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viernes, 2 de marzo de 2018

EMOTIVISMO ÉTICO (HUME)



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Nos mueven sentimientos, no razones

La tradición occidental de la reflexión filosófica sobre las costumbres ha sido más bien racionalistaintelectualista. Desde Sócrates, el problemático saber del bien y del mal orientó sus esfuerzos hacia un cálculo racional de los placeres y un control igualmente racional de las pasiones, que los estoicos veían como "morbos del cuerpo y del ánimo" (Séneca). Para el ascetismo estoico, la conquista de la serenidad implicaba la erradicación de estas "enfermedades" del alma.

Sin embargo, la tradición filosófica escocesa de la Ilustración ofrecerá una interpretación bien distinta a la del intelectualismo. La razón no es fin de la acción humana, sino instrumento, y su oficio es, precisamente, satisfacer las pasiones. Son las emociones las que nos mueven a hacer esto o lo otro; como decía el Hamlet de Shakespeare: "es el miedo lo que nos hace prudentes".

Shatesbury y Hutcheson forman parte de esa tradición emotivista que culmina en David Hume (1711-1776). El escocés explica en sus ensayos que la razón humana no es activa. Su tarea es relacionar ideas (lógica, aritmética, geometría) y explicar hechos (ciencias naturales), pero la razón por sí misma es incapaz de determinar la conducta del hombre.

miércoles, 14 de diciembre de 2016

FRANCISCO DE PAULA CANALEJAS, FILÓSOFO DEL SENTIMIENTO

Francisco de Paula Canalejas Casas (1834-1883),
por E. P. Valluerca, Ateneo de Madrid

"En verdad os digo que ningún profeta es bien recibido en su patria" 
Lucas 4, 24. 

Nadie es profeta en su tierra. La frase evangélica se ha hecho popular, un tópico o lugar común que viene a significar que es muy difícil triunfar o adquirir gloria entre gentes que conocen bien la humanidad de uno y por tanto su menesteroso origen ("Y decían: ¿No es éste el hijo de José?" Lc, 4, 22). Si esto es cierto en todas partes, y muchos han de abandonar su pueblo para adquirir notoriedad como profetas, o como intelectuales, filósofos, ingenieros, arquitectos o artistas; no es menos cierto que el triunfo y reconocimiento entre los paisanos resulta particularmente difícil en España. Cualquier novedad francesa, alemana o americana, merece enseguida traducción y comentario, mientras que somos hipercríticos y muy recelosos -o sea, envidiosos- respecto a la calidad de las obras de nuestros paisanos.