martes, 9 de febrero de 2010

Pasiones del alma


Lo que sigue es una interpretación y síntesis con textos selectos del Tratado de las pasiones del alma (1649) de Renato Descartes (1596-1650).

En algunas interpretaciones de la filosofía moral de Descartes, se suele decir a la ligera que el gran filósofo francés consideraba las pasiones como meros obstáculos para la moralidad o el buen sentido. A fin de cuentas, Descartes cuenta en los manuales como padre del racionalismo moderno y fue muy influido por el estoicismo de Séneca. ¿No consideraban los estoicos a las pasiones como morbos, como enfermedades del cuerpo o del alma?

Sin embargo, a Descartes le gustaba gozar de la naturaleza y amaba plenamente la vida, así que conocía por experiencia la inevitabilidad y conveniencia natural de las conmociones del alma. En septiembre de 1645 le escribe a la princesa Isabel de Bohemia (1618-1680):

«Yo no comparto la opinión de que debemos estar exentos de pasiones; basta con mantenerlas sujetas a la razón. Y cuando se las ha domesticado de este modo son a veces tanto más útiles cuanto más se inclinen hacia el exceso».

Y en otra carta a Chanut, nov. de 1646:

«...casi todas me han parecido sanas y en tal medida útiles en esta vida que nuestra alma no tendría motivo para querer permanecer junto a su cuerpo, ni un solo instante, si no pudiera experimentarlas».


El tratado de Descartes sobre Las pasiones del alma fue publicado en París en 1649 y constituye la pieza de filosofía moral más elaborada por su autor.

1. Origen y naturaleza de las pasiones

Descartes se esfuerza en explicar el origen natural de las pasiones como "espíritus animales" asociados a acciones de nuestro cuerpo, pero que afectan a nuestra alma. Lo propio del alma es pensar. Y sus pensamientos son de dos tipos: unos son las acciones del alma, otros son sus pasiones. Las acciones son los actos voluntarios o "voluntades", que parecen depender sólo de nuestra alma y proceder de ella. Unas veces son acciones del alma que terminan en el alma misma, como cuando queremos amar a Dios o pensar en algo no material, por ejemplo, en una fórmula matemática, y otras veces terminan en el cuerpo, como cuando decidimos dar un paseo y movemos nuestras piernas para tal fin.

Por el contrario, son pasiones del alma todas las clases de percepciones o conocimientos que la mente recibe a través del cuerpo y sus sentidos, de las cosas y sus representaciones. Las pasiones son agitaciones del alma producidas por los humores del cuerpo ("espíritus animales") o por la acción de la propia alma, por el temperamento del cuerpo o por las impresiones que se encuentran fortuitamente en el cerebro. Todas pueden ser causadas por los objetos que mueven los sentidos. Por consiguiente, para hallarlas todas, bastará con considerar qué efectos producen en nosotros dichos objetos.
A Descartes no le gustaba la división tradicional, de origen platónico, entre el alma sensible concupiscible y la irascible, que parece reducir todas nuestras afecciones y deseos a dos privilegiadas: el apetito físico (hambre y sexo) y la ira. Como él no encuentra en el alma ninguna distinción de partes, la única diferencia es que tiene dos facultades: desear y rechazar.

2. Las pasiones primarias

Para Descartes son seis las pasiones primarias: La admiración, el amor, el odio, el deseo, la alegría, y la tristeza. Todas las demás son variedades particulares o mezclas de éstas, siendo su número indefinido.

LA ADMIRACION: Es la primera de todas las pasiones y no tiene contrario. Está producida por una súbita sorpresa causada en el alma por la novedad o rareza de un objeto. Es de gran utilidad porque es el móvil del aprendizaje y la inclinación natural para el estudio y la investigación. Cuando se da en exceso, tenemos el asombro paralizante o la curiosidad ciega de quienes buscan las rarezas para admirarlas y no para conocerlas.

EL AMOR Y EL ODIO: Descartes distingue entre la pasión física y el amor voluntario, juicioso, que mueve el alma a unirse de voluntad con las cosas que considera buenas. Este amor es posible porque los juicios pueden por sí solos provocar emociones en el alma. También se refiere a la distinción tradicional entre el amor de benevolencia y el de concupiscencia, aunque le parece que esta distinción sólo tiene en cuenta los efectos del amor, y no su esencia, pues desear el bien es un efecto tan corriente del amor como desear la posesión del objeto amado.El artículo 82 se refiere a cómo pasiones muy diferentes coinciden en participar del amor:

«No es necesario distinguir tantas clases de amor como diferentes objetos se puede amar; pues, por ejemplo, aunque sean muy distintas entre sí las pasiones de un ambicioso por la gloria, de un avaro por el dinero, de un borracho por el vino, de un hombre brutal por una mujer a la que quiera violar, de un hombre de honor por su amigo o por su amante y de un buen padre por sus hijos, son semejantes, sin embargo, en que participan del amor. Con todo, los cuatro primeros sólo sienten amor por la posesión de los objetos a que se refiere su pasión y no por los objetos mismos, por los cuales sienten solamente deseo mezclado con otras pasiones particulares, mientras que el amor de un buen padre por sus hijos es tan puro que no desea obtener nada de ellos... busca el bien de éstos como si fuera el suyo propio o incluso con mayor preocupación, porque... prefiere frecuentemente los intereses de éstos a los suyos y no teme perderse por salvarlos. El afecto que las personas de honor profesan a sus amigos es de esta naturaleza, aunque en raras ocasiones sea tan perfecta; y el que sienten por su amada participa mucho de aquélla, pero también un poco de la otra».

Descartes distingue entre el simple afecto, cuando es menor el amor que sentimos por el otro del que sentimos por nosotros mismos; la amistad, cuando es igual; y la devoción, cuando es mayor. Son especies de amor. También diferencia entre al amor que sentimos por las cosas buenas, del que sentimos por las cosas bellas. Da a éste último el nombre de complacencia, y es el que sirve de materia a novelistas y poetas. Esta distinción es también posible respecto al odio, la pasión contraria del amor, según se dirija a lo malo o a lo feo. En éste último caso, le damos el nombre de aversión u horror...

«Pero lo más notable en este punto es que las pasiones de la complacencia y del horror suelen ser más violentas que las otras clases de amor o de odio, debido a que lo que llega al alma por los sentidos la impresiona más fuertemente que lo que le es presentado por su razón, aunque ordinariamente son menos verdaderas; de suerte que de todas las pasiones son éstas las que más engañan y de las que con más cuidado debemos guardarnos» Artículo 85.

La complacencia puede nacer de diversos objetos y promover en nosotros deseos muy distintos. Por ejemplo, la belleza de las flores sólo nos mueve a mirarlas y la de los frutos a comerlos.

«Pero la principal es la que proviene de las perfecciones que imaginamos en una persona que pensamos que puede llegar a ser nosotros mismos».

EL DESEO : Hay tantos deseos como especies de amor y de odio. Así por ejemplo la curiosidad, que no es más que un deseo de conocer, difiere mucho del deseo de gloria, y éste del deseo de venganza, etc.

«La pasión del deseo es una agitación del alma causada por los espíritus que la disponen a querer para el futuro cosas que se representa como convenientes. Así, no deseamos sólo la presencia del bien ausente, sino también la conservación del presente y además la ausencia del mal, tanto del que ya se tiene como del que creemos que vamos a padecer en el futuro» (art. 86).

Se trata de una pasión que no tiene contrario, igual que la admiración, y cuya propiedad principal es dar al cuerpo más movilidad.

LA ALEGRIA Y LA TRISTEZA: La primera nace de la consideración sentimental del bien presente; su contraria, la tristeza,

"es un desagradable abatimiento en el que consiste la incomodidad que el alma recibe del mal o de la falta que las impresiones del cerebro le representan como algo que le pertenece" (art. 92).

Descartes distingue entre el goce de la alegría como pasión y la alegría puramente intelectual consistente en el goce que el alma tiene del bien que se representa como propio. También existe una tristeza intelectual que nunca deja de acompañar a aquella que es propiamente una pasión. No se debe confundir la alegría con el placer (sensación agradable) y la tristeza con el dolor (sensación desagradable), porque

"se pueden sufrir dolores con alegría y recibir goces sensitivos que desagradan" (art. 94).

Por esta razón es posible:

«que sintamos placer al emocionarnos con todo tipo de pasiones, incluso con la tristeza y el odio, cuando dichas pasiones no son originadas más que por las aventuras extrañas que vemos representar en un teatro, o por otras cosas parecidas, que, no pudiendo dañarnos de ninguna manera, parecen acariciarnos el alma conmoviéndola» (art. 94)

Al estudiar los signos externos de las diferentes pasiones, Descartes señala que, aunque parezca que la risa es uno de los principales signos de la alegría, sin embargo, no puede originarla más que cuando se trata de una alegría mediocre y hay cierta admiración o cierto odio mezclados a ella, pues la experiencia demuestra que cuando estamos extraordinariamente contentos el motivo de esta alegría no provoca nunca risa. A veces la risa acompaña, no obstante, a la indignación, cuando el mal que nos indigna no puede afectarnos. De modo que la alegría, el odio y la admiración contribuyen a causar la risa (art. 127).

Análogamente, tampoco las lágrimas proceden de una extremada tristeza, sino solamente de la tristeza moderada que va acompañada o seguida de algún sentimiento de amor, o también de alegría (art. 128). Todas estas pasiones se refieren al cuerpo y sólo afectan al alma en tanto que le está unida. Su función natural es incitar a la mente a consentir y contribuir a las acciones que pueden servir para conservar el cuerpo o hacerle de algún modo más perfecto; por eso las primeras son la tristeza y la alegría. Así el dolor nos causa primero tristeza, luego odio a lo que nos causa sufrimiento, y en tercer lugar el deseo de liberarse de ello. Igualmente, el placer nos produce alegría, hace surgir luego el amor hacia lo que cree ser su causa y, finalmente, el deseo de adquirir lo que puede prolongar esta alegría o gozar luego de una semejante.

«Esto pone de manifiesto que las cinco son muy útiles para el cuerpo, e incluso que la tristeza es en cierto modo anterior y más necesaria que la alegría, y el odio que el amor, porque es más importante rechazar las cosas que perjudican y pueden destruir que adquirir las que añaden alguna perfección sin la cual se puede subsistir» (art. 137).

Pero las pasiones no siempre nos son útiles, porque hay cosas nocivas para el cuerpo que no producen al principio ninguna tristeza ni dan tampoco alegría, y otras que le son útiles aunque en un principio le sean incómodas. Por eso nosotros, al contrario que los animales,

"debemos utilizar la experiencia y la razón para distinguir el bien del mal y conocer su justo valor, a fin de no tomar uno por otro y no dejarnos llevar a nada con exceso." (art. 138).

Los movimientos corporales que acompañan a las pasiones pueden ser nocivos para la salud cuando son muy violentos y, al contrario, ser útiles, cuando son moderados (art. 141). En cuanto que pertenecen al alma y provienen del conocimiento, el amor y el odio preceden a la alegría y a la tristeza...

«cuando las cosas que nos hace amar son verdaderamente buenas y las que nos hace odiar son verdaderamente malas, el amor es incomparablemente mejor que el odio y nunca podrá ser demasiado grande ni nunca deja de producir alegría. Digo que este amor es extremadamente bueno porque, uniendo a nosotros verdaderos bienes, nos perfecciona en gran medida...; y le sigue siempre la alegría, porque nos presenta lo que amamos como un bien que nos pertenece... En cambio el odio, por pequeño que sea, daña siempre y nunca se da sin la tristeza» (arts. 139, 140).

Descartes explica por qué el odio es siempre triste. Porque el odio es siempre a algo real, y no hay nada real por malo que sea que no tenga en sí alguna bondad,

"de modo que el odio que nos aleja de algún mal nos aleja igualmente del bien al que ese mal va unido, y la privación de este bien, presenta ante nuestra alma como una falta de lo que le pertenece, le causa tristeza." (140).

Si la tristeza y el odio deben ser rechazados aunque procedan de un verdadero conocimiento, con más razón deben rechazarse cuando se deben a una falsa opinión. No obstante, podemos dudar de si el amor y la alegría son buenos o no cuando están mal fundados, pues aún una falsa alegría vale más que una tristeza aunque su causa sea verdadera. Pero en el caso del amor la cosa es más complicada, porque cuando el odio es justo nos aleja del sujeto que contiene el mal del que conviene separarse, mientras que el amor injusto nos une a cosas que pueden dañar o que no merecen tanta consideración como les dedicamos, lo cual nos envilece y rebaja.

Todas estas pasiones, la alegría, el amor, la tristeza y el odio, suscitan en nosotros el deseo, por medio del cual regulan nuestras costumbres. Por ello, "resulta cierto que todas aquéllas cuya causa es falsa pueden dañar y que, por el contrario, todas aquéllas cuya causa es justa pueden beneficiar", art. 143:

«cuando son igualmente mal fundadas, la alegría es de ordinario más nociva que la tristeza, porque ésta, al dar moderación y miedo, dispone en cierto modo para la prudencia, mientras que la otra hace desconsiderados y temerarios a los que se abandonan a ella.».

Como las pasiones sólo pueden afectar a nuestra conducta por medio del deseo que suscitan, debemos preocuparnos de regular justamente este deseo. En esto es en lo que consiste la principal utilidad de la moral. Descartes creyó que el error que más frecuentemente cometemos en lo tocante a los deseos se debe a que no distinguimos suficientemente las cosas que dependen por completo de nosotros de las que no dependen en absoluto...

«En efecto, en cuanto a las que sólo dependen de nosotros, es decir, de nuestro libre arbitrio, basta con saber que son buenas para que nunca sea excesivo nuestro deseo de ellas, porque hacer las cosas buenas que dependen de nosotros es obrar virtuosamente y es cierto que nunca será excesivo desear la virtud con demasiado ardor, además de que lo que deseamos de este modo no podemos dejar de lograrlo, puesto que sólo de nosotros depende, y recibiremos de ello toda la satisfacción esperada. La falta que acostumbramos a cometer en esto no es nunca desear demasiado, sino desear demasiado poco; y el remedio soberano contra ello es liberar todo lo posible el espíritu de todo tipo de deseos menos útiles, y luego tratar de conocer con toda claridad y considerar con atención la bondad de lo que es de desear. En cuanto a las cosas que no dependen en absoluto de nosotros, por buenas que puedan ser, nunca se las debe desear con pasión, no sólo porque podemos no lograrlas y de este modo afligirnos tanto más cuanto mayor haya sido nuestro deseo, sino principalmente porque al ocupar nuestro pensamiento nos impiden dirigir nuestro afecto a otras cosas cuya adquisición depende de nosotros. Contra estos vanos deseos hay dos remedios generales: el primero es la generosidad...; el segundo consiste en reflexionar a menudo sobre la Providencia divina y en hacernos a la idea de que es imposible que algo suceda de otra manera a la determinada desde toda la eternidad por dicha Providencia» (arts. 144, 145)
Nuestro bien y nuestro mal dependen principalmente de las emociones interiores que son suscitadas en la mente por la mente misma, más que de las pasiones que dependen del cuerpo. Para que nuestra alma se contente le basta con seguir exactamente la virtud. Todo el que viva de modo que su conciencia no pueda reprocharle que haya hecho lo que juzgó mejor recibe una satisfacción tan poderosa para hacerle feliz que ni los mayores esfuerzos de las pasiones tienen jamás poder suficiente para turbar la tranquilidad de su alma.

3. Las pasiones particulares

ESTIMACIÓN Y DESPRECIO: son dos especies de la admiración. Descartes sólo observa en nosotros una cosa que pueda autorizar con razón a estimarnos: el uso de nuestro libre arbitrio y el dominio que tenemos sobre nuestras voluntades. La libertad nos hace en cierto modo semejantes a Dios haciéndonos dueños de nosotros mismos.

GENEROSIDAD: consiste en darnos cuenta de que nada nos pertenece verdaderamente a no ser esta libre disposición de la voluntad, y en una firme y constante resolución a hacer buen uso de dicha disposición, es decir a emprender y ejecutar todas aquellas cosas que juzgue mejores. La generosidad nos impide despreciar a los demás y nos inclina más bien a excusarlos que a condenarlos cuando comenten faltas y a creer que las cometen por falta de conocimiento más que por falta de buena voluntad. Los más generosos suelen ser los más humildes.

ORGULLO: sus efectos son contrarios a los de la generosidad, los orgullosos procuran rebajar a todos los demás hombres y, esclavos de sus deseos, tienen el alma constantemente agitada de odio, de envidio, de celos o de cólera.

HUMILDAD VICIOSA: o bajeza, es debilidad de carácter. Es la que padecen quienes se rebajan vergonzosamente ante aquellos de quienes esperan algún beneficio o temen algún mal y que, al mismo tiempo, se yerguen insolentemente por encima de aquellos de los cuales no esperan ni temen nada.El orgullo y la bajeza no son sólo vicios, sino también pasiones. Se puede dudar de si la generosidad y la humildad, que son virtudes, pueden ser también pasiones, porque sus movimientos son menos evidentes y porque parece que la virtud tiene menos que ver con la pasión que el vicio. La generosidad y el orgullo difieren en que la buena opinión que se tiene de sí mismo es justa en el primer caso e injusta en el segundo; entendidas como una misma pasión, Descartes las explica como un compuesto de admiración, alegría y amor. Al contrario, el movimiento que suscita la humildad, tanto la virtuosa como la viciosa, está compuesto de admiración, tristeza y amor, que sentimos por nosotros mismos, unidos al odio que tenemos a nuestros propios defectos, que hacen despreciarse a sí mismo.El vicio proviene habitualmente de la ignorancia y los más propensos a enorgullecerse y a humillarse más de lo debido son los que peor se conocen.

VENERACIÓN: la veneración o el respeto es una inclinación del alma a estimar el objeto que venera y a someterse a él con cierto temor a fin de hacérselo favorable. Es una pasión particular compuesta de admiración y de temor.

DESDÉN: Inclinación al menosprecio de una causa libre. Se compone de la admiración y de la seguridad o audacia.

ESPERANZA Y TEMOR: la esperanza es una disposición del alma a persuadirse de que lo que desea ocurrirá, promovida en nosotros por la alegría y el deseo. El temor es la disposición contraria. Pero podemos sentir la esperanza y el temor al mismo tiempo, cuando consideramos diversas razones sobre la facilidad o dificultad de que se realicen nuestros deseos.

SEGURIDAD Y DESESPERACIÓN: Cuando la esperanza es tan grande que excluye por completo el temor, se llama seguridad o certidumbre. Cuando el temor es tan considerable que excluye toda esperanza, se convierte en desesperación que acaba por extinguir el deseo.

CELOS: son una especie de temor asociado con el deseo que tenemos de conservar la posesión de algún bien al que estimamos mucho, y nos engañan fácilmente haciendo que tomemos por razones e infidelidades, nimias sospechas. En algunas ocasiones, esta pasión puede ser justa y honrada; así, a una mujer decente no se la censura por ser celosa de su honor, es decir, por guardarse no sólo de comportarse mal, sino también de evitar hasta los más mínimos motivos de maledicencia. Pero normalmente despreciamos a un hombre celoso de su mujer, porque esto pone de manifiesto que su amor no es de buena ley y que tiene mala opinión de sí mismo o de ella, pues si sintiera un verdadero amor por ella no se sentiría inclinado a desconfiar; pero no es propiamente a ella a quien ama, sino sólo al bien que cree hallar en ser su único poseedor.

IRRESOLUCIÓN: Es también una especie de temor que, manteniendo el alma indecisa entre varias acciones que puede ejecutar, es causa de que no realice ninguna.

VALENTÍA Y AUDACIA: Como pasión, y no como hábito, es un cierto calor o agitación que dispone al alma a lanzarse poderosamente a la ejecución de las cosas que quiere hacer, cualquiera que sea su naturaleza. La audacia dispone para la ejecución de las cosas más peligrosas y depende de sentimientos de esperanza y seguridad.

EMULACIÓN: Es una especie de valentía cuya causa externa es el ejemplo, y nos anima a conseguir cosas que hemos visto conseguir a otros.

MIEDO Y COBARDÍA: el miedo o terror es un pasmo y turbación del alma que le quita la fuerza para resistir a los males que presiente próximos. La cobardía a veces es útil, cuando retrasando el cumplimiento de la acción nos permite obrar con prudencia, pero generalmente ésta como el miedo son muy nocivos porque apartan a la voluntad de acciones útiles; como se debe a que no se tiene bastante esperanza o deseo, para corregir la cobardía sólo hace falta aumentar en nosotros estas dos pasiones.

REMORDIMIENTO: Es una especie de tristeza que nace de la duda que tenemos acerca de si lo que se hace o se ha hecho es bueno. La función de esta pasión es hacernos examinar si la cosa de que se duda es buena o no, e impedir que la realicemos o repitamos. Como presupone el mal, lo mejor sería no tener nunca ocasión de sentirla.

BURLA: La irrisión o burla es una especie de alegría mezclada con odio que nace cuando descubrimos algún pequeño mal en una persona a la que consideramos merecedor de él: se siente odio por el mal y alegría de verlo en quien es digno de él. Los más imperfectos suelen ser los más burlones, así como los que tienen defectos más visibles son los más propensos a la burla, pues desean ver a todos los demás tan desgraciados como ellos. Al contrario que la burla, la broma modesta que reprende útilmente vicios ridiculizándolos no es pasión, sino una cualidad de hombre honrado si uno no se ríe de las personas ni manifiesta odio, y sí: humor, tranquilidad e ingenio. Cuando la broma la hace uno mismo es mejor no reírse; esto hace que parezca más sorprendente a quien la oye.

ENVIDIA (del latín in-video, literalmente: "mirar con malos ojos"): Es un vicio que consiste en enojarse por el bien ajeno. Pero como pasión, no siempre es viciosa, pues cuando la fortuna envía sus bienes a alguien que es verdaderamente indigno de ellos, la envidia no es más que un celo por la justicia que puede ser excusable, principalmente cuando el bien que reciben otros es de tal naturaleza que puede convertirse en un mal en sus manos. Lo que habitualmente produce más envidia es la gloria; pues, aunque la de los demás no impide que nosotros podamos aspirar a ella, hace su acceso más difícil y más costoso.

PIEDAD: Es una especie de tristeza acompañada de amor o de buena voluntad hacia aquellos a quienes vemos sufrir algún mal del que no los creemos merecedores. Es contraria tanto a la envidia como a la burla. Los más propensos a la compasión son los que se sienten débiles y sujetos a las adversidades. Ya que forma parte de la generosidad tener buena voluntad hacia el prójimo, los grandes hombres tienden a compadecerse de los afligidos aunque más por la debilidad de quienes se lamentan que por la gravedad de sus males, ya que consideran que ningún accidente es un mal tan grande que como la cobardía de quienes no pueden soportarlo con constancia. Las únicas personas insensibles a la piedad son los espíritus malévolos y envidiosos, los brutales y misántropos. La pasión contraria a la compasión es la crueldad.

AUTOSATISFACCIÓN: Esta tranquilidad y reposo de conciencia de quienes siguen constantemente la virtud es, para Descartes, la pasión más dulce de todas, porque su causa depende tan sólo de nosotros.

ARREPENTIMIENTO: Directamente contrario a la autosatisfacción, es una especie de tristeza que surge cuando creemos haber hecho una mala acción, y es muy amarga, porque su causa sólo procede de nosotros mismos; lo cual no impide que sea muy útil cuando la acción es ciertamente mala, pues nos incita a obrar mejor otra vez. Los espíritus débiles tienden a arrepentirse de cualquier cosa...

SIMPATÍA O FAVOR: es un deseo de bien para las personas hacia las que tenemos buena voluntad. Es una especie de amor sin deseo, causado por el bien que hacen los demás, aunque a nosotros no nos reporte ningún beneficio.

AGRADECIMIENTO: Como el favor, pero causado por una acción de aquel por quien lo sentimos y con la cual creemos que nos ha hecho algún bien, o por lo menos que tuvo la intención de hacérnoslo. En las almas nobles y generosas tiene más fuerza que el favor. El agradecimiento es siempre virtuoso y uno de los principales vínculos de la sociedad humana.

INGRATITUD: No es una pasión, sino un vicio que sólo se da en los hombres brutales y neciamente arrogantes, que se consideran el ombligo del mundo, o en los estúpidos, que no reflexionan sobre los beneficios que reciben, o en los débiles y abyectos, que, sintiendo su miseria, buscan con bajeza el apoyo de los demás y, una vez conseguido, los odian, porque piensan que los demás son como ellos, que sólo hacen un bien esperando ser recompensados.

INDIGNACIÓN: Es una especie de odio a aversión a quienes hacen un mal; generalmente va unida a la envidia o a la piedad y no es incompatible con la alegría, aunque suele ir acompañada de tristeza. Por ejemplo, cuando el mal que nos produce indignación no puede dañarnos y consideramos que no haríamos nosotros algo parecido, sentimos cierto placer; y es probablemente una de las causas de que la risa acompañe a veces a esta pasión. Poseer un bien no merecido es ya, en cierto sentido, hacer un mal; y probablemente esta sea la causa de que Aristóteles y sus discípulos -según piensa Descartes-, suponiendo que la envidia es siempre un vicio, dieran el nombre de indignación a la que no es viciosa.

IRA: La sentimos por quien nos ha hecho algún daño, pero va acompañada del deseo de venganza. Se opone al agradecimiento, como la indignación al favor, pero es incomparablemente más violenta porque el deseo de rechazar las cosas nocivas y de vengarse es el más apremiante de todos. El deseo unido al amor propio es lo que da a la ira toda la agitación de la sangre que pueden producir la valentía y la audacia... Podemos distinguir dos clases de ira: una que es súbita y tiene claras manifestaciones externas pero que, en cambio, tiene pocos efectos y puede ser fácilmente apaciguada; otra que no se exterioriza tanto al principio, pero que continúa royendo el corazón y tiene efectos más peligrosos. Las personas bondadosas son más propensas a la primera. Los que enrojecen de ira son menos de temer que los que palidecen. El pueblo hispano expresa perfectamente este hecho psicológico y moral: "perro ladrador, poco mordedor"; "Dios nos libre de las aguas mansas, que de las otras ya me libro yo".La generosidad es el mejor remedio contra los excesos de la ira.

VERGÜENZA Y GLORIA: Es una especie de tristeza fundada en el amor propio y nace de pensar o temer que han de censurarnos; además es una especie de modestia, o de humildad, y de desconfianza en nosotros mismos. Su pasión contraria, la gloria, es una especie de alegría fundada en el amor propio y que se debe a que pensamos o esperamos ser alabados por otros. Lo que no impide que seamos alabados por cosas que no lo merecen o censurados por cosas buenas (lo que la hace inferior a la satisfacción, pues además no depende sólo de nosotros). La gloria y la vergüenza tienen la misma función al incitarnos a la virtud, la una por la esperanza y la otra por el temor. Pero es necesario adiestrar el juicio, a fin de no avergonzarnos de obrar bien o envanecernos de nuestros vicios. Pero no es sano despojarse de estas pasiones como hacían antaño los cínicos.

DESVERGÜENZA: es un vicio tan opuesto a la vergüenza como a la gloria. La causa principal del descaro es haber recibido importantes afrentas o haber sido despreciado por todo el mundo. Pues se acaba por pensar que las comodidades del cuerpo no dependen de la buena fama o de la honra...

HASTÍO: es una especie de tristeza que proviene de la misma causa que antes dio origen a la alegría; pues estamos compuestos de tal forma que la mayoría de las cosas de que gozamos sólo nos parecen buenas por un tiempo y luego nos resultan incómodas.

AÑORANZA: Es una especie de tristeza acompañada de amargura o desesperanza y por el recuerdo del placer gozado.

JÚBILO: Es el alivio acrecentado por el recuerdo de los males sufridos.4. ConclusiónTodas las pasiones son buenas por naturaleza y lo único que hay que evitar son sus malos usos o sus excesos. El mejor remedio contra esto es la premeditación, la reflexión y la intención para corregir nuestros defectos naturales. Cuando sentimos las agitaciones pasionales debemos estar sobre aviso y recordar que todo lo que se presenta a la imaginación puede engañarnos, y hay que abstenerse, mientras estamos ofuscados por las pasiones, de pronunciar ningún juicio, y distraerse con otros pensamientos hasta que el tiempo y el descanso apacigüen nuestra alma restituyéndonos la libertad y el juicio.

«Art. 212. Únicamente de las pasiones depende todo el bien y todo el mal de esta vida. Por lo demás, el alma puede tener sus placeres aparte, pero los que le son comunes con el cuerpo dependen enteramente de las pasiones; de suerte que los hombres a los que más pueden afectar son los que tienen más posibilidades de gozar en esta vida. Cierto es que también pueden hallar en ella las mayores amarguras cuando no saben emplearlas bien y la fortuna les es contraria, pero en este punto la cordura muestra su principal utilidad, pues enseña a domeñar de tal modo las pasiones y a manejarlas con tanta habilidad que los males que causan son muy soportables y que incluso es posible sacar gozo de todos ellos»

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