La brevedad de la vida es un tópico de la filosofía
helenística. Su fórmula latina, Vita
brevis, es el título que eligió el filósofo, profesor y escritor noruego, Jostein
Gaarder para “La carta de Floria Emilia a Aurelio Agustín” que, según la ficción,
habría sido redactada poco después del 400, y como contestación a las famosas Confesiones del obispo de Hipona.
Como es sabido, Aurelio Agustín (nacido en Tagaste, Numidia,
en el 354, muerto en Hipona en 430) tuvo un serio problema con
las pasiones del cuerpo y del alma, sobre todo con “las concupiscibles”: los
lascivos y lujuriosos apetitos de la carne. Le gustaban a muerte las mujeres,
pero parece ser que le molestaba profundamente que le gustaran tanto las
mujeres, que casi no pudiese prescindir de ellas en la cama o que cuando consiguió
prescindir de ellas en el lecho no pudiera siquiera hacerlo en sueños… Su
autoexamen resulta clarificador, pues Agustín fue un agudo psicólogo: “¿Es que
cuando duermo no soy yo mismo, Señor Dios Mío?” (Confesiones, X, 30).
