sábado, 11 de febrero de 2017

ALCESTIS Y LA PIEDAD DE APOLO

Vaso etrusco representando la despedida de Alcestis y Admeto

Obra maestra de Eurípides

Alcestis se representó en el teatro de Atenas hacia 438 a. C. Comprende el tema popular de la esposa amante, Alcestis, que se inmola heroicamente ofreciendo su vida por la de su esposo y, unido a este asunto, la lucha victoriosa del héroe mítico Hércules contra el Genio de la Muerte.

Algunos críticos la consideran una tragicomedia, mejor que una tragedia, porque acaba bien. El dios Apolo recita el prólogo informando de la situación previa a la acción, cosa que es frecuente en las tragedias de Eurípdes. Cuenta Apolo que ha sido humillado y sufre por estar al servicio de un mortal, Admeto, del que se ha hecho amigo. El castigo se lo ha impuesto Zeus por haber matado a los Cíclopes que le fabricaban los rayos. Con la muerte de cíclopes,por su parte, Apolo se vengaba así de Zeus, pues el padre de los dioses había asesinado a su hijo Asclepio...

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Asclepio (izda.) hijo de Apolo (dcha.) con el sabio centauro Quirón

El genio de la muerte, Thánatos (masculino en griego) aparece pronto en escena discutiendo con Apolo en un vivo, ingeniosísimo, diálogo en el que Eurípides acredita su buen conocimiento de la retórica y del lenguaje de los tribunales. Apolo acusa a la Muerte de "ilustrada" por aludir criticamente al lujo con el que Alcestis va a ser enterrada. Y es que el igualitarismo era uno de los valores de la sofística de la época.

La grandeza de alma de Alcestis, salvada in extremis por Hércules, que está dispuesta a entregar su vida en plena juventud para que La Muerte no se lleve a su marido, contrasta con el egoísmo de los padres, ya mayores y bien vividos, y con la pusilanimidad de Admeto, el personaje más complejo y poliédrico de la obra.

Piedad o Leyes 

En Alcestis de Eurípides se cuestiona de forma general si es justo ceñirse siempre a lo establecido por norma (nómos) o si hay que poner por encima del cumplimiento de la ley el bien de las personas. Es el problema del iusnaturalismo o de la fundamentación ética de lo que hoy llamamos Derecho.

Los atenienses -como cuenta Jenofonte- eran respetuosos con las leyes y los magistrados que las aplicaban, pero no reverenciaban a sus funcionarios como los espartanos, pues también consideraban que los magistrados estaban sometidos a las leyes como los ciudadanos particulares, y el temor a los magistrados era considerado como propio de esclavos.

La ley era objeto de atención y estudio en los tratados de Retórica, sobre todo porque los tribunales de justicia de Atenas no estaban formados por juristas, y porque lo decisivo para determinar la licitud o ilicitud de una conducta no era su conformidad con lo legislado, sino su justificación racional o, al menos, razonable. Le ley era considerada una prueba de persuasión muy relevante, pero no la única, porque los jueces debían tener en cuenta no sólo cuáles eran las leyes a aplicar (κατὰ τοὺς νόμους), sino también su criterio jurisprudencial rectamente formado (γνώμῃ τῇ δικαιοτάτῃ) en conformidad con la equidad (τὸ ἐπιεικές) y el espíritu de la ley. Importa sobre todo lo justo, que no está completo en la ley escrita.
Piedad de Gregorio Fernández

Eurípides es un maestro consumado en dotar de personalidad autónoma (ἤθος) a personajes míticos. Apolo, un dios piadoso (ὅσιος), se enfrenta a La Muerte, estricta cumplidora de su desagradable deber como escrupuloso e implacable funcionario. Apolo está predispuesto a la piedad por su experiencia de sufrimiento bajo el servicio de Admeto, pretende hacer valer esta virtud (ὁσιóτης), excelencia esta que posee quien respeta las leyes divinas y cumple los preceptos religiosos: la protección del débil y del suplicante, la lealtad, la amabilidad, la hospitalidad y aquellos otros preceptos no codificados legalmente. Tales son funciones propias de la humanidad, más que de la divinidad, y que, no obstante, en su contexto de servidor de Admeto, Apolo se atribuye. Se muestra así persuasivo, esto es, sensato, decidido y benevolente, cualidades que Aristóteles consagrará como virtudes propias del orador digno de crédito (Retórica 1356a 5-7). A fin de cuentas, Apolo obra en beneficio de un amigo.

Muerte (Θάνατος) es también elocuente. Le reprocha a Apolo su voluntad de transgredir la ley, el haber engañado a las Moiras o el recurrir a la violencia y el soborno aun para hacer el bien ("¿Para qué necesitas el arco, si posees la justicia?"). Muerte es rigurosa e igualitaria al proclamar que tanto los pobres como los ricos deben morir y que lo civilizado es someterse a la ley por encima de los motivos personales (dura lex, sed lex!), pues es la ley la que garantiza la honestidad de las relaciones cívicas.

Apolo se defiende rechazando la violencia y aceptando la discusión como principio de negociación. Cederá si la pierde. Se muestra así razonable y ecuánime pues si bien no se ciñe rigurosamente a la norma escrita, busca la justicia, aunque recurra al engaño para conseguir el bien.

En su excelente estudio sobre la obra, María José Martín(*) analiza el otro momento destacado de la obra, la pelea dialéctica (ágon) entre Admeto y su padre Feres, discusión de la que ambos saldrán disminuidos moralmente, el primero como pusilánime por permitir la muerte de su mujer en lugar de la suya; el segundo, como un egoísta incorregible, un anciano que se ampara en la ley para seguir viviendo aún después de una larga vida colmada de satisfacciones.

Puestos entre la espada y la pared, los personajes dicen lo que de verdad piensan, y Feres, que ha elogiado el sacrificio heroico de Alcestis, la acusa ahora ante su marido de primitiva, sumisa e insensata. Para Feres no hay más referente de lo justo y decente que las leyes: "yo no he recibido esa norma de mis antepasados, que los padres deban morir en lugar de los hijos, no es griega". Lo ilegal es para Feres irracional.

De bien nacidos el ser agradecidos

Los principios que para los atenienses justificaban la ley y la convención (nómos) los enuncia Jenofonte en las Memorables: "venerar a los dioses", "honrar a los padres", "corresponder con el bien a los que nos hacen bien". Esto último define sobre todo el êthos de Apolo en la tragedia de Eurípides, la χάρις (cháris), el agradecimiento como donación desinteresada al amigo que la necesita, como regalo generoso. Aristóteles fundamentará la gratitud en la naturaleza social del hombre (Ét. Nic. 1132-33). El agradecimiento se relaciona directamente con la benevolencia que lleva al que obra a dar más de aquello a que le obliga la ley y que para Eurípides es imperativo superior al ordenamiento humano, representado escénicamente por el desafío que Apolo lanza a la Muerte.

En el diálogo entre Feres y Admeto, padre e hijo, Eurípides cuestiona la eficacia educadora del legalismo. Pues sin duda Feres ha alcanzado el bienestar basado en riqueza, seguridad y poder, pero ese mismo sistema del que se ha beneficiado no le ha hecho bien-ser, no le ha hecho un hombre bueno, pues no está dispuesto a renunciar a lo poco que le queda de vida por un bien mayor: la vida de su hijo o de su joven nuera, y además le importa un bledo lo que digan de él después de su muerte. Su actitud genera desprecio y odio.

Por su parte, Admeto es un personaje complejo, ambiguo, por una parte nos parece una vileza que deje morir a su mujer por él, y por otra parte resulta admirable su actitud ante Apolo y la hospitalidad que presta a Hércules, cuyo agradecimiento supone al fin la salvación de Alcestis. Eurípides tiene una habilidad estupenda para hacer que los personajes, en situaciones extremas, manifiesten lo mejor y peor de sí mismos, lo "humano, demasiado humano".

Iusnaturalismo y Necesidad 

Eurípides plantea magistralmente el problema del iusnaturalismo: Si el orden social se fundamenta en la voluntad de los dioses y/o la naturaleza humana, o sólo en las convenciones y leyes sociales (nómos), o sea, en la política. El autor parece fundamentar el respeto a la ley, no en su antigüedad o en la inexorabilidad de su cumplimiento, sino en su bondad y arraigo en la naturaleza humana, manteniendo la superioridad y primacía de la Ética sobre la Política.

En la obra escucho un eco de la viva discusión de Gorgias con los eleatas: 

Heracles: Ser y no ser se consideran cosas distintas.
Admeto: Tú lo juzgas de una manera, Heracles, yo de otra.

La superior jerarquía del héroe sobre el marido mortal de Alcestis parece inclinar la balanza hacia el punto de vista de Parménides, antes que sobre el relativismo escéptico del gran orador siciliano. Otra fuerza -ya muy abstracta- es Necesidad (la Moira de Homero). Canta el coro en la estrofa de 960ss:

Yo, por medio de las Musas, llegué a las alturas celestes, y, depués de aferrarme a innumerales doctrinas, nada hallé más poderoso que la Necesidad (Ananké).

El comentarista de la excelente edición de Gredos (**) entiende que Eurípides se está refiriendo, no a la voluntad de los dioses, sino a las leyes eternas e inmutables de la naturaleza. Sin embargo, en la antistrofa de 974ss se afirma que se trata de una diosa, Ananké, que no tiene altares ni imágenes a que acudir, es sorda a los sacrificios y que es algo así como el instrumento ejecutivo de Zeus:

Lo que Zeus decide con un gesto, con tu ayuda lo lleva a cabo (...) A tu resolución tajante imposible es oponer reverencia alguna.
Ananké. Necesidad, Hado, Fatalidad.

El culto y los sacrificios de hombres o animales, o las súplicas de los primeros, devienen inútiles ante el poder de Ananké, ni siquiera con el respeto religioso (aidós). Recuerdo que esta expresión, aidós, tenía una importancia decisiva en el famoso mito del Protágoras platónico. El temor de dios, o el sentido de lo sagrado, o la vergüenza moral, tal vez significando aún todas esas cosas, completaba el recurso de la técnica y el arte, pues sin el aidós los humanos usaban estas para destruirse.
Como contraste con la despiadada ley de la fatalidad (Ananké), el optimismo metafísico lo expresa Eurípides en una de las antístrofas del coro:

En los buenos reside toda sabiduría (...) en mi alma se asienta la confianza de que el hombre piadoso será feliz (602ss)

Creo que Sócrates no hubiera mostrado tanta confianza en esta afirmación, aunque sí tal vez en la de que los malvados acaban enfermando su alma y haciéndola desgraciada con sus injusticias. Como en otras tragedias de Eurípides, al lector actual le sorprende la brusca transición del patetismo al rigor lógico y viceversa. También la fortuna y el azar aparecen aquí, como en todo el teatro euripídeo, como fuerzas telúricas o divinas del todo incontrolables:

Oscuro es saber adónde se encamina la fortuna y no es posible enseñarlo ni aprenderlo por la práctica (785ss)

Notas bibliográficas:

* María José Martín Velasco. "La obligación legal y moral en Alcestis de Eurípides", AGORA 2014 33/1: 7-26.
** Eurípides. Tragedias I. Trad. y notas de A. Medina, J. A. López Férez y J. L. Calvo. Introd. de C. Gª Gual., 2015.