Análisis de ideas, crítica y comentario de textos clásicos. José Biedma López, Doctor en Filosofía y Ciencias de la Educación (Universidad de Granada).
El cristianismo nació en Palestina y luego en Siria, antes de difundirse rápidamente por todo el Imperio y, finalmente, hasta más allá de sus confines. La comunidad judía de la que brotó estuvo al principio dispersa desde Jerusalén y Antioquía, donde primero aparece la palabra "cristiano", hasta Alejandría de Egipto y Roma.
Sodoma, 1525, Martirio de San Sebastián
Como los cristianos negaban obstinadamente la divinidad del emperador y eran pacifistas, fueron duramente perseguidos durante trescientos años. Acusados por Trajano de fundar "sociedades secretas" y por Marco Aurelio de "irreligiosidad", Decio les exigió la apostasía (o sea, que renegaran de su fe). Y Diocleciano emprendió la última y más terrible de las persecuciones con sus edictos del 303 y 304.
Si Unamuno opone básicamente la razón a la vida; Ortega
busca su armónica integración. Para Unamuno, el hombre de carne y hueso que
filosofa lo hace con la voluntad y el sentimiento. La filosofía es para el
españolísimo vasco ciencia de la tragedia de la vida, reflexión de su
sentimiento trágico. Este sentido dista mucho del sentido jovial que propone
Ortega para el pensar racional: del patetismo agonístico (Unamuno) al
deportivismo heroico (Ortega).
Ortega reprochó siempre al existencialismo (corriente en la
que muchos incluyen a Unamuno) su complacencia con las formas
melodramáticas y equívocas de filosofar, así como su reducción de la filosofía
a mero compromiso o testimonio de creencias (engagement). Para Ortega importa
más la verdad que el compromiso, si bien las verdades valen, sobre todo, para autentificar la
vida. Por eso, la filosofía es un ejercicio de contemplación no exento del tono
vital propio de Jove, o sea de Júpiter:
la jovialidad, el aire de fiesta fundado en el impulso erótico hacia lo
perfecto.
Como Unamuno, Ortega parte también del hombre de carne y
hueso, pero para el madrileño el carácter problemático de la existencia
inmediata exige de la filosofía una práctica salvadora, la búsqueda de la
seguridad que procede de la claridad del concepto, es decir, el régimen de la
libertad, pues la autosuficiencia, autarquía y autonomía, no es posible
sino mediante la posesión de la circunstancia que procura el descubrimiento de
un sentido por parte de la conciencia. La filosofía realiza así el apetito de
libertad que germina ya, como un obscuro deseo, en el germen mismo de la vida. La
filosofía es el método de la libertad.
Por eso, como decía Platón, “sólo filosofan los hombres libres”. La filosofía
eleva a conciencia el contenido sustancial de la vida.
Dejamos al pensativo Platón diseñando la posibilidad de una ciudad ideal, en la que brillara la virtud de la Justicia y que permitiese el acceso a la verdad a sus ciudadanos. Para tan noble tarea era imprescindible un correcto uso del Alma humana, pues era imprescindible ordenar nuestra alma para conseguir ordenar la ciudad (esto es lo que Tomás Calvo llamaba con la expresión “Isomorfismo Estructural”).
Con la llegada del Cristianismo la Ciudad Ideal se traslada hasta el mismo Mundo Inteligible, cuando S. Agustín nos habla de dos tipos de ciudades: la terrenal, que hereda todas las taras que Platón había señalado para el mundo sensible, y la ciudad celestial o la Ciudad de Dios, que, evidentemente, contendrá la verdad y eternidad que caracterizaban al mundo inteligible de Platón. El problema se planteaba al tratar de conjugar el sitio de la razón humana y del propio ser humano con los dictados de la Revelación Divina. En general, en este terreno, la filosofía mantiene que la Razón está supeditada a la Fe, pero, poco a poco, se alzarán voces que independicen las dos formas de dirigir la vida del ser humano.
Santo Tomás es el punto de inflexión en esta problemática al mantener que Fe y Razón son dos fuentes de conocimiento distintas e independientes tanto en el método que emplean como por el objeto formal que estudian. Eso no significa que obtengan resultados o verdades opuestas. Ambas llegan a las mismas conclusiones, pues sólo hay una verdad. La razón tiene la misión de ayudar a la fe, clarificando los contenidos de la revelación, y la fe ayuda a la razón confirmando las verdades que la razón descubre (es decir, que si la razón hallaba una verdad que entraba en contradicción con lo que la fe decía, la razón debía estar equivocada). De todos modos es importante el avance para que la filosofía y la razón humana encuentren, de nuevo, un puesto destacado en el Cosmos. Pero no sólo nos interesa Santo Tomás por esta aportación sino por la recuperación que hace de la Filosofía aristotélica y, en particular, de la Ética Eudemonista.
La Felicidad es el fin último al que se dirige la acción humana. En Aristóteles esa felicidad coincidía con lo que el ser humano apetecía en virtud de su naturaleza, que era la racionalidad. Saber, pues, hacía al ser humano feliz, pero para Santo Tomás ese fin último o bien supremo coincide con Dios (saber es ahora creer, siguiendo la teoría iluminista de San Agustín). La coincidencia con Aristóteles se manifiesta cuando habla de la necesidad de ordenar la vida terrenal “socialmente”, porque ella misma es un bien útil para alcanzar el bien supremo, que es Dios.
En su concepto de “sociedad”, el de Aquino expone cómo es aquello que posibilita la paz y la seguridad del individuo y, además, permite satisfacer las necesidades materiales, siempre y cuando en ella se impongan las Leyes Naturales, es decir, las leyes dictadas por la propia naturaleza humana (que recordemos que es ser racional). Pero como la razón humana busca o apetece el Bien Supremo, Dios es en realidad el que ordena las Leyes Humanas. La distinción que aparece entre Ley Eterna (abarca el plan divino de la creación que es incomprensible para la mente humana), y Ley Humana (las leyes positivas o civiles que rigen los Estados y las sociedades), se resuelve a favor de la primera ya que es la Ley Natural (el reflejo de ese plan divino en la esencia de las cosas) el fundamento de la Ley Moral Humana.
¿Bastaría con la Ley Natural? No, los seres humanos necesitamos concretar la ley natural según las circunstancias concretas de los pueblos y Estados, y necesitamos una autoridad humana que garantice el cumplimiento de la misma. Hasta aquí la omnipotencia divina se había apoderado del ser humano y gobernaba en la ciudad terrestre y en la ciudad celeste.
"La lógica formal y metamatemática se desplazan hacia delante y rectifican los descubrimientos anteriores. Éste no es el caso de la filosofía. Las cuestiones propuestas por Platón, Descartes o Kant son tan pertinentes hoy como lo fueron en su origen. Sólo la certeza envejece."
George Steiner, Gramáticas de la creación, IV, 6.
"Es clásico lo que se mantiene frente a la crítica histórica porque su dominio histórico, el poder vinculante de su validez transmitida y conservada, va por delante de toda reflexión histórica y se mantiene en medio de ésta" "Esto es justamente lo que quiere decir la palabra 'clásico': que la pervivencia de la elocuencia inmediata de una obra es fundamentalmente ilimitada". Gadamer. Verdad y Método, II, II, 9.