Análisis de ideas, crítica y comentario de textos clásicos. José Biedma López, Doctor en Filosofía y Ciencias de la Educación (Universidad de Granada).
En su admirable trabajo “Platón
y Hume, cercanos en lo importante”, J. M. Bermudo, profesor de la universidad
de Barcelona, hace una original lectura de la filosofía política del ateniense
y del escocés, subrayando sus analogías. Para ello hay que superar los
prejuicios de una historiografía tradicional que suele contemplarlos como
pertenecientes a mundos intelectuales distintos y hasta enfrentados: Platón
utopista e idealista, preocupado por el orden más que celestial de las formas
eternas; Hume naturalista y escéptico, para el cual no hay más cera que la que
arde. El griego, racionalista a machamartillo, despreciaría las potencias concupiscibles del alma; el edimburgués, emotivista,
sostiene que la razón no puede ser más que un instrumento de las pasiones.
Y sin embargo, para ambos, la
cuestión política fundamental es la misma: la fundamentación o legitimación de
la obediencia a las leyes y de sus límites. Por supuesto, ambos parten de
metafísicas y antropologías diferentes, pero los dos son pesimistas y fundan su filosofía política en una teoría
realista de la naturaleza humana, además presentan otras semejanzas relevantes
a la hora de analizar las condiciones de posibilidad de un gobierno justo.
“Platón es un optimista fracasado
que ha puesto el deber tan alto que se ve forzado a aceptar su imposibilidad,
siendo su filosofía un apasionado esfuerzo por evitar el desastre; Hume es un
escéptico consolado que ha puesto el deber tan asequible que cualquier gesto
permite la esperanza”[1].
Dejamos al pensativo Platón diseñando la posibilidad de una ciudad ideal, en la que brillara la virtud de la Justicia y que permitiese el acceso a la verdad a sus ciudadanos. Para tan noble tarea era imprescindible un correcto uso del Alma humana, pues era imprescindible ordenar nuestra alma para conseguir ordenar la ciudad (esto es lo que Tomás Calvo llamaba con la expresión “Isomorfismo Estructural”).
Con la llegada del Cristianismo la Ciudad Ideal se traslada hasta el mismo Mundo Inteligible, cuando S. Agustín nos habla de dos tipos de ciudades: la terrenal, que hereda todas las taras que Platón había señalado para el mundo sensible, y la ciudad celestial o la Ciudad de Dios, que, evidentemente, contendrá la verdad y eternidad que caracterizaban al mundo inteligible de Platón. El problema se planteaba al tratar de conjugar el sitio de la razón humana y del propio ser humano con los dictados de la Revelación Divina. En general, en este terreno, la filosofía mantiene que la Razón está supeditada a la Fe, pero, poco a poco, se alzarán voces que independicen las dos formas de dirigir la vida del ser humano.
Santo Tomás es el punto de inflexión en esta problemática al mantener que Fe y Razón son dos fuentes de conocimiento distintas e independientes tanto en el método que emplean como por el objeto formal que estudian. Eso no significa que obtengan resultados o verdades opuestas. Ambas llegan a las mismas conclusiones, pues sólo hay una verdad. La razón tiene la misión de ayudar a la fe, clarificando los contenidos de la revelación, y la fe ayuda a la razón confirmando las verdades que la razón descubre (es decir, que si la razón hallaba una verdad que entraba en contradicción con lo que la fe decía, la razón debía estar equivocada). De todos modos es importante el avance para que la filosofía y la razón humana encuentren, de nuevo, un puesto destacado en el Cosmos. Pero no sólo nos interesa Santo Tomás por esta aportación sino por la recuperación que hace de la Filosofía aristotélica y, en particular, de la Ética Eudemonista.
La Felicidad es el fin último al que se dirige la acción humana. En Aristóteles esa felicidad coincidía con lo que el ser humano apetecía en virtud de su naturaleza, que era la racionalidad. Saber, pues, hacía al ser humano feliz, pero para Santo Tomás ese fin último o bien supremo coincide con Dios (saber es ahora creer, siguiendo la teoría iluminista de San Agustín). La coincidencia con Aristóteles se manifiesta cuando habla de la necesidad de ordenar la vida terrenal “socialmente”, porque ella misma es un bien útil para alcanzar el bien supremo, que es Dios.
En su concepto de “sociedad”, el de Aquino expone cómo es aquello que posibilita la paz y la seguridad del individuo y, además, permite satisfacer las necesidades materiales, siempre y cuando en ella se impongan las Leyes Naturales, es decir, las leyes dictadas por la propia naturaleza humana (que recordemos que es ser racional). Pero como la razón humana busca o apetece el Bien Supremo, Dios es en realidad el que ordena las Leyes Humanas. La distinción que aparece entre Ley Eterna (abarca el plan divino de la creación que es incomprensible para la mente humana), y Ley Humana (las leyes positivas o civiles que rigen los Estados y las sociedades), se resuelve a favor de la primera ya que es la Ley Natural (el reflejo de ese plan divino en la esencia de las cosas) el fundamento de la Ley Moral Humana.
¿Bastaría con la Ley Natural? No, los seres humanos necesitamos concretar la ley natural según las circunstancias concretas de los pueblos y Estados, y necesitamos una autoridad humana que garantice el cumplimiento de la misma. Hasta aquí la omnipotencia divina se había apoderado del ser humano y gobernaba en la ciudad terrestre y en la ciudad celeste.
"La lógica formal y metamatemática se desplazan hacia delante y rectifican los descubrimientos anteriores. Éste no es el caso de la filosofía. Las cuestiones propuestas por Platón, Descartes o Kant son tan pertinentes hoy como lo fueron en su origen. Sólo la certeza envejece."
George Steiner, Gramáticas de la creación, IV, 6.
"Es clásico lo que se mantiene frente a la crítica histórica porque su dominio histórico, el poder vinculante de su validez transmitida y conservada, va por delante de toda reflexión histórica y se mantiene en medio de ésta" "Esto es justamente lo que quiere decir la palabra 'clásico': que la pervivencia de la elocuencia inmediata de una obra es fundamentalmente ilimitada". Gadamer. Verdad y Método, II, II, 9.