lunes, 7 de febrero de 2011

Altruismo, fogosidad política y familia

“La unión en el rebaño obliga al león a acostarse con hambre” Proverbio africano
Puede que el instinto más fuerte en nosotros sea el de conservación, el instinto de supervivencia, el deseo de autoafirmación, impreso en los genes, y que se expresa en la especie también como motivación reproductiva y sexualidad. Pero ello no nos debe llevar a concluir que seamos animales egoístas.

Nada es más duro de sufrir que la soledad involuntaria. Así que nuestra conservación personal está ligada a la cooperación y al lenguaje que la hace posible, a los símbolos que nos unen y dan sentido a nuestra vida.

Necesitamos confiar en los demás para sentirnos seguros. El toma y daca, el principio de reciprocidad está en la base de todas las buenas costumbres sociales. Evito hacerte daño para que no me dañes. Te favorezco para que me favorezcas. Me acerco a los buenos, me alejo de los malvados...

Es posible que el altruismo tenga una base egoísta, y que el amor propio sirva también a fines altruistas. A fin de cuentas, el autosuficiente, el que se sabe cuidar a sí mismo evita que los demás gasten energía en cuidarle.

Seguro que la acción social cooperativa nos sirvió para mejorar nuestras expectativas de supervivencia, tanto sociales como individuales. Se pueden cobrar mejores piezas en grupo y los logros más formidables logros sólo resultan si los seres humanos colaboran en una gran obra colectiva. Puede que –como sostiene Damasio- los sers humanos más cooperativos hubieran tenido más posibilidades de éxito biológico, viviendo más tiempo y transmitiendo sus genes a un mayor número de descendientes, de este modo el altruismo se ha hecho herencia vital y la tendencia a buscar la concordia social se ha incorporado a nuestro programa genético.

Platón lo intuyó:

“Así, Platón divide el alma en tres elementos: razón, deseo y fogosidad (thymos). Esta última es el lugar de la indignación moral por la injusticia, indignación de la que surge toda virtud. El ser humano ‘fogoso’ es el que, poseído por una pasión política, está dispuesto al sacrificio trascendiendo su individualidad en beneficio de un principio superior a la misma. La función del sistema utópico propuesto en la República platónica es despertar esa fogosidad y purificarla sometiéndola a los dictados filosóficos”.

(Encarnación Lorenzo. “El potencial revolucionario: utopía, solidaridad y cambio social”, en Savia sin Otoño, de Jesús Díaz Insua, A Coruña, 2010.)
Platón liberó a las mujeres del servilismo doméstico y quiso acabar con los privilegios de casta, estableciendo una aristocracia basada en el talento y el mérito. Sin embargo, de haberse realizado su utopía, el resultado sería una sociedad más parecida a una colmena de abejas, que a una ciudad humana, el resultado sería un hormiguero formidable y jerarquizado, pero sin familias. No extrañe el comentario de sus críticos: “es preferible ser sobrino natural que hijo de Platón”, porque en Heliópolis (la ciudad ideal de Platón), nadie sabe quiénes son sus padres biológicos, sino tal vez un selecto comité de sabios o sabias que guardan el dato como secreto de Estado, para que nadie se crea mejor por ser hijo de tal o cual personaje, y no por lo que hace o alcanza con su propio esfuerzo.

Sin embargo, la familia es imprescindible, porque sólo ella ofrece el clima de atención y cuidado donde madura saludablemente el cachorro humano. Pero demasiada familia resulta tan nefasta como demasiado poca. Puede que el primitivo encadenamiento a la familia o al clan sea también una forma atávica de egoísmo, moralmente superable. La familia ofrece un marco demasiado reducido para los intereses humanos. Carl G. Jung pensaba que en el marco excesivamente estrecho de la familia se halla el ser humano condenado a vegetar moral y espiritualmente. Y eso a pesar de que la pertenencia anímica a una organización mundana: un club, una ONG, una comunidad religiosa, un partido político o un Estado… jamás podrá satisfacer los anhelos espirituales y afectivos que otrora se orientaron hacia los padres.

Pero tampoco es bueno para una organización mundana contar con miembros que le dirijan tales exigencias filiales:
  “según lo demuestran con harta claridad las irracionales esperanzas que las personas de espíritu inmaduro ponen en el padre Estado. El destino a que conducen tales equivocados anhelos queda ilustrado por aquellos países gobernados por hombres que, aprovechando hábilmente las esperanzas infantiles de una masa sugestionable, lograron apoderarse realmente del poderío patriarcal” (Jung. Psicología y educación, 2, Paidós, Barcelona 1993). 
Esta situación de paternalismo de Estado puede –en opinión del gran psicólogo y humanista- engendrar una psicosis colectiva que lleve a la catástrofe. A todos se nos ocurren terroríficos ejemplos de lo que Jung describe: el líder adorado, psicótico y racista, el padrecito Stalin, o el "rais" Hosni Mubarak, apegado a los privilegios tras treinta años de dictadura…