miércoles, 21 de enero de 2015

Thomas Mann interpreta a Nietzsche


Thomas Mann (1875-1955, TM) fue el humanista y escritor alemán más interesante de la generación siguiente a la de Friedrich Nietzsche (1844-1900). Sacó a la luz en los primeros meses de 1947 un ensayo sobre “La filosofía de Nietzsche a la luz de nuestra experiencia”. El texto lo resumió en conferencias que pronunció en Washington, Nueva York, Londres, Zürich, etc.

En su ensayo comienza lamentando que una razón como la de Nietzsche (FN) fuese destruida por el entusiasmo visionario. Reconoce la fascinación que ejerce su figura, dotada de una complejidad y riqueza cultural enormes: compendio de todo lo europeo. Por ello FN asume en sí, en sus contradicciones, muchos elementos de nuestro pasado que recuerda, repite y actualiza de manera mítica.


TM compara a FN, "amante de la máscara", con el Hamlet de Shakespeare. Confiesa la mezcla de respeto y lástima que su lectura le causó: compasión trágica hacia un alma sobrecargada de tareas y con una verdadera vocación de saber: 

“un alma fina, delicada, bondadosa, necesitada de amor, predispuesta para la amistad noble, una alma no hecha en absoluto para la soledad, y que tuvo que sufrir precisamente eso: la soledad más honda, la más fría, la soledad del criminal”.

Para TM la figura del autor de Así habló Zaratustra representa una espiritualidad llena en su origen de profunda piedad e inclinada a la veneración, a la que el destino desgarró, arrastrándole a un profetismo salvaje y ebrio, enfurecido contra su propia naturaleza, despiadado, un profetismo de la fuerza bárbaramente obstinada, del endurecimiento de la conciencia moral, un profetismo del mal.

Por mucho que se extraviara, TM le reconoce como el más grande filósofo de finales del XIX, un héroe del reino del pensamiento. Jackob Burckhardt se percató pronto de la voluntad de extravío que alentaba en su joven amigo y se separó prudentemente de él. ¿Qué empujó a FN hacia lugares intransitables? Su genio, pero también la enfermedad de su genio.

La anécdota de un choque accidental de su espíritu casto y puro con el interior de un lupanar, en la Colonia de 1865, adquiere así un valor simbólico. No hay duda de que FN cogió la sífilis un año después de su visita –instigada por un perverso sirviente- a la casa de prostitutas de Colonia, de la que por otra parte, al menos la primeva vez, huyó despavorido tras acercarse instintivamente a un piano que advierte en el fondo del diabólico salón. Toca algunos acordes porque en él ve (según sus palabras) “el único ser dotado de alma entre aquella gente”: aquellas figuras extrañas vestidas con lentejuelas y gasas que clavan, en aquel joven erudito y tímido, sus ojos llenos de expectación.

Unos años después abandona su puesto docente en Basilea por una mezcla de enfermedad creciente y afán de libertad. El joven admirador de Wagner y Schopenhauer creía que el arte y la filosofía eran los verdaderos guías de la vida, más que la historia, de la cual su especialidad, la filología, era entonces una rama. FN se aparta de la filología, se jubila por motivos de salud y vive como un modesto huésped en lugares internacionales de Italia, del sur de Francia y de los Alpes suizos. En esos lugares escribe sus deslumbrantes libros, como audaces ofensas a su época, “intempestivas”. En una carta se describe a sí mismo como “un hombre que nada desea más que perder cada día alguna creencia tranquilizante” (1876). Anticipa así su destino trágico, su destrucción. Será arrastrado a exigirse a sí mismo crueldades mayores de las que cualquier espíritu puede soportar, ofreciendo con ello al mundo el espectáculo de una autocrucifixión conmovedora.

En 1880 FN describe al doctor Eiser los síntomas de su enfermedad: dolores incesantes, vómitos, mareos, afasia… Le dice que su existencia es una carga horrible y que sólo la soporta gracias a sus experimentos “instructivos” en el campo espiritual y moral. Para TM su enfermedad se entreteje inexorablemente con la idiosincrasia de su genio. Para nosotros, su valor simbólico es el de la agonía de la cultura cristiana. Para este psicólogo genial, todo puede convertirse en objeto de un conocimiento desenmascarador.

pintura de Caspar David Friedrich 1774-1840

FN ensalza la cara embriagadora de su sufrimiento, las compensaciones eufóricas que forman parte del síndrome. Esto puede apreciarse en su tardía Ecce homo, donde alaba el estado de exaltación con que compuso su poema "Así habló Zaratustra". Un tour de force comparable a la presentación dionisíaca del mundo que encontramos al final de La voluntad de poder. En Ecce homo aclara lo que "épocas más poderosas que la nuestra" denominaron inspiración: iluminación, éxtasis, elevación, sentimientos de fuerza y poder divinos…, todo lo cual FN lo experimenta como algo atávico, demoníaco, regresivo, propio de estados de la humanidad más genuinos, fuertes, próximos a Dios, fuera de las posibilidades de la que él considera una época racional y débil, la suya. Toda esta soberbia excitación antecede al colapso paralítico. Se compara con los grandes escritores, Goethe, Shakespeare, Dante, para decir que ninguno de ellos hubiera sido capaz de realizar la hazaña del Así habló Zaratustra.

A TM esto le parece un caso de sobreestimación ciega. Aunque, gracias a su gesticulación bíblica, Así habló Zaratustra se ha convertido en el más popular de sus libros, no es ni mucho menos el mejor de ellos. Nietzsche fue ante todo un gran crítico y filósofo de la cultura, un ensayista “de talla europea” cuyo genio llegó a su plenitud con Más allá del bien y del mal y La genealogía de la moral. Ese trasgo, ese hombre volador, carente de rostro y figura, que es Zaratustra, con sus piernas de bailarín y su frase “¡Haceos duros!” es para TM pura retórica, excitado juego de palabras, una voz atormentada y una profecía dudosa, un fantasma de impotente grandeza, a menudo conmovedor, pero casi siempre penoso, como don Quijote, en el límite siempre de lo ridículo.

FN habla con crueldad desesperada de muchas cosas que le merecían respeto: Wagner, Sócrates o Cristo. Su relación con lo que critica es pasional. Para TM, la obra de FN tiene unidad, pues sus grandes tesis estaban ya contenidas en sus primeras obras, El nacimiento de la tragedia y Consideraciones intempestivas. Lo que cambia es el acento y el estilo, la voz se va volviendo chillona, el gesto cada vez más grotesco y horrible. Al final, FN se adorna con el gorro de cascabeles del bufón del mundo. La historia de Nietzsche es así la historia de la decadencia de su crítica, justificada y saludable primero, luego entregada a un salvajismo propio de ménades borrachas.

Los ingredientes de su pensamiento son: vida, cultura, conciencia y conocimiento, arte, aristocracia, moral, instinto. Predomina el concepto de cultura, aristocracia de la vida, a la que está ligada el arte y el instinto como sus condiciones. Como enemigos de la cultura y de la vida figuran: la conciencia y el conocimiento, la ciencia y, en fin, la moral. La moral que mantiene la verdad ataca la vida porque ésta se basa en la apariencia, el arte, el engaño, la ilusión, ya que el error es el padre de lo vivo.

Nietzsche heredó de Schopenhauer la definición de la vida como “espectáculo significativo”. Desde luego, la evolución de nuestras sociedades, dominadas por lo medios masivos de comunicación en los que todo se convierte en espectáculo, parece darle la razón. Para FN, la vida sólo se justifica como fenómeno estético: arte y apariencia (¿gasas y lentejuelas?). Así que por encima de la verdad (asunto moral) está la sabiduría irónico-trágica que por instinto pone límites a la ciencia.

Dicha sabiduría defiende el valor supremo de la vida en dos frentes:

1.  Contra los transmundanos que calumnian este mundo (conservadores).

2.  Contra los mejoradores del mundo que cuentan fábulas acerca de la felicidad y la justicia, preparando “la revolución socialista de los esclavos” (progres).

FN bautizó esta sabiduría trágica con el nombre de Dionisio, el dios del vino y de la danza, la cual derrama sus bendiciones sobre la vida tomada en toda su falsedad, dureza y crueldad, pues para Nietzsche –como para el marqués de Sade- la vida es fundamentalmente injusta: atrocidad y explotación.

En su escrito juvenil, El nacimiento de la tragedia del espíritu de la música, el humanista visionario y romántico ya menciona al dios ebrio, su principio místico-estético que Nietzsche opone al principio artístico de la distancia y claridad apolíneas. Allí ya se combate a Sócrates tomado como prototipo de hombre teórico con una conciencia exagerada, enemigo de Dionisio y asesino de la tragedia. De él procedería, según FN, una cultura científica pálida, erudita, utilitaria, racional, ajena al mito y a la vida.
El dios Dionisio con su tirso, su copa y su pantera

Aunque FN vivió en la edad del historicismo, puso de relieve la importancia vital del olvido. Así, el tratamiento histórico de cualquier religión la mata porque destruye el ambiente de ilusión piadosa en que puede vivir todo aquello que quiere vivir. Busca por ello lo sobre-histórico en la religión y el arte, porque la vida auténtica no debe estar dominada por la ciencia, sino por instintos y quimeras enérgicas.

Respecto a la masas, revueltas y emergentes en la época de TM (comunismo, fascismo), FN se desentendió por completo de ellas. “¡Que se las lleve el diablo –dice-, y la estadística!”. Para FN la verdadera misión de toda cultura sana (lo deja escrito en Schopenhauer como educador, 1874) es producir genios, hombres ejemplares, héroes. Como la felicidad es imposible (pesimismo de Schopenhauer) lo único digno es una vida heroica. Es la solución del famoso dilema de Aquiles en La Ilíada, IX:

“Si me quedo y combato al pie de la ciudad de los troyanos, no volveré jamás a mis dominios, pero mi fama será imperecedera. Si retorno a mi hogar, en la muy amada tierra de mi patria, perderé toda gloria; pero llegaré a viejo”.

Opta por la gloria. FN –reconoce TM- es el más grande crítico y psicólogo de la moral que la historia del espíritu conoce. Si el vivir está muy por encima del conocer, esto es así porque la vida es voluntad de poderío y no es el intelecto el que produce la voluntad, sino al revés. Es muy probable que esta idea de un intelecto o una razón instrumentalizada por los instintos o las pasiones la tomara FN de sus lecturas de los “psicólogos británicos”, particularmente de Hume.
He aquí una filosofía del desenmascaramiento, pues por debajo de las razones morales, lo que bulle son instintos y pasiones y –muchas veces- bajas pasiones, es decir, resentimiento. Nietzsche sospecha que todos los instintos buenos proceden de malos instintos y, además, que son precisamente estos instintos crueles y malvados los que elevan la vida. Esta es la transvaloración de la que habla.
Oscar Wilde. Un esteticista (dandismo) de corte distinto a FN

La moral cristiana, rencorosa, hostil a la vida (es la hipócrita época victoriana) debe ser sustituida por una nueva moral con nuevos valores como la jovialidad, la ligereza, el instinto de superación, el humor…, la desvergüenza. TM compara con Oscar Wilde los ataques de FN a la hipocresía moral, si bien Wilde fue un dandi, y Nietzsche algo así como un santo del inmoralismo. Paradójicamente, el odio de FN al cristianismo deja intocada la figura de Jesús de Nazaret. La vida de FN fue en cierto sentido la unión de Dionisio con el Crucificado. Tomando el tirso báquico glorificó de manera delirante la vida fuerte y hermosa, exuberante y amoral, contra cualquier atrofia causada por la hiperfetación de la conciencia. Pero a la vez rindió al sufrimiento enormes homenajes: “lo que define la jerarquía –dijo- es la profundidad con la que uno puede sufrir”. Por encima de la verdad moral, FN busca como un asceta otro tipo de verdades: las que hacen daño. Nos explica que desconfía de toda verdad que no haga daño. Así, su inmoralismo sería la autosuperación de la moral de la pura veracidad.

Escribía con el noble y filantrópico propósito de promover una humanidad más alta, más honrada, más orgullosa, más bella. Pero describe con placer las formas medievales de tortura o entona el canto de la “bestia rubia”, el de ese tipo de hombre que tras quemar, asesinar y violar, se retira a casa con igual petulancia que si volviera de realizar una travesura infantil (cfr. La genealogía de la moral).

En Nietzsche hay un pesimismo de la fortaleza que recuerda mucho el de los gnósticos, así como la metafísica de Sade, una inclinación intelectual previa por lo duro, horrible, malvado, problemático…, una inclinación a eso nacida del aburrimiento ante el bienestar y la plenitud de la existencia.

¡La vida por encima de todo! Pues todo conocer enraíza en el interés de la autoconservación. Algo parecido admite Ortega, pero FN ve en la vida un masivo y absurdo engendro de la voluntad de poder como si el mundo fuese más creación del diablo que de un dios bondadoso. El esteticismo linda con la barbarie. Como vio Novalis, el ideal de la grandeza estética convierte el hombre en un espíritu animal.  El hombre como espíritu animal sería el "superhombre" de Nietzsche. Y hete aquí que cuando la cultura se embrutece, dicho ideal de gracia brutal suele contar con muchísimos seguidores entre los más debiluchos. Eso pasó con el fascismo. El superhombre nietzscheano, como el tipo del que es profeta el Calicles del Gorgias platónico, es un tirano psicópata y un libertino desesperado: Calígula o Hitler. Aquel sofista hablaba de los derechos del león y del sometimiento natural de las ovejas a las que devora. El superhombre es así el hombre en el cual se exacerban las propiedades específicas que este esteticismo trágico atribuye a la vida: injusticia, mentira, explotación.
El poeta Novalis 1772-1801

Desde su humanismo crítico, TM critica a FN por su biologicismo, por negar que exista en el humano algo supra-biológico y que no se agota en lo vital. FN niega la posibilidad de una distancia crítica con respecto al interés de la mera supervivencia. Y es eso precisamente lo que para Thomas Mann dignifica la vida: la ética, la moral, pues en el hombre, naturaleza y vida pierden su inocencia y adquieren espíritu. El espíritu –escribe Mann- es la autocrítica de la vida, eso que amansa y dilata la vida salvaje.

Para Thomas Mann son dos los errores principales del pensamiento de FN:

1. Desconocimiento de las relaciones de poder entre el instinto y el intelecto en la tierra, como si la conciencia, la razón y el intelecto fuesen dominantes y tuviésemos que salvar de ellos al instinto. Más bien sucede al contrario y por eso debiéramos ofrecer protección y defensa a esa débil llamita de lo justo, en lugar de ponernos de parte del poder y la vida instintiva.

2. En segundo lugar, la relación completamente falsa que establece entre vida y moral, como si fueran fuerzas contrarias. La ética, bien entendida, es apoyo de la vida y el hombre decente tal vez resulte algo aburrido, pero es un buen ciudadano y un útil colaborador de la vida.
La verdadera antítesis para TM es la que se da entre ética y estética. No es la moral, sino la belleza la que está vinculada a la muerte, como han cantado los poetas ( y el propio Mann en su bellísimo cuento Muerte en Venecia o en su novela LaMontaña mágica).

Nietzsche vio en el judaísmo la cuna del cristianismo y en éste, con razón, el germen de la democracia, de la Revolución francesa y de las odiadas “ideas modernas”, esa “moral de animales de rebaño”. Maldice en ellas su utilitarismo, su eudemonismo, el hecho de que eleven la paz y la felicidad en la tierra a la categoría de ideales supremos. El reproche principal que FN hace al cristianismo es que éste ha dado tanta importancia al individuo, que ya no es posible sacrificarlo. De este modo, el cristianismo se opone a la selección natural.

Nietzsche, que no conoció las hecatombes de las dos guerras mundiales, en las que tantas vidas inocentes se sacrificaron, glorifica la guerra frente a la filantropía pacifista y democrática cristiana. Actualiza así la máxima de Heráclito –su presocrático favorito- que situaba la guerra (ho polemós) como padre de todas las cosas, también la guerra sería madre de la vida, pues ésta –como hemos visto- descansa en presupuestos inmorales.

Y sin embargo, FN despreciaba todo nacionalismo como estupidez. Su glorificación de la guerra y de la figura del guerrero es la fantasía propia de un empedernido lector de Homero, hijo de una larga época de paz y seguridad que empieza a aburrirse de sí misma (ennui, spleen…).
Es verdad que las atrocidades de este ideal esteticista, reducidas al absurdo en la magnífica película de Alfred Hitchcock, The rope, se ven atemperadas en la obra de FN por un sufrimiento lírico infinitamente conmovedor. Es indudable la influencia de FN en la formación del fascismo, pues niega el componente socialista de la época postburguesa al emparentarlo con el moralismo cristiano. Todo lo que dice contra la moral, contra el humanismo, contra la compasión y a favor de la desvergüenza bella, a favor de la guerra y a favor del mal, fue por desgracia apto para encontrar su puesto en la ideología de pacotilla del fascismo.

No obstante, Nietzsche estuvo siempre bien lejos de la política, es inocentemente espiritual y desconfía del poder totalitario del Estado moderno, reinvindicando, en su Schopenhauer como educador, una filosofía libre, al margen de las cátedras financiadas por el Estado.
Sin embargo, Spengler -“inteligente mono de Nietzsche”, le llama TM- convirtió a FN en un patrón del imperialismo, del hombre rapaz y aprovechado que se eleva a sí mismo pisando cadáveres. Pero FN no sabía nada de eso. Su radicalismo aristocrático para nada vio la alianza del industrialismo y el militarismo. El fascismo, trampa social y plebeyismo extremo, fue ajeno por completo a su espíritu.

Fotograma coloreado de The rope (1948),
 refutación fílmica del esteticismo de Nietzsche

Hacia 1875, FN profetiza una alianza de los pueblos europeos. En el decenio siguiente amplía esta perspectiva hasta lo global y universal. Habla de la administración mundial de la economía en la tierra, inminente y inevitable. Tiene claro el surgimiento de Rusia como potencia mundial: “el poder, distribuido entre eslavos y anglosajones; y Europa, como Grecia bajo el dominio de Roma”.
Sus aptitudes proféticas son evidentes. De manera intuitiva, anticipa resultados de la física moderna, mediante su lucha contra el mecanicismo determinista y su negación de la “ley natural”. “No hay segundas veces” –escribe-, ni ningún cálculo que imponga que a una determinada causa haya de seguir un determinado efecto (otra vez el eco de Hume). Apuesta por la dinámica, en lugar de la lógica y la mecánica.

Es verdad que sus “vislumbres científicos” son espiritualmente tendenciosos, se integran en una sofística del poder que desprecia la ley como algo ya en sí moral. Para TM, la filosofía de FN está organizada en torno a una actitud interna radicalmente estética. FN es el esteta más completo e irreductible que la historia del espíritu conoce. Su premisa es que la vida tan solo se justifica y comprende como fenómeno estético, como obra de arte, como espectáculo trágico-lírico. Su glorificación de lo bárbaro es un exceso de su embriaguez estética. A fines del XIX esta vecindad entre esteticismo y barbarie no era todavía percibida ni temida.

La literatura de FN es arte y retórica más que filosofía y lógica. Pero leer a FN es también un arte que requiere grandes dosis de astucia, ironía y reserva. Durante toda su vida anduvo maldiciendo al hombre teórico, pero él mismo es ese hombre teórico par excellence, y en estado puro. Su pensamiento, “genialidad absoluta”, carece de toda responsabilidad pedagógica; profundamente apolítico, idealiza románticamente el mal.

FN forma parte de un movimiento occidental que cuenta con nombres como Kierkegaard o Bergson, y que se rebela contra la fe clásica en la razón que fue propia de los siglos XVIII y XIX. Pero nosotros –concluye Thomas Mann con ironía- hemos conocido el mal en toda la miseria de dos guerras mundiales, y ya no somos "lo bastante estetas" como para tener miedo a proclamar nuestra fe en el bien, como para avergonzarnos de conceptos y de pautas "tan triviales" como la verdad, la libertad y la justicia.

El ateísmo de FN tiene mucho de humanismo y su crítica de la moral es también una última forma de Ilustración. Para FN la filosofía no es una fría abstracción, sino una experiencia vital, un sufrimiento y un sacrificio a favor de la humanidad. A pesar de sus errores, su figura permanecerá envuelta en una tragedia delicada y venerable, “envuelta en las llamaradas de los relámpagos de este cambio de los tiempos”.


VIDEOS DIDÁCTICOS SOBRE LA FILOSOFÍA DE NIETZSCHE

Gracias a Irene Siendones por ese enlace a Educatina.

Bibliografía consultada

- Thomas Mann. Schopenhauer, Nietzsche, Freud, ed. Andrés Sánchez Pascual, Bruguera, 1984.
- Friedrich Nietzsche. Schopenhauer como educador y otros textos. Biblioteca Universal del Círculo de Lectores. Prólogo de Jacobo Muñoz. s/f.
- Homero. La Ilíada. Ed. Enrique Rull.



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