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miércoles, 7 de septiembre de 2022

VALOR MORAL DE LA LITERATURA

Escena del Quijote. 2ª Pte., cap. 41.
Cerámica de alfarero ubetense Paco Tito

Juan Valera fue un brillantísimo escritor, diplomático y político español, nacido en Cabra  en 1824. Falleció en Madrid en 1905. Su novela Pepita Jiménez se hizo celebérrima. Cultivó con acierto otros géneros como el teatro, el cuento, la poesía o el ensayo. Políglota, tradujo a Longo, Byron, Goethe, Heine, Víctor Hugo…, del inglés, del alemán, del francés. Se ha editado su epistolario que consta de más de cuatro mil cartas destinadas a ilustres personajes de su época. Polemizó con Emilia Pardo Bazán sobre el naturalismo estético. Ejerció como crítico literario y como intelectual señero. Se pronunció sobre el krausismo (El racionalismo armónico), sobre la Psicología del amor y sobre la libertad religiosa.

jueves, 24 de diciembre de 2015

ALMA, MÁQUINA O PROCESO

Tres ideas de Naturaleza

 Introducción

Nuestras ciencias suponen siempre una cierta idea, una imagen previa de lo que es el sujeto que conoce, o sea del ser humano, y de lo que es el objeto conocido, o sea de la naturaleza. Esta idea no es del todo consciente, depende, aun sin darse cuenta de ello los científicos, de prejuicios religiosos, imágenes míticas o poéticas, de necesidades sociales, de conflictos históricos y de prejuicios epocales. 

La idea que domina a las demás como una concepción del mundo o una visión general de la naturaleza no se vuelve consciente sino hacia el final, cuando entra en crisis. Por eso decía Hegel que el mochuelo de Minerva sólo alza su vuelo a la caída de la tarde. Cuando un paradigma científico entra en crisis es cuando la reflexión filosófica está en condiciones de reconocer sus principales conceptos y, más importante, la estructura de los mismos, el orden que guardan entre sí. Lo mismo puede suceder en lo social: piénsese en las teorías de Platón o de Aristóteles sobre la polis, surgen cuando el orden de la ciudad-estado, su autonomía, sucumbía entre estertores y resistencias (de las que forman parte las políticas de ambos), subordinándose al marco triunfante del imperio.

viernes, 19 de junio de 2015

RENACIMIENTO Y HUMANISMO

APERTURA GEOGRÁFICA, CÓSMICA Y TEMPORAL


El Renacimiento es una etapa crítica. Fue anticipado por la recuperación de los textos de Aristóteles en el siglo XII y los comentarios que suscitaron durante la gran época de la escolástica cristiana en las principales universidades. A finales del medievo ciertos monjes como Alberto Magno, Juan Buridano, Nicolás Oresme o Guillermo de Ockam se interesaron por investigaciones físicas, preocupándose ya por contrastar la argumentación racional con la experiencia. Y todavía en el XVI,  la escolástica de Francisco Suárez y otros monjes intelectuales españoles, racionalista, aristotélica sobre todo, triunfará en las universidades, siendo sus obras esenciales en la formación de los principales autores modernos: Descartes, Wolff, Leibniz... Sin bien reaccionan contra ella, echan manos de sus recursos teóricos.

En general, en el renacimiento se producen múltiples movimientos de apertura: hacia el nuevo continente descubierto por Colón, hacia el pasado clásico y su tradición semiolvidada; hacia el futuro con una nueva concepción de las posibilidades de transformación del medio mediante el trabajo humano; y hacia el cosmos, pues resucita la pasión por la astronomía: nuevas observaciones y cálculos permitirán lo que se ha llamado revolución copernicana que promoverá el cambio de modelo, del geocentrismo de Ptolomeo, al heliocentrismo. La evolución elíptica de los planetas en torno al sol, incluida la Tierra, será matematizada por Kepler.

La apertura de la ruta de la seda hacia China (v. los célebres viajes de Marco Polo) consentirá la importación de técnicas que tendrán una relevancia grandísima en el surgimiento de la modernidad: la imprenta, que con tipos móviles será desarrollada por Gutenberg y que permitirá la difusión más barata de la cultura y su extensión a las capas burguesas, la brújula, necesaria en los viajes transoceánicos; y la pólvora, que se usará en Occidente para el desarrollo de armas de fuego. Las fronteras de los nuevos Estados nacionales (España, Francia...) se trazarán a cañonazo limpio.

martes, 16 de diciembre de 2014

Filosofando con el martillo

Fredrich Nietzsche por Edvard Munch


El Crepúsculo de los ídolos o como se filosofa con el martillo
Traducción de A. Sánchez Pascual, edición de Alianza editorial, 1979. pgs. 45-50.
T. O.: Götzen-Dämmerung oder Wie man mit dem Hammer philosophirt, 1888.

‘La “razón” en la filosofía’1

1. [El objeto de la filosofía: las momias conceptuales]

Me pregunta usted qué cosas son idiosincrasia en los filósofos... Por ejemplo, su falta de sentido histórico, su odio a la noción misma de devenir, su egipticismo2. Ellos creen otorgar un honor a una cosa cuando la deshistorizan, sub specie aeterni [desde la perspectiva de lo eterno], cuando hacen de ella una momia. Todo lo que los filósofos3 han venido manejando desde hace milenios fueron momias conceptuales; de sus manos no salió vivo nada real. Matan, rellenan de paja, esos señores idólatras de los conceptos, cuando adoran, se vuelven mortalmente peligrosos para todo, cuando adoran. La muerte, el cambio, la vejez, así como la procreación y el crecimiento son para ellos objeciones, incluso refutaciones. Lo que es no deviene; lo que deviene no es... Ahora bien, todos ellos creen, incluso con desesperación, en lo que es. Mas como no pueden apoderarse de ello, buscan razones de por qué se les retiene. “Tiene que haber una ilusión(i), un engaño en el hecho de que no percibamos lo que es: ¿dónde se esconde el engañador? – “Lo tenemos, gritan dichosos, ¡es la sensibilidad! Estos sentidos4, que también en otros aspectos son tan inmorales, nos engañan acerca del mundo verdadero. Moraleja: deshacerse del engaño de los sentidos, del devenir, de la historia [Historie], de la mentira, la historia no es más que fe en los sentidos, fe en la mentira. Moraleja: decir no a todo lo que otorga fe a los sentidos, a todo el resto de la humanidad: todo él es “pueblo”. ¡Ser filósofo, ser momia, representar el monótono teísmo con una mímica de sepulturero! ¡Y, sobre todo, fuera el cuerpo, esa lamentable idée fixe [idea fija] de los sentidos!, ¡sujeto a todos los errores de la lógica que existen, refutado, incluso imposible, aun cuando es lo bastante insolente para comportarse como si fuera real!...”

domingo, 21 de octubre de 2012

Erwin Schrödinger y la ciencia griega

Shrödinger junto a un icono
aludiendo a su célebre paradoja:
el gato que, en superposición cuántica,
está a la vez muerto y vivo.

 Erwin Schrödinger (Viena, 1887-1961) obtuvo el premio Nobel de Física y fue uno de los formuladores matemáticos de la mecánica cuántica, pero aquí nos interesa principalmente porque ha sido uno de los pocos grandes científicos del siglo XX con suficiente talento filosófico como para reflexionar sobre los supuestos y límites de la ciencia, y lo suficiente perspicaz como para proponer su alianza y subordinación al humanismo filosófico.

En La naturaleza y los griegos (Tusquets, Barcelona, 2006, traducción y prólogo de Victor Gómez Pin) se recogen sus conferencias Shearman, pronunciadas en Londres en mayo de 1948, o sea, poco después del gran conflicto desatado por una de las mayores potencias tecnocientíficas que ha conocido la historia (la Alemania de Hitler) y que forzó a Schrödinger a abandonar Berlín y adoptar la nacionalidad irlandesa.

Demuestra en sus discursos una fina erudición sobre los presocráticos y una sincera admiración por los físicos jonios, a los que vuelve justificadamente en la esperanza de incrementar la intelección de la ciencia moderna. En lugar de llenar los huecos de nuestra comprensión de la naturaleza (physis) con dioses y titanes, aquellos griegos de Jonia o la Magna Grecia supieron que la superación de la ignorancia mediante la superstición o la fantasía elimina el imperativo de perseguir una respuesta racionalmente admisible. Con la crítica del antropomorfismo mitológico abrieron el camino al saber probado o, por lo menos, razonado.

lunes, 2 de agosto de 2010

Humanismo

A finales de la Edad Media, ciertos autores comenzaron a cultivar lo que llamaron "letras de humanidad": "humaniores litterae". En esta expresión, 'litterae' no significa las "letras" contrapuestas a las "ciencias", exactas o naturales, porque esta distinción no se perpetró hasta el siglo XIX. "Letrado" era el docto en las ciencias en general, el hombre con formación universitaria que leía mucho.

La expresión "Letras humanas" se contraponía también a "letras sagradas" o teológicas. Los "humanistas" proclamaron la autonomía y dignidad de las ciencias profanas, considerando que merecían ser estudiadas por sí mismas y no sólo en relación con las "verdades divinas" (dogmas de fe).

Los humanistas fueron muy críticos con respecto a las obras literarias de ficción o de mero entretenimiento, por ejemplo, con las novelas. Juan de Valdés, Fray Luis de León o Juan Luis Vives reaccionaron contra la lascivia (apetito inmoderado de deleites carnales) y deshonestidad al ver cómo algunos prostituyen la poesía o la literatura poniéndola al servicio de temas vulgares: o sea, los temas sensacionalistas, maledicentes, escatológicos y procaces que deleitan en todas las épocas al populacho.

El humanismo es desde su restauración moderna crítico, espíritu crítico. El argumento de autoridad pierde fuerza o deja de servir: el científico tiene la obligación de someter a discusión y ensayo (experimento) sus teorías.

El humanismo empieza siendo "crítica filológica", restauración de los textos clásicos y científicos mediante traducciones rigurosas y directas, del griego, del latín, del hebreo, del árabe..., pero de ahí se pasa a la crítica "ideológica" o "filosófica"; el examen termina siendo "libre examen", o sea, opinión personal.

Lo primero que exigen los humanistas de los "doctores", particularmente de los doctores en teología, es que no traten de esconderse detrás de un lenguaje esotérico, de una jerigonza inaccesible llena de "sofisterías y bachillerías" (Juan de Valdés, 1530): lo que hoy llamaríamos pedantería y hasta "terrorismo intelectual".

Algunos humanistas, por ejemplo, Francis Bacon o Juan Luis Vives (en la imagen de la izquierda), sintieron gran entusiasmo por la técnica en la que vieron un modo de mejorar la condición humana y no se despreocuparon de las cuestiones cotidianas, de la vida práctica. Vives rompió con una tradición celibataria (?) muy arraigada en la cristiandad medieval: decidió casarse e hizo compatible, revolucionariamente, las tareas domésticas y la vida en familia con las tareas universitarias e intelectuales.

martes, 27 de abril de 2010

IDEOLOGÍA COMO CÁMARA OSCURA

Sarah Kofman nació en París en 1934, era hija de un rabino de origen polaco que fue asesinado en Auschwitz. La filósofa se suicidó en 1994. Su filosofía giró en torno a los llamados por Ricoeur pensadores “de la sospecha”: Marx, Nietzsche (a cuyas metáforas dedicó numerosos volúmenes) y Freud (cuya valoración de las mujeres estudió).

En una de sus primeras obras, Camera obscura. De l’idéologie (1973), Kofman estudia la metáfora de la cámara oscura en relación al concepto marxista de ideología como “mundo invertido”: “En toda ideología, los hombres y sus relaciones nos aparecen colocados boca abajo como en una cámara oscura” (Marx, La ideología alemana). Se trata de una analogía en el sentido definido por Kant : “una semejanza perfecta de dos relaciones entre cosas totalmente desemejantes” (Kant, Prolegómenos a toda metafísica futura), porque relaciona un proceso físico, la inversión de la imagen en la retina, con un fenómeno social como la ideología, mediante la relación de inversión.