así el alma será armónica y justa).
Para Locke el Gobierno es aquella institución que posee el poder de ejecutar y hacer cumplir las Leyes. Y la buena Ley queda siempre supeditada a que consiga el Bien Común, es decir, no a conseguir el saber, como diría Platón, sino a conseguir la paz, la seguridad y la defensa de la propiedad de los bienes particulares. Sólo consiguiendo este fin el Estado, o la organización de la sociedad políticamente, estará legitimado o será justo. La noción de Bien cambia de Platón a los autores contractualistas porque pasamos de un criterio óntico-epistemológico (el Bien es la máxima realidad y la fuente del saber verdadero) a un criterio Utilitarista (la moral lockeana es utilitarista, el bien se define por lo que causa mayor felicidad a la mayoría, a saber, la defensa de la paz y la seguridad).

Santo Tomás y Locke: Ley Natural y Ley Positiva

Tanto Santo Tomás como Locke utilizan el concepto de Ley Natural con el sentido de una ley que responde a la esencia propia del ser humano que es ser racional (la ley natural es racional) y que, en último término, está avalada o se fundamenta en la Ley Divina (según Santo Tomás es Dios quien imprime en nuestra razón la ley eterna para conseguir que podamos alcanzar el bien –para el Aquinate Dios es la garantía de que el ser humano pueda alcanzar el bien-). La diferencia aparece cuando entramos en el ámbito político. El Estado en Santo Tomás siempre debe servir a los intereses de la Ley natural pues ya dijimos que el orden social tenía como meta imponer las Leyes naturales dándoles forma como Leyes humanas (leyes positivas). Para Locke, las leyes positivas son fruto del acuerdo de la Sociedad civil y no son fruto del Estado de naturaleza (aunque solo serán justas si logran respetar y concretar las leyes naturales). Este planteamiento rompe la continuidad entre el Estado de naturaleza y el Estado civil que defendería el planteamiento de Santo Tomás. Para Locke el Estado no es una consecuencia de la Ley natural sino de un pacto (debemos leer “convención”, “acuerdo”) entre unos seres humanos que viven en una situación de desamparo que provoca el imperio de la Ley natural. El Estado es necesario para Locke y no para Sto.Tomás.

martes, 10 de noviembre de 2009

LA IDEA DE BIEN

En esta primera entrega que os hago llegar, voy a aproximarme a cuál debería ser la definición de la IDEA DE BIEN. La cuestión de las definiciones en filosofía es, desde mi punto de vista, central para desgranar el comentario de texto porque, a partir de los términos, podemos encontrar qué ideas, qué teorías están representadas en el texto en cuestión. No seáis, por lo tanto, rácanos en este apartado (el de definir), pero tened presente que sólo debéis apuntar la teoría para después desarrollarla en la Justificación filosófica.

En el primer párrafo de La República de la selección de textos que hemos (habéis) de comentar, nos introduce Platón la Idea de BIEN. Con ella, Platón, quiere mostrar a cualquiera que esté interesado en el conocimiento verdadero que es posible alcanzarlo si fijamos nuestro interés en esta Idea.

La Idea del Bien es lo máximamente real y, por ello, causa de lo verdadero. Si algo es máximamente real no puede por menos que imponerse al intelecto humano, que desea, anhela, encontrar la verdad para andar firme en el Cosmos, como el objeto de nuestro conocer. Por ello causa la verdad, porque nos ilumina en ese camino de búsqueda.
Como vemos, la Idea de Bien es principio ontológico y principio epistemológico y sus características serían las de cualquier Idea (recordemos que poseen las mismas características que el Ser de Parménides –incluida la rectificación de Meliso de Samos-), sólo que la Idea de Bien las tendría en grado sumo porque es definida como el Dios del Mundo inteligible. Este carácter especial es el que la encumbra hasta la cúspide del Mundo Inteligible y lo que lleva a Platón a establecer una jerarquía, un orden, dentro de este otro mundo trascendente. Las metáforas que utiliza en La República para referirse a la Idea de Bien es “el sol del mundo inteligible”, para ilustrar cómo es causa “vital” (causa ontológica) y cómo es causa de que podamos “ver” lo realmente real (causa epistemológica). Pero además, se presenta como causa de la bondad de las acciones privadas (causa ética) y de las públicas (causa política). De este modo, vemos cómo, efectivamente, la idea de Bien es la “piedra filosofal” sobre la que Platón es capaz de organizar todo un sistema de pensamiento que va a tener como meta principal la construcción de un Estado Ideal que toma como principio rector la Justicia.