jueves, 27 de septiembre de 2012

Puesta en marcha de la Filosofìa

Iris, hija de Taumante (Asombro),
mensajera entre los dioses y los hombres;
segùn algunas leyendas
 madre de Eros (con Cèfiro)
 y hermana de las harpìas

Admiración o perplejidad

Platón sostuvo en el Teeteto (155d) que el auténtico principio (arjè) de la filosofía es la admiración (thaumazein). Así pues, el pensamiento que más nos acerca a la perspectiva eterna, ese razonar que nos aproxima al punto de vista de los dioses inmortales, nace de una emoción, incluso de una pasión.

Aristòteles, en los primeros párrafos de su Metafìsica (982b 11-22) interpreta esta “admiración” como extrañeza y perplejidad (aporeîn). Los hombres, al sentirse maravillados ante los fenómenos de la naturaleza, reconocen su ignorancia y filosofan para huir de ella. En Aristóteles, la admiración es un inicio, pero no un verdadero principio o fundamento del filosofar, su arcano.

Sin embargo, para su maestro ateniense, el admirarse  o estar intrigado es la verdadera condición natural del filósofo:

El asombro que pone en marcha el pensamiento no es la confusión, la sorpresa o la perplejidad; es un asombro admirativo. Aquello que nos maravilla se confirma y afirma mediante la admiración que irrumpe en palabras, el don de Iris, el arco iris, la mensajera celeste. Entonces el lenguaje adopta la forma de alabanza, de glorificación, pero no de una aparición particularmente sorprendente o de la suma de las cosas del mundo, sino del orden armónico que hay tras ellas , un orden invisible en sí mismo del que el mundo de las apariencias nos ofrece un destello. “Las apariencias son una visión de las cosas oscuras” (opsis gar tôn adêlôn ta phainomena), en palabras de Anaxágoras (B21a). La filosofía se inicia con la toma de conciencia de este orden armónico invisible del cosmos, que se manifiesta entre las cosas visibles familiares, como si éstas se hubieran hecho transparentes. El filósofo se maravilla ante la “armonía invisible”, que, según Heráclito, es “superior a la visible” (harmoniê hanês phanerês kreittôn, B54).
           Hannah Arendt. La vida del espíritu, III, 15. “¿Què nos hace pensar?”.

El texto de Platón antes citado puede ser interpretado superficialmente en el sentido de que la filosofía, tal y como la entendió la escuela Jonia, nació de la astronomía, de la admiración de los milesios por los cuerpos celestiales. Como el arco iris, la filosofía parece vincular la tierra al cielo. Iris es mensajera de los dioses e hija de Taumante (Asombro). El verbo thaumazein es frecuente en Homero y procede de uno de los múltiples verbos que los griegos usaban para la acciòn de ver, en el sentido de contemplar (theasthai), la misma raíz se halla en la acción de los espectadores filosóficos, en la legendaria respuesta a la pregunta por la esencia de la filosofía que la tradición atribuye a Pitágoras, y según la cual, mientras que unos participan y otros mercadean con motivo de los juegos (en los que consiste la existencia), el filósofo simplemente disfruta contemplando (theorein), o sea, hace teoría. En Homero, esta contemplación repleta de admiración refiere sobre todo a los hombres a los que se les aparece un dios o, en su forma adjetiva, a aquellos que merecen el asombro admirativo que se reserva a las divinidades.

Afirmación de Ser y nihilismo

Esta admiración –subraya Hannah Arendt- es un pathos, algo que se padece, no algo que se hace. En Homero, el activo es el dios cuya aparición deben soportar los mortales. El asombro que pone en marcha el pensar filosófico no es confusión, sorpresa o perplejidad, como pensaba Aristóteles, sino un asombro admirativo, aquello que nos maravilla es la razón del cosmos, visto como totalidad ordenada, es su Logos (ley, palabra, razón), que promueve una respuesta en forma de discurso (también logos), que irrumpe en "palabras inspiradas, el don de Iris, mensajera celestial". Es este todo ordenado (Kosmos), o el bello orden de ese cosmos, lo que suscita admiración. Y fue la admiración lo que llevó a pensar en palabras, cuando los hombres presintieron fuera y dentro de sí mismos algo inefablemente superior a su propia naturaleza individual.

La admiración toma una forma abstracta, ontológicamente elemental, expresada por  Leibniz en su celebérrima pregunta:

“¿Por qué hay algo en vez de nada?”

Cuando la filosofía pierda este fundamento de admiración reverente, arderá en sí misma, inmolándose en la pira del nihilismo, pues ya no admira el Ser, sino que se angustia ante la fría oscuridad de la Nada y se desespera ante su destrucción en el Caos. Y es que pensar significa decir sí y confirmar el carácter cósmico de la existencia. Tal vez sea este el sentido genuino de la célebre afirmación de Parmènides: to gar auto noeîn estin te kai einai, “la actividad del noûs y del ser son una y la misma cosa”.

En cualquier caso, una versión moderna de la admiración maravillada puede hallarse en el decir sí a la vida de Nietzsche y en algunos de los grandes poetas del XX que muestran cuàn sugestiva puede ser esta afirmación para paliar la falta de sentido en un mundo totalmente secularizado. H. Arendt cita a Rilke: Ende du liebe, ich will… “Tierra amada, yo quiero”… y a W. H. Auden: “Bendice lo que es por ser”.

En la última  metafísica de Heidegger, la actitud del hombre confrontado con el Ser es de agradecimiento, que puede entenderse –asì lo hace una intèrprete cualificada como Hannah Arendt- como el admirarse (thaumazein) platónico, primer principio e incesante renacimiento de la Filosofía (Hannah Arendt, op. cit. 2ª,IV,15.). 

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