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miércoles, 25 de noviembre de 2015

ARÍSTIDES: IMPERIO DE LA LEY E IGUALITARISMO

Óstracon con el nombre de Arístides, hijo de Lisímaco

Arístides nunca quiso parecer el mejor, sino serlo. Eso lo reconocía todo el mundo en la Atenas de su tiempo (primer tercio del s. V a. C.). Pero por aquel entonces la ciudad no permitía que nadie sobresaliera, ni siquiera si era el mejor en excelencia o virtud (areté).

¿Por qué? ¿Por miedo a la tiranía? ¿Por envidia de la gloria ajena? ¿Para castigar la insolencia?

Arístides fue el rival del formidable político y estratega Temístocles, quien se quitó un gran peso de encima cuando Arístides fue condenado al exilio por ostracismo. Eso sucedió en la Atenas del 482 antes de Cristo.

El ostracismo servía de herramienta para que el pueblo soberano desterrara por diez años a cualquier sospechoso de atentar contra la democracia. Se respetaban sus bienes y se permitía a sus familiares seguir viviendo en el Ática, la región de Atenas. Cada año se planteaba en la Asamblea si había que execrar a alguien de la vida pública. En caso afirmativo, cada ciudadano escribía el nombre del que consideraba peligroso en un trozo de teja (óstracon, donde viene la palabra “ostracismo”). Debía haber un quórum de 6.000 ciudadanos y la persona cuyo nombre apareciese en más tejas tenía que marchar al exilio, siendo así apartado de la acción política.

lunes, 29 de septiembre de 2014

LAS FILOSOFÍAS POLÍTICAS DE PLATÓN Y HUME



Dos pesimistas

En su admirable trabajo “Platón y Hume, cercanos en lo importante”, J. M. Bermudo, profesor de la universidad de Barcelona, hace una original lectura de la filosofía política del ateniense y del escocés, subrayando sus analogías. Para ello hay que superar los prejuicios de una historiografía tradicional que suele contemplarlos como pertenecientes a mundos intelectuales distintos y hasta enfrentados: Platón utopista e idealista, preocupado por el orden más que celestial de las formas eternas; Hume naturalista y escéptico, para el cual no hay más cera que la que arde. El griego, racionalista a machamartillo, despreciaría las potencias concupiscibles del alma; el edimburgués, emotivista, sostiene que la razón no puede ser más que un instrumento de las pasiones.

Y sin embargo, para ambos, la cuestión política fundamental es la misma: la fundamentación o legitimación de la obediencia a las leyes y de sus límites. Por supuesto, ambos parten de metafísicas y antropologías diferentes, pero los dos son pesimistas y fundan su filosofía política en una teoría realista de la naturaleza humana, además presentan otras semejanzas relevantes a la hora de analizar las condiciones de posibilidad de un gobierno justo.

“Platón es un optimista fracasado que ha puesto el deber tan alto que se ve forzado a aceptar su imposibilidad, siendo su filosofía un apasionado esfuerzo por evitar el desastre; Hume es un escéptico consolado que ha puesto el deber tan asequible que cualquier gesto permite la esperanza”[1].