Nos mueven sentimientos, no razones
La tradición occidental de la reflexión filosófica sobre las costumbres ha sido más bien
racionalista o
intelectualista. Desde Sócrates, el problemático saber del bien y del mal orientó sus esfuerzos hacia un cálculo racional de los placeres y un control igualmente racional de las pasiones, que los estoicos veían como "morbos del cuerpo y del ánimo" (Séneca). Para el ascetismo estoico, la conquista de la serenidad implicaba la erradicación de estas "enfermedades" del alma.
Sin embargo, la tradición filosófica escocesa de la Ilustración ofrecerá una interpretación bien distinta a la del intelectualismo. La razón no es fin de la acción humana, sino
instrumento, y su oficio es, precisamente,
satisfacer las pasiones. Son las emociones las que nos mueven a hacer esto o lo otro; como decía el Hamlet de Shakespeare: "es el miedo lo que nos hace prudentes".
Shatesbury y Hutcheson forman parte de esa tradición emotivista que culmina en
David Hume (1711-1776). El escocés explica en sus ensayos que
la razón humana no es activa. Su tarea es relacionar ideas (lógica, aritmética, geometría) y explicar hechos (ciencias naturales), pero la razón por sí misma es incapaz de determinar la conducta del hombre.