miércoles, 27 de mayo de 2026

LOS TRES DIONISIOS

 


“Dionisio” llamaban los griegos antiguos al dios de la embriaguez ritual y de la danza. Su culto facilitó el nacimiento del teatro, presea de la civilización. Puede sorprender por eso que tres héroes cristianos lleven el nombre de aquel dios pagano, a quien no esté al tanto de lo mucho que debe nuestra tradición religiosa y artística, por muy monoteísta que sea, a la fusión del cristianismo con el panteón clásico de los poetas helénicos, mucho más sorprende cuando uno mira el séquito del Dionisio pagano cuajado de sátiros y bacantes, de serpientes y panteras, porque el cristianismo prefirió siempre al pez y al cordero, y tuvo a la serpiente por símbolo del Maligno. No obstante, Azar Paradójico, que es como la Divina Providencia pero sin sujeto, quiso que el más importante converso de San Pablo en Atenas, su primer obispo, llevase el nombre de Dionisio, tildado "el Areopagita" por su vínculo con el prestigioso consejo ateniense de la colina de Ares. Entre quienes se unieron al Apóstol de los gentiles en la capital del Ática se hallaba también una mujer llamada Dámaris (Hechos 17, 32-34).


Carabaggio, "Bacchino malato", h 1594

A lo largo de los siglos, a este primer Dionisio se le confundió con otros dos Dionisios cristianos. Sucedió que hacia el siglo VI de nuestra era se asimiló el nombre del ateniense al de un enigmático monje de origen sirio, autor bizantino de un corpus de escrituras que ejercieron una importancia decisiva en la espiritualidad cristiana, tanto en Oriente primero, como en Occidente después, en tiempos de Carlos el Calvo. En estos escritos del Pseudo-Dionisio, o sea de El falso Dionisio, se reflexionaba sobre la trascendencia de Dios, la encarnación del Verbo (su Hijo, Cristo) y el orden mundano y celestial. El Dios único del teólogo bizantino escapa a cualquier comprensión o determinación racional. El entendimiento humano no puede categorizarlo porque no es nada de lo que percibimos y conocemos en el mundo de los sentidos físicos. Se trata de una unidad metafísica, y no podemos explicar cómo es que el Uno (Creador del mundo) se expresó o “procesionó” en el reino de la multiplicidad.

Eugenio d’Ors consideró la obra del Pseudo-Dionisio como uno de los pilares del pensamiento metafísico occidental. Quedó fascinado por la angelología del filósofo bizantino y por su esfuerzo de dar estructura y orden al mundo. Como Raimundo Lulio, D’Ors creía en los ángeles. Pensaba que igual que el Pseudo-Dionisio había  puesto alas al platonismo; Lulio las puso al discurso de Santo Tomás; y que él mismo, Xenius, se las había puesto a Hegel. Para D’Ors, el Pseudo-Dionisio no es un místico obscuro, sino un pensador colosal capaz de integrar el pensamiento de Platón en el marco del cristianismo.

El Ángel no es sólo un adorno iconográfico, sino una figura de mediación que expresa una plenitud simbólica y un fin de realización personal: (“¿Qué es vivir? Vivir es gestar un Ángel para alumbrarlo en la eternidad”). Igualmente, en el orden estético, el retratista o el biógrafo tienen la misión de revelar el “ángel”, la esencia ideal o arquetipo del retratado o biografiado. El Corpus Areopagiticum del Pseudo-Dionisio no sólo influyó en la angelología de D’Ors, porque la filosofía del docto catalán fue un denodado combate contra lo caótico, lo romántico, lo desmedido, para defender en su lugar los valores de la contención clásica: orden, jerarquía y claridad, los tratados del Pseudo-Dionisio, Sobre la jerarquía celestial y Sobre la jerarquía eclesiástica sirvieron a D’Ors como modelo para comprender cómo lo real y su conocimiento se estructuran a través de grados armónicos, donde lo inferior conecta con lo superior a través de intermediarios estables en una “obra bien hecha”.

La crística erudita sitúa los textos del Pseudo-Dionisio en torno al año 500, en un ambiente de ocaso del paganismo y auge del neoplatonismo, con Proclo (fallecido en 485) como su figura principal. El Pseudo-Dionisio se adhiere a las tesis de Proclo sobre el mal, su especulación sobre los nombres divinos y su concepción de la “procesión” o emanación de la realidad a partir del Uno eterno, pero traslada estas ideas al dogma cristiano. En plena tormenta de controversias bizantinas sobre la doble o no doble naturaleza de Cristo (humana y divina), nuestro maestro busca con sutileza intelectual un puente que concilie a unos y a otros. El autor de estas obras (siglo V, VI) se disfrazó expresamente en sus cartas de obispo de Atenas siguiendo una práctica común (pseudepigrafía) revistiéndose con ello de la autoridad de un discípulo directo del Apóstol Pablo, Dionisio Areopagita, obispo de Atenas (siglo I). Su obra se compone de diez epístolas y cuatro tratados. A los ya citados, hemos de añadir Sobre los nombres divinos y La teología mística.

Sobre los nombres divinos (De divinis nominibus) es el tratado más extenso y filosófico del Corpus Areopagiticum, en él se ensaya responder una pregunta metafísica fundamental: ¿Cómo podemos hablar o ponerle nombre a un Dios que, por definición, es infinito y desborda el entendimiento humano?

Respondiendo a esta pregunta, cabe recurrir, primero, al lenguaje de las Escrituras, en las que Dios es Bien, Luz, Amor, Ser, Vida, Sabiduría, Poder o Paz. En segundo lugar, estarían los nombres que consideran a Dios como causa de todas las cosas. Estas manifiestan belleza, vida, inteligencia, excelencias todas que proceden de su creador, por consiguiente, Dios es nombrado legítimamente por sus efectos o "procesiones" en la creación (Vía catafática). Dado su platonismo, para el Pseudo-Dionisio Dios no es el Ser porque Dios está más allá de lo que hay, sino El Bien o La Bondad. El Bien es difusivo por naturaleza e igual que su análogo físico el Sol, que expande su luz por el cosmos, Lo bueno se desborda y da origen y armonía a todo lo existente, que modifica y cambia constantemente en dirección a sí mismo. Dado que Dios es el Creador de todo lo que es, Él mismo no puede ser una “cosa” más entre las cosas, es por ello “supra-esencial”. Por lo tanto, paradójicamente, se le puede llamar tanto Ser Absoluto como No-Ser, pues trasciende por completo nuestra categoría de existencia.

En este tratado sobre los nombres divinos se incluye también la célebre resolución neoplatónica al problema del mal, tomada de Proclo. El mal no tiene una sustancia o entidad real creada por Dios; el mal es un no-ser, una mera privación o ausencia del Bien, del mismo modo que la obscuridad es solo la falta de luz. En definitiva, Sobre los nombres divinos establece las reglas de juego de la teología racional, sin embargo, nos enseña que los nombres racionales nos sirven para acercarnos a Dios como creador, pero nos recuerda que cada afirmación es solo un peldaño conceptual que prepara al alma para el silencio absoluto de la mística.

En De mystica theologia, obra brevísima, pero de impacto incalculable en toda la mística posterior de las “tres religiones de Libro”, desde el maestro Eckhart hasta San Juan de la Cruz en la tradición cristiana, y más allá, hasta la mística actual, el Pseudo-Dionisio establece dos vías de conocimiento de lo divino: Teología Catafática (Vïa de afirmación), que habla de Dios por analogía con el bien en lo creado, Dios-Luz, Dios-Amor… y la Teología Apofática (Vía de negación) que explica cómo Dios desborda el entendimiento humano sumiéndolo en una “tiniebla de ignorancia”.

En Sobre la jerarquía celestial, la obra que deslumbró a D’Ors, el autor organiza el mundo visible en tres tríadas de seres angélicos que transmiten la iluminación divina de manera ordenada.




En el año 827, el emperador bizantino Miguel II regaló un manuscrito al rey franco Luis el Piadoso, texto que acabó en el monasterio de Saint-Denis, cerca de París. ¡Era el corpus areopagiticum! Ell abad de Saint-Denis, Hilduino, fue quien fusionó los tres Dionisios en uno: el de los Hechos de los apóstoles del Nuevo Testamento al que convirtió Pablo de Tarso, el filósofo  bizantino del siglo VI de origen sirio y, tercero, del que todavía no hemos hablado, San Dionisio, el primer obispo de París, mártir del siglo III.

El manuscrito que recibió Luis el Piadoso estaba en su original griego y, después de algunos intentos desafortunados de traducirlo al latín, fue Juan Escoto Eriúgena en el siglo IX (no confundir con Duns Scoto, teólogo del XIII) quien lo versionó latino para el rey franco Carlos el Calvo (nieto de Carlomagno). 

El Corpus Aeropagiticum no tardó en convertirse en una autoridad incuestionable en el Occidente cristiano, al mismo nivel que las obras de San Agustín, influyendo en la Escolástica y en el arte de las Catedrales. No obstante, al principio la traducción de Escoto Eriúgena se ganó la desaprobación del papa Nicolás II, que tenía al Pseudo-Dionisio por sospechoso de heterodoxia. Sin embargo, en el siglo XIII, Tomás de Aquino cita mil setecientas veces al doctor sirio como autoridad canónica. Dante, un siglo después, menciona al primer Dionisio, obispo de Atenas, en su Paradiso, atribuyéndole las obras del maestro bizantino. 


San Dionisio, mártir. De la Enciclopedia católica

Todavía en los siglos posteriores al Renacimiento se confundirán los tres Dionisios, e incluso reaparece la confusión en una conferencia pronunciada por James Joyce en Trieste (1907) sobre cultura irlandesa (Irlanda, isola deis anti e dei savi), en la que el genial Dublinés errante reivindicó la hipóstasis definitiva de esa facticia trinidad dionisíaca, pero erró por dos veces más al confundir a Escoto Eriúgena, traductor latino del Pseudo-Dionisio y "mártir de la gramática" (*). con Duns Escoto, defensor acérrimo de la Inmalada concepción de María. 

Esta última información la recoge Juan Francisco Ferré en su Metamorfosis® (Berenice 2006), escritor malagueño que resucita en uno de sus relatos al Dionisio decapitado, para que pueda decir en primera persona: “Cuando me cortaron la cabeza, seguí hablando”.

Nota bene

(*) Circuló la leyenda de que Escoto Eriúgena era un maestro tan riguroso en las disciplinas del trivium que dominaba (gramática y lógica) que fue asesinado por sus alumnos con los estiletes usados para escribir en tablillas de  cera. El pensamiento del Eriúgena fue tan audaz, original y cercano al neoplatonismo, que siglos después sus libros fueron condenados y quemados por la Iglesia al ser tildados de panteístas. Imaginar que sus alumnos lo habían matado a base de estiletes por ser "demasiado estricto con las letras" fue probablemente una forma perfecta de caricaturizar el peligro del intelectualismo radical de la Alta Edad Media.


martes, 19 de mayo de 2026

GEORG SIMMEL Y EL ESPÍRITU PERSONAL

Georg Simmel (1858-1918)

 Sociólogo de la modernidad y de la posmodernidad

George Simmel (1858-1918) fue un sociólogo y un filósofo de enorme influencia, hoy poco citado a pesar de su condición de pionero en la aclaración de lo que sea la modernidad y de su efecto más tardío: la posmodernidad. David Frisby lo considera “el primer sociólogo de la modernidad”. Para Simmel, la esencia de la modernidad es el psicologismo, la experiencia y la interpretación del mundo en términos de reacciones de nuestra vida interior. En ningún caso pensó Simmel la sociedad como una entidad cerrada, sino como una compleja red de interrelaciones en flujo constante y en la que todo tiene que ver con todo, de manera que lo que afecta en el contorno afecta a su centro, y viceversa.

Se ha identificado el punto de vista de Simmel con una perspectiva estética, que busca la esencia de la modernidad en lo fugaz, lo transitorio, lo fortuito. Antes, en la generación anterior, ya el poeta simbolista Charles Baudelaire (1821-1967) entendió por modernidad la estética de la nouveauté, el culto a La Novedad, de ahí lo fugitivo, lo contingente, la belleza construida sobre lo cincunstancial, versos como efímeras figuras de nubes otoñales.

La sociología de Simmel, más que enfocada como la del marxismo hacia relaciones de producción, se interesa por los efectos del consumo, por la personalidad “neurasténica” del urbanita consumidor. Le importan sobre todo las maneras modernas y humanas de experimentar producción y consumo en “el clamoroso esplendor de la era científico-tecnológica”. Analiza la excitación del sujeto metropolitano afectado por la “vaga nostalgia” de una distante naturaleza, tocado por una “insatisfacción oculta” y por una por “urgencia desasistida”, sometido a una incesante "ansia de excitación", necesitado de estimulos extremosos, embriagado de velocidad y abrumado por una indiferencia (el ennui bodeleriano) que sólo cura una incesante estimulación publicitaria externa de novedades y cachivaches… Y es que “una vida sin límite de placer hastía”. La metrópolis moderna, la gran ciudad laberinto en que se agolpan los cuerpos en el metro o el tranvía, en la oficina, el aula o el ascensor, provee la posibilidad de una indiferencia total hacia los vecinos, indiferencia que funciona como defensa y escudo de preservación personal.  

Simmel dio a su sociología una orientación menos academicista y más ensayística e incluso poética, anticipando con ello tendencias posmodernas. En su Filosofía del dinero (Philosophie des Geldes, Leipzig, 1900) explica cómo el predominio del mercado en la vida moderna reduce las cosas a valores de cambio. El dinero, efímero y estable a la vez, es símbolo del dinamismo de esta sociedad en la que fenece lo que no se mueve. El dinero es la araña que teje la red social de intercambios. El dinero es la forma más pura de interacción social, entreteje solidaridades y como le gustaba decir a Agustín García Calvo crea realidades.

La moda, por su parte, establece diferencias consecutivas, aparentes innovaciones que permiten cierto grado de distinción en un mundo en el que las barreras de clase se han debilitado o desaparecido y los productos industriales estandarizados han perdido, por su misma seriación masiva, el “aura subjetiva” del antiguo producto artesano. Simmel estudia la dialéctica entre imitación-asimilación y distinción-marginación. En la modernidad, las convicciones mayores (“metarrelatos” de Jean-François Lyotard) han perdido fuerza y se imponen estilos y modas de usar y tirar, a veces con vitola de vanguardia estética, nuevos relatos que ponen su énfasis en el presente, paradójicamente los valores personales se buscan preferentemente en una dimensión en la que de ninguna manera existen, a saber, en el progreso técnico.

Simmel y Ortega

Ortega y Gasset fue alumno de Simmel en Berlín en 1906 y siempre lo consideró uno de sus maestros. En el perspectivismo y el vitalismo del filósofo español podemos también leer eco y desarrollo de algunas principales ideas de Simmel: la idea de que la verdad no es monolítica y que sólo nos cabe acceder a ella a través de fragmentos, de iluminaciones particulares. Simmel es uno de los padres de la Lebensphilosophie (la filosofía de la vida), interesado por los estilos, las modas, el modo en que experimentamos el consumo en las sociedades desarrolladas, la velocidad (a la que dedicó también páginas magníficas Manuel García Morente). Otra de las ideas de Simmel influyentes es que la vida crea formas que luego acaban por asfixiarla porque la limitan en su fluencia incesante. Esta sería la tragedia de la cultura.

 Simmel analizó el impacto de la gran ciudad en las actitudes sociales…, antecedente de la famosa Rebelión de las masas de Ortega. El mismo Ortega recoge la idea de Simmel de que el siglo XIX ha creado una noción cuantitativa, extensiva de la “humanidad”, según la cual, “lo social, lo comunal, es lo humano”, el individuo sólo sería el punto imaginario en el que se cruzan hilos sociales. Ortega tomó de Simmel su mirada sociológica y la sirvió al mundo hispano favoreciendo traducciones de sus obras en la Revista de Occidente. Para Ortega, no obstante, Simmel se mostraba demasiado impresionista y relativista, como si renunciase por anticipado al sistema. En uno de sus artículos tempranos, “El sobrehombre” dice Ortega que acaba de leer un libro de Simmel, “celebérrimo profesor”, un texto sobre Nietzsche “con la agudeza que le es peculiar, más sutil que profunda, más ingeniosa que genial”, pero lo tiene por un gran pensador europeo, al nivel de Bergson o Croce en un artículo de 1910 (El Imparcial, 29 abril). En 1923 (El tema de nuestro tiempo, IV), Ortega recuerda a Simmel para decir con él que “la vida consiste precisamente en ser más que vida, en ella, lo inmanente es un trascender más allá de sí misma”. El hecho de que Simmel fuese más ingenioso que genial, de impresionista sutileza (“ardilla filosófica”, le llama en 1932 ponderando su libro sobre Goethe), lo muestra como autor posmoderno o, al menos, como precedente de la posmmodernidad. Lo cierto es que debemos a él, como a su contemporáneo Gabriel Tarde (criminólogo y sociólogo francés, 1843-1904), imprescindibles herramientas para una filosofía de la cultura a la altura de nuestro tiempo.




Consideración de la Religiosidad

 El tratamiento de Dios y de la religión por parte de Georg Simmel es muy original y difiere de la metafísica tradicional. Su enfoque desde la filosofía de la vida se ocupa de Dios como forma cultural y necesidad vital de la intimidad humana. Distingue entre Religiosidad y Religión. La Religiosidad es una cualidad de la vida interior, un estado anímico y una disposición del sujeto ante el mundo previa a cualquier iglesia o religión histórica, una experiencia de la realidad que entraña piedad, entrega, asombro, anhelo de totalidad y una tensión característica...

En uno de sus escritos sobre filosofía de la religión (*), Simmel trata el elevadísimo asunto de la personalidad de Dios. No sé qué término usa en alemán para referir a “personalidad”, pero a sabiendas del abuso psicológico del término "personalidad" (y del psicologismo que, como afirma el propio Simmel, caracteriza la cultura actual) prefiero usar el término de personeidad, recogiendo así el sentido metafísico con que refiere Simmel a "la personalidad de Dios".Por  “personalidad” entendemos en sentido psicológico una síntesis compleja y dinámica de temperamento (heredado) y carácter (aprendido, adquirido, en parte decidido), que nosotros distinguimos de “personeidad” o ser personal como compleja y paradójica unidad del Yo que tiene por cima y maravilla la autoconciencia.

Simmel comienza por distanciarse de las negaciones del escéptico ilustrado y de la intuición del místico. La primera negación alcanza su forma más explícita y radical en el neopositivismo y su negación de que el término “Dios” signifique algo, ya que esta palabra, por mucho que la escribamos con mayúscula, carece de referente empírico o, como dice el evangelista Juan, “a Dios nadie le ha viso jamás”. Para el místico, por otra parte, Dios no es nada particular, pero que precisamente, por no ser ningún ente concreto, es todo: “Mi Amado, las montañas, / los valles solitarios nemorosos, / las ínsulas extrañas, / los ríos sonorosos, / el silbo de los aires amorosos”, por decirlo con los fantásticos versos de Juan de la Cruz. 

Muchos afirman positivamente la existencia de Dios, que es o existe (esse), sin poder decir cuál sea su esencia (essentia), sin poder determinar qué sea, en extravagante lógica que afirma el ser (esse) de algo, sin poder atribuirle ninguna determinación concreta o esencia. El positivista criticará incluso este encogimiento de hombros del deísta, acusándole de usar una señal que nada significa porque no refiere a nada, todo lo más el uso de la palabra "dios" o "dioses" o "diosa" sintomatiza una necesidad interna del ser humano, la patología del temor al daño y a la muerte (según Hume), el Cielo inexistente de nuestros ideales (según Nietzsche), un antropomorfismo (según Feuerbach) o la ilusión de un padre sublime (Freud).

El hombre moderno, no obstante, recuerda que han existido muchos dioses y podría pensar que el concepto abstracto de Dios tal vez se plenificase con lo común de todas aquellas determinaciones culturales e históricas, tan diferentes, tal vez con el sentimiento universal de piedad o de compasión. A falta de razones, puede decirse que Dios sea algo en que se cree, y punto, una especie de vaga esperanza o de apuesta por el sentido moral (Kant) o por el orden del universo (Kant), una actitud positiva ante el destino incierto. 

Cabe desde luego la reducción o elevación, según se mire del problema teológico al ontológico, bajo la pregunta leibniciana de por qué hay ser en lugar de nada. En este sentido podemos recordar el antecedente venerable en la indeterminación del Ser de Parménides que, precisamente por poderse pensar a la manera de Anaximandro como lo i-limitado (a-peiron) o lo indeterminado podrá contener todas las determinaciones. El qué sea el Ser intemporal y omniabarcante lo fija en la tradición intelectual occidental el entendimiento o la intuición intelectual, es el dios de los filósofos de la tradición filosófica que Spinoza identifica con Naturaleza (Deus sive Natura), pero aun así para Simmel Su figura divina permanece suspendida en una conceptualización ideal y problemática. Sólo la creencia como órgano sensorial parece mostrar el ser de Dios como tal, frente a la tentación nihilista y autoinvalidante de pensar que “todo es mentira”, la conciencia orientada religiosamente afirma el Ser sin mácula. En el otro polo (el de la religión, no el de la religiosidad), polo de la concreción social y cultural de la religiosidad, estarían los contenidos, las determinaciones del ser divino, hechos de salvación, imperativos de conducta, rituales, sacramentos, dogmas…


Vencejos: caminos de movimiento y secuencias dinámicas,
Giacomo Balla, 1913.


El Dios del filósofo

Para el filósofo de la religión tal contenido es algo secundario e infinitamente variable. La creencia de Realidad divina es independiente de cualquier dogma. Podemos reflexionar sobre esta idea (o ideal) con independencia de la pregunta por su existencia, lo mismo que el matemático procede con sus figuras geométricas sin preocuparse de si existen en el mundo real puntos, rectas, triángulos rectángulos o poliedros perfectos. La perspectiva filosófica sobre Dios soslaya cualquier determinación religiosa y solo comparece atenta al sentido y dignidad lógica de su idea o ideal, no juzga sobre su existencia. En el marco de esa perspectiva Simmel investiga el concepto de personeidad o ser personal del principio divino. Sabe que contra este concepto se volvió la Ilustración arguyendo que se trataba de un antropomorfismo, de una divinización del humán; el panteísmo y la mística más bien pensaban, al revés, que se trataba de una humanización de lo divino. Para Simmel existe una perspectiva más elevada que elude ambas críticas. El ser-persona del humán puede ser causa ocasional para el surgimiento del dios personal, pero su fundamento lógico y metafísico es independiente de ello.

¿Qué significa ser persona o en clave más metafísica que psicológica qué significa personeidad? Para Simmel es la elevación y consumación que alcanza la forma del organismo corporal mediante su prosecución en la existencia anímica. Uno deviene persona como resultado del crecimiento orgánico del alma consciente. Sus contenidos muestran un grado de fusión y de condicionalidad recíproca y van incluso más allá del supuesto por la unicidad corporal de nuestro organismo físico. En la dimensión particular de cada persona, en su configuración y conservación, es evidente el papel fundamental de la memoria:

“el recuerdo alza lo pasado al presente y, en esta medida, lo lleva a una relativa indiferencia frente al transcurso del tiempo”… “lo pasado viviente en nosotros es también influido por elementos de representación que acontecen entretanto y actualmente. Esto quiere decir que la causalidad del tiempo, causalidad de un solo sentido, que apremia sólo hacia delante, se convierte en el marco de la vida anímica en una interacción”.

Acontece así la aparente paradoja de que… “el presente actúa sobre al pasado y, al mismo tiempo, el pasado sobre el presente”. Por eso el contenido de conciencia producido de forma nueva y al momento es sólo un mínimum de nuestra personeidad, la cual es hasta cierto punto un fenómeno cerrado, un hortus conclusus, aunque con multitud de relaciones, de puertas y ventanas. Persiste y persevera a falta de una identidad absoluta, evoluciona como proceso organizado en vinculación emocional con otros, no es algo que se conserve en el inconsciente tal cual, como en una nevera,

“Deben admitirse influencias recíprocas y modificaciones durante aquel estado de latencia. Así pues, los elementos psíquicos que de algún modo existen en nosotros más allá de la conciencia están en constantes interacciones y se forjan en virtud de ello recíprocamente hacia la unidad que denominamos personalidad [ser personal]. Pues ésta no es un simple centro persistente, sino un penetrar-se, una asimilación funcional, un transferir, referir-se, amalgamar-se, en el marco del ámbito de todos los contenidos de representación en general. Así pues, en oposición al elemento anímico aisladamente considerado que, por así decirlo, aparece como tal ilocalizado y no colocado, nuestra ‘personalidad’ [nuestro ser personal o personeidad] va creciendo como el acontecer que caracterizamos en el símbolo formal de la interacción entre todos los elementos.”

Como ya hemos indicado, nuestro ser personal no se cierra perfectamente sobre sí mismo. Estamos también con nuestra psyche y con nuestro cuerpo entretejidos en el mundo que nos es externo. Ningún ser particular empírico, ni siquiera el humán más ilustrado, satisface plenamente esta idea de “personeidad” como algo autónomo, sólo Dios es persona en sentido absoluto:

“Ya el hecho de que nuestra existencia tenga como forma suya un decurso temporal, el hecho de que por ello se tenga que ‘acordar’ para llevar sus contenidos a una interacción, siempre fragmentaria, esto imposibilita aquella unidad de los contenidos con la que seríamos una personalidad [personeidad] en sentido absoluto.”


Dios y Mundo

Es Dios quien representa para Simmel al Mundo como Ser Personal (el "Todo animado" del Timeo platónico). Una cuestión que no se plantea en términos de existencia o inexistencia, sino únicamente en el sentido ideal de que dicha representación del Uno (substantia sive Deus) como totalidad del mundo evita la contradicción del panteísmo, puesto que un dios amalgamado con la existencia como el Dios de Spinoza (a la vez natura naturans y natura naturata) no podría ser todopoderoso. Además, un dios consistente en Naturaleza resulta extravagante, pues Natura es perfectamente amoral y produce monstruos. Igualmente, para el gran tema del amor se requiere cierta distancia y oposición entre Dios y el Mundo, o entre Dios y el ser de cada cosa particular del mundo. En la medida en que la duplicidad desapareciese completamente, se perdería también la posibilidad de dar y tomar, de amar y ser amado, posibilidad a la que pertenece enlazada íntimamente la dicha religiosa. Por consiguiente, Simmel salva la dualidad Dios / Mundo al concebir a Dios en su forma o figura personal. En última instancia, Dios representa la sustanciación de la unidad de la vida, donde todos los opuestos hallan su síntesis armónica, el asilo donde el alma humana refugia la precariedad de su existencia fragmentada.


Luz de calle (1909), Giacomo Balla

Sólo un Dios personal puede mostrarse como fuerza efectiva, desencadenante en todo acontecer. “Sin la voluntad de Dios no cae ningún gorrión del tejado”. Entre amalgamiento y separación, quizá este ser-llevado-del-uno-al-otro sea la única expresión adecuada de nuestra relación con lo infinito que no podemos formular como algoritmo.

“Pero la representación de Dios en la que esta constelación encuentra en cierto modo su símbolo visible, esta representación, es su personalidad [su ser personal].”

Constituye su esencia que un número ilimitado de contenidos puedan ser incluidos como propiedades suyas en esta unidad compendiadora. Nosotros participamos limitadamente de esta consideración personal, somos seres personales por nuestra participación en lo divino. Por eso, cuanto más nos sentimos personas, tanto más independiente sabemos nuestro Yo de cualquier contenido particular. Y también por eso el Estado sólo puede abarcar ciertas partes de la existencia global de los ciudadanos. El ser personal no puede realmente describirse, sino sólo experimentarse vivencialmente. Es raíz de la especial dignidad humana…

“Dios, si se lo desea pensar en general, tiene que ser pensado como personalidad [ser personal]: como la unidad y vivacidad de la existencia que se ve ante sus productos particulares, ejerciendo poder sobre ellos pero en ciertos intervalos no siendo señora de su autonomía, viviendo en cada uno de ellos pero, sin embargo, como guardando una distancia que nuestros infinitos estadios entre la extrañeza o la deserción y el más íntimo amalgamiento. En la medida en que la personalidad significa centro y periferia o totalidad unitaria y partes y aquella peculiar relación entre ellas, en esta medida, la personalidad de Dios [su ser personal] no es la contradicción frente al panteísmo, sino sólo, por así decirlo, el mismo panteísmo que se ha tornado viviente.”

Espíritu personal

La relación entre Dios y el Mundo, tan problemática para la lógica, expresa la simultaneidad estar-enfrente y ser-uno, que la conciencia religiosa vive. No es ningún contrasentido, porque de ello poseemos garantía en la vivencia de nuestro propio ser personal. Pensar en Dios en general es pensarlo como persona espiritual o espíritu personal, como esa unidad y vivacidad de la existencia que se contempla ante sus productos particulares, ejerciendo poder sobre ellos, pero también consintiéndoles cierta autonomía, guardando una distancia que muestra infinitos estadios entre la extrañeza o deserción y el más íntimo amalgamiento. El ser personal de Dios es el de un panteísmo viviente, sin contradicción. Consiste en un ideal y un absoluto por medio del cual se explica esta existencia mundana como formando parte de Él y, a la vez, como su consumación. Por eso cabe rechazar la creencia en lo divino como un ente existente, para caracterizarlo según su idea, la de la subordinación del Yo humano bajo el concepto general de una forma de realidad de la que éste sólo puede ofrecer un ejercicio particular y limitado y Dios la satisfacción absoluta consumada frente a la totalidad del mundo.

Autoconciencia y espiritualidad

La característica más decisiva del espíritu personal es su potencia para separarse a sí mismo, para deslindarse en sujeto y objeto, esto es: Autoconciencia o conciencia de sí con la que se convierte en función de sí mismo. Con la autoconciencia, la vida se reflexiona, se quiebra y se reencuentra a sí misma. Esta es la maravilla fundamental del Espíritu, aquello que lo convierte en espíritu personal, pues conservándose en su unidad se sitúa enfrente de sí mismo como identidad de lo que sabe y de lo sabido, al margen de la oposición numéro-mecánica de unidad y dualidad, donde cada instante tardío del ser vivo depende de su instante más temprano como de forma atemporal. Es lo que distingue más profundamente al organismo, su ser personal, frente a la máquina (y lo que distingue al personalismo del mecanicismo, que es su reflejo epistémico), al desplegarse en una vida múltiple según espacio y tiempo para alcanzar en la conciencia de sí su forma más absoluta.

Esto explica por qué nunca ha existido un monoteísmo completamente puro y por qué su unidad más perfecta en el panteísmo o en la mística es al mismo tiempo su disolución más completa en la multiplicidad de los fenómenos reales. El dios naturante de Spinonza se disuelve en la natura naturata, o sea, en el espacio-tiempo en que se expresa. Como fantasía especulativa, el Dios personal expresa su piadosa otredad, por decirlo así, en la Trinidad cristiana que dilata la unicidad en tres personas o en el racionalismo místico de Spinoza donde nuestro amor a Dios es una parte del amor con el que Dios se ama a sí mismo. El Otro que Dios tiene enfrente, como Hijo suyo o como Mundo, o como Espíritu que vuela donde quiere, no puede romper su unidad.

Dios no es cómo pretendía Feuerbach, el humán en grande, aunque estamos legitimados para decir, sin incurrir en soberbia, que el humán es dios en pequeño, por participación (methexis). La idea de poder, de justicia, de la perfección, en la forma del ser, se piensa en todo caso sobre la existencia relativa imperfecta y mezclada del humán, pero de aquella perfección del espíritu personal divino recibe siempre significación y forma. El humán está por debajo. 

La filosofía de la religión puede muy bien afirmar que Dios es espíritu personal o personeidad sin necesidad de afirmar en lo más mínimo que Dios exista. Por otra parte, nuestra existencia misma es tan indemostrable como la de Dios. La religiosidad como espiritualidad sobrevivirá siempre a las religiones positivas e históricas como una oliva sobrevive a la anual recolección de sus aceitunas. Incluso puede suceder que durante varios años el árbol mal podado no dé fruto alguno, caso de las sociedades ateas.

Sutilmente, Simmel distingue en el acontecer religioso del alma la necesidad de la satisfacción. La Ilustración estaría ciega si pensase que dos siglos de crítica a los contenidos religiosos van a destruir la necesidad de lo divino: el sentimiento de dependencia, la alegría de la esperanza, la conciencia de la menesterosidad y el anhelo de infinitud, la indiferencia entre lo terrenal y la exaltación de la vida. El ser religioso, la religiosidad o espiritualidad del humán, están ahí y no pueden ser ni verdadero ni falso, igual que no tiene sentido llamar verdadera o falsa a la existencia de una zanahoria o de una avispa. Puede que hoy esa necesidad se satisfaga más ilusamente que en otros tiempos al hacerla depender de expresiones políticas, lúdicas o deportivas, de idolatrías tan efímeras como los objetos de qué se hacen depender.

La idea o ideal de Dios como espíritu personal, como la de Señor del Universo, es una idea, pero también una emoción estética, o tal vez sería preferible decir un complejo sentimental (en el sentido junguiano), igualmente se trata de una idea estética en sentido kantiano (ni lógica ni ética), esto es, una representación, resultado de un juicio reflexionante (no determinante) que da mucho que pensar y amplia el radio de nuestra comprensión sin que, no obstante, un pensamiento determinado, es decir, un concepto pueda serle adecuado como esencia. Y además, tal imaginación señala no sólo al mundo de la naturaleza, sino también al de la moralidad, desde su trascendencia, como fundamento teleológico y formal, no material.

Dios, las relaciones humanas y el dinero

En su célebre obra El individuo y la libertad (1901-1911) Simmel propone la sorprendente tesis de que son las relaciones interhumanas las que prefiguran nuestras relaciones con Dios (o con los dioses). En efecto, el fiel experimenta hacia su Creador parecidos sentimientos de dependencia de los que experimenta hacia el grupo o la comunidad social en que se configura e integra. La estructura de la relación entre el humán y Dios es un reflejo sublimado de la estructura individuo-sociedad.

En la metrópolis industrial, el dinero ha pasado a ocupar el lugar funcional de Dios, un absoluto que unifica todas las cosas, un medio convertido en fin en sí mismo que nivela todas las cualidades del mundo transformándolas en precio. La crisis moderna de sentido ha provocado que lo sagrado se disperse en misticismos difusos, en la adoración de fetiches materiales que difícilmente pueden satisface la religiosidad o espiritualidad de las personas.


 Notas

(*) Georg Simmel, Sobre la aventura. Ensayos filosóficos de estética. Epílogo de Jürgen Habermas, traducción de Gustau Muñoz y Salvador Mas, ed. Península, Barcelona 2001.