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lunes, 6 de julio de 2026

ARTE Y MORAL. LO SUBLIME Y LO TRÁGICO

Ombligos de Venus

 (Este artículo recoge algunas ideas de la filósofa Iris Murdoch (1919-1999) sobre la relación entre lo bello, lo sublime y lo bueno, es decir sobre la compleja relación entre arte y moral)


Es muy difícil, si no imposible, separar por completo lo ético de lo estético. “¡Eso está bonico!” --exclama la vecina cuando ve algo que le avergüenza, diciendo irónicamente lo contrario de lo que piensa: que está feo o que es inmoral. “¡Es indecente!” –puede referir tanto a algo que nos parece horrible y asquea como a algo indigno que nos avergüenza o que debería dar vergüenza a quien lo ejecuta. Ortega se expresó alguna vez como si la bondad se pudiese reducir a elegancia. Con razón decía Tolstoi que la valoración de los méritos del arte depende del modo en que cada cual entiende el sentido de la vida, es decir, de lo que consideramos bueno o malo, conveniente o inconveniente, de lo que percibimos como bonito o como feo.

Y, sin embargo, estamos de acuerdo con Kant en que lo bello no depende del interés, aunque sea lo bueno lo que en general apetecemos. Sin embargo, le tomamos gusto a la naturaleza cuando nos parece que ha sido construida siguiendo un designio y el arte nos agrada cuando parece que no tiene ninguna finalidad rastrera, cuando no alimenta más que al espíritu, como la contemplación de las amapolas, que no redundan provecho punteando un campo de trigo, cereal con el que sí hacemos pan. Las amapolas, graciosas, gratuitas, hermosas, bellas, no son necesarias para la vida, el trigo sí. 

Kant pensaba que la belleza no está relacionada con la emoción, mientras que nuestro sentido de lo sublime sí lo está. El sentido de la belleza resultaría de la armonía entre imaginación y entendimiento; por su parte, la sublimidad comporta un conflicto entre imaginación y razón (la razón, como en Hegel, apunta siempre a un todo, universaliza por naturaleza).


Frutos del musgo

Lo bello no es lo bueno, pero lo simboliza por analogía, es el análogo sensible de lo bueno. El platonismo expresaba esta relación afirmando que la belleza es el resplandor del Bien, su efecto perceptible por los sentidos, primeramente por el oído y la vista. Para Kant, el arte tenía que ver sobre todo con el libre juego de las facultades superiores del espíritu humano. No obstante, Iris Murdoch casi se burla del hecho de que Kant, que tan profundamente reflexionó sobre lo bello y lo sublime, prefiriese el canto de los pájaros a la ópera y creyese que el arte fuera en lo esencial mero juego de las facultades.

Grandes artistas, como Platón o Tolstoi, han incomprendido el arte o ciertas formas suyas. Tolstoi condenaba la pintura impresionista, los poemas de Mallarmé y casi toda la música de Beethoven. Platón recelaba de las ficciones poéticas, le parecía blasfemo que los poetas atribuyesen adulterios e inmoralidades a los dioses. Dice Murdoch que Platón prohibía la entrada al artista en su ciudad ideal por razones eminentemente “freudianas”, pues consideraba el arte como un intercambio y expresión de la parte más baja del alma, los apetitos y la irascibilidad (el thymós); el arte, para el divino ateniense, sólo se ocupa de lo inestable y de lo múltiple, eso que podríamos llamar “lo neurótico”: el artista plasma lo neurótico y además disfruta haciéndolo. Platón no sólo se adelantó a Freud (cuyos métodos terapéuticos dependen, por cierto, de la palabra hablada y no de la escrita, que también Platón menosprecia), sino que anticipó la estética existencialista (último flirteo occidental con la filosofía del romanticismo liberal) y también profetizó a Marshall McLuhan.

Tolstoi pensaba –y Murdoch reconoce que tal vez haya razón en ello—que el Gran Arte expresa el sentir religioso de cada época (creo que también George Steiner compartiría esta idea). Murdoch también le reprocha a Kant que no vea en lo sublime nada artístico, aunque emocione, como levanta el ánimo la perspectiva desde las alturas de las montañas. Iris Murdoch asocia la idea de lo sublime al concepto kantiano de Achtung (respeto, veneración) y da también un valor estético, y no solamente moral, a dicho sentimiento. Ve en dicha idea-fuerza la semilla de algo maravilloso.

Iris Murdoch asocia también lo sublime a la experiencia estética de lo trágico, que es también lo absurdo y lo incompleto. Hegel asociaba la tragedia al conflicto entre dos bienes incompatibles y a la conciencia de dicha antinomia. En efecto, tanto Antígona como Creonte tienen razón, ella sirve a los imperativos del amor fraterno; su tío, a los de la ley cívica. En opinión de nuestra filósofa, lo particular es siempre trágico (toda vida humana se agota trágicamente) y tanto a Platón como a Kant les da miedo lo particular y les da miedo la historia, por eso atienden con preferencia al orden intemporal de la Idea o de la Razón. Para Kant, Achtung es el único sentimiento producido enteramente por la razón y representa el impacto que la ley moral provoca en nuestra conciencia al darnos cuenta de nuestro deber. Actung es la sublimidad con que experimentamos el sentido del deber. Kant piensa que vivimos tal sentimiento: bien como humillación, pues doblega nuestro egoísmo y limita nuestros deseos; bien como elevación, pues nos hace conscientes de nuestra dignidad al sentirnos capaces de actuar como principios causales, como agentes espontáneamente libres.

Kant separa radicalmente lo estético de la moral (igual que separa la naturaleza del espíritu o el fenómeno del noúmeno), pero Murdoch ve en el arte, en la “lacerante lucidez” del Gran Arte trágico (Shakespeare es su arquetipo, pero también podría serlo para nosotros la Celestina), la preparación más accesible para la virtud moral. Nuestra contemplación de lo sublime (el vuelo próximo e imprevisto de un cernícalo o la Piedad de Miguel Ángel) detiene en seco al Ego, la atención que prestamos a lo sublime desnuda de interés nuestra mirada y humilla nuestro egoísmo. Es lo que Kant describe como Achtung. Pero mientras que Kant explica tal sentimiento como reverencia o respeto incondicionado ante la Ley abstracta, Murdoch mira más empíricamente hacia lo que está fuera de nosotros y, muy especialmente, a lo que anida en el alma, intenciones y pretensiones, frustraciones y limitaciones, de otras personas.


Almendral


Murdoch cree que, en su nuez, arte y moral son la misma cosa porque la esencia de ambos es el amor, que es percepción de lo individual, ese caer en la cuenta, no sin dificultad, de que los otros importan, ese atender al hecho, suceso y acontecimiento, de que algo ajeno a uno mismo es real. El amor es también imaginación, pero no fantasía (tan engañosa y egoísta). Tanto el arte como la moral son descubrimiento de realidades. Y lo más particular e individual de todas las cosas primeras es la mente humana. La tragedia es el arte más elevado porque tiene que ver sobremanera con lo individual, con lo que pasa a las personas, de lo que les pasa ha de ocuparse el arte.

El Gran Arte, el arte sublime, el arte trágico, no sólo consuela, sino que también vigoriza.

 

Bibliografía


 Iris Murdoch, La salvación por las palabras (¿Puede la literatura curarnos de los males de la filosofía?), Siruela 2018 (ed. or., Reino Unido 1997).

De la misma autora: La soberanía del bien, 1970 (ed. española en Taurus) y El fuego y el sol, 1976 (trad. en Siruela).


sábado, 3 de octubre de 2015

MEDEA: EL CORAJE DEL DESPECHO


Creen los historiadores que la Medea (Μήδεια) de Eurípides (Εὐριπίδης, 480 a. C.- 406 a. C) se representó por primera vez el año 431 a. C.

El argumento, como sucede en todas las obras de la dramaturgia trágica antigua, toma pie obligado en el mito, más concretamente en la saga mítica de los Argonautas y su legendaria aventura en busca del vellocino de oro, largo viaje a la Cólquide y la vuelta a Grecia, a través del Danubio y la costa itálica, o incluso a través del Atlántico y luego el Mediterráneo, según diversas versiones.

Ruta de Jasón y los argonautas hasta el reino de Medea en la Cólquide

domingo, 14 de junio de 2015

MEDITACIONES DEL QUIJOTE

Sancho contempla las piruetas penitenciales de Don Quijote
Ilustración de Gustave Doré

Sorprende el fuerte nervio poético de esta obra de Ortega de 1914, famosa sobre todo porque en ella aparece por primera vez la fórmula: "yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo". La sentencia continúa así:

"Benefac loco illi quo natus est, leemos en la Biblia. Y en la escuela platónica se nos da como empresa de toda cultura, ésta: 'salvar las apariencias', los fenómenos. Es decir, buscar el sentido de lo que nos rodea"

Su discípula, María Zambrano, ratificaría esta misión platónica de "salvar las apariencias", como propia de la razón poética y de su filosofía.