sábado, 14 de mayo de 2016

FILOSOFÍA DE LA CIRCUNSTANCIA


"Yo soy: yo y mi circunstancia y si no la salvo a ella, no me salvo a mí"
Meditaciones del Quijote, 1914

Los buenos lectores son quizá tan escasos como los buenos escritores. Resumir en pocas páginas, no ya un libro solo, sino una obra tan vasta como la de Ortega y Gasset, requiere mucho genio, el que tuvo el intelectual galduriense Juan López-Morillas cuando en 1959 publicó una introducción al filósofo español para universitarios norteamericanos, "José Ortega y Gasset: An Introduction".

Comienza hablando de la fuerza subyugante del estilo orteguiano, idóneo para exponer sus doctrinas ante un auditorio "vivo" forcejeando con el presunto escepticismo de sus oyentes en esa especie de diálogo unilateral de la lección o la conferencia. Y es que Ortega conservaba siempre la cálida sugestión de la palabra hablada, lo que explica la sensación de presencia inmediata y magistral que provoca en el lector atento.

Igualmente podríamos referir a la transparencia de su escritura: "La claridad -dijo una vez- es la cortesía del filósofo". Gadamer definió la prosa de Ortega como de "concisión iluminativa". Sus radiantes metáforas e ingeniosas comparaciones pronto le convirtieron en un clásico de nuestra lengua.

La filosofía de Ortega es una "filosofía de la circunstancia", pues cada hombre al tomar conciencia de sí mismo descubre:

a) que no le es dado elegir el mundo en el que ha de vivir: es siempre el de un "aquí" y un "ahora", el de una situación histórica particular.

b) que su circunstancia está constituida por facilidades y dificultades de las que puede servirse o sacar provecho, como el nadador con el agua o el ave con el aire. La condición del hombre es la de náufrago o peregrino.

c) que le es ineludible, para sostenerse en el universo, hacer algo con su circunstancia.

d) y que para tratar con su circunstancia tendrá que forjar un plan, proyecto o imagen de su vida.


Cada vida humana es así un drama, porque el hombre es libre, "por fuerza libre..., quiera o no", pues en cada instante el individuo es un haz de posibilidades, "una entidad infinitamente plástica". La circunstancia es el límite y determinación de nuestra vida, pero también el marco en el que se nos ofrecen las diversas posibilidades de elección y decisión. Entre el yo y la circunstancia hay una dialéctica de extrañamiento y ensimismamiento. Salimos y entramos de nosotros mismos. Salimos de nosotros hacia las cosas, pero también las poseemos, las hacemos nuestras, nos las entrañamos.

La vida es semejante a la tarea del deportista, un impulso jovial y alegre de superación personal, pero cuyo impulso vital tiene por meta, no la superación de ninguna marca, sino la construcción de un mundo propio. Filosofar no es más que ejercer la facultad teorética, de espectador, en el trato con la circunstancia, pues en rigor el hombre no puede conocer más vida que la suya.

"A esta arquitectura que el pensamiento pone sobre nuestro contorno, interpretándolo, llamamos mundo o universo. Este, pues, no nos es dado, no está ahí, sin más, sino que es fabricado por nuestras convicciones" (En torno a Galileo, 24).

Toda circunstancia se ordena en una perspectiva porque implica un determinado "punto de vista". El perspetivismo de Ortega quiere superar tanto el idealismo como el objetivismo, pues el yo carece de sentido sin su circunstancia, no es un sujeto trascendental, pero también las cosas carecen de sentido y no pueden llegar siquiera a objetos sin un sujeto que las contemple y les imponga su forma (Kant). Cada perspectiva integra la sensibilidad, la imaginación, la inteligencia, los deseos y los valores de un individuo. Cada perspectiva humaniza a su modo la circunstancia con una razón vital personal y distinta.


El conjunto de reacciones con que el hombre se enfrenta a la circunstancia constituye la cultura, que nace del fondo viviente del sujeto, aunque luego se independice, se sofistique o se fosilice. La vida no debe estar al servicio de la cultura, sino al revés. Ortega lucha contra el intelectualismo y la "beatería de la cultura". Es preciso desdivinizar la inteligencia y desmitologizar la razón. Hay pues que pregonar una razón humilde que no sustituya la realidad por las ideas, que reconozca su historicidad, ceñida al corsé mudable de las circunstancias, que no busque la determinación inmutable de lo real, porque el hombre no es determinación, sino libertad.

Por eso la ciencia no sabe nada sobre el hombre.Y es que, como Dilthey, al que tanto leyó, Ortega piensa que al contrario que las ciencias físicas, las ciencias del espíritu deben apoyarse en la vivencia, porque para comprender la vida del hombre y su historia, la racionalidad ha de habérselas con fines y valores que son los que dan sentido a la acción humana. No se trata de negar la ciencia; se trata de no idolatrarla:

"la ciencia es sólo una manifestación entre muchas de la capacidad humana para reaccionar intelectualmente ante lo real" (OO. CC., IV, 367).

Pero la circunstancia no comprende sólo el horizonte exiguo de la realidad cotidiana. Ortega -dice López-Morillas- toma en cuenta un ámbito tan anchuroso y significativo como el de la cultura de Occidente, pues nuestra circunstancia comprende también el pasado histórico que la ha constituido ("el hombre no tiene naturaleza, tiene historia"), es decir, la tradición viva de ideas, creencias, opiniones, estilos artísticos, saberes probados, etc. Todo esto es el compresente, o sea, lo que ausente debe ser tenido en cuenta para entender lo presente.

La filosofía de Ortega puede ser definida como la interacción de una conciencia individual -cuya esencia es radical soledad- y un ambiente -cuya esencia es radical problematismo-. Hostil tanto al racionalismo como al irracionalismo (Nietzsche le parece un "genial dicharachero"), Ortega aspira a desarrollar una visión que integre tanto los aspectos racionales como los irracionales de la vida humana, haciendo ver al racionalista que la razón no es más que una forma y función de la vida, entre varias formas y funciones; y advirtiendo al irracionalista que abandonar la razón es como abandonar la condición humana.

Precisamente la tarea intelectual más urgente de nuestro tiempo (el "tema de nuestro tiempo") es destronar a la "razón pura" y en su lugar entronizar a la "razón vital", por eso podemos llamar la filosofía de Ortega "raciovitalismo".

Ajeno al espíritu de sistema, Ortega ensaya una aclaración de su circunstancia que, sin pretensiones totalitarias, abierta siempre a nuevos problemas, revela no obstante un alto grado de cohesión y consistencia. Según López-Morillas, u filosofía aprecia algo que el pensamiento occidental ha despreciado desde que hizo del racionalismo su déspota cultural: la dimensión biogenética del pensamiento, cuya unidad es más orgánica que estructural, siendo el órgano de interpretación y perspectiva la vida de un hombre, o sea, su biografía, en este caso la de un humanista curioso, formidable espectador del drama maravilloso de la vida.

Nota bibliográfica

- José López-Morillas. Intelectuales y espirituales. Unamuno, Machado, Ortega, Marías, Lorca, Revista de Occidente, Madrid                                                                                                                                                                             1961.
- Para los textos de Ortega cito la edición de Alianza de Obras Completas (OO.CC), Madrid 1994.

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