miércoles, 25 de enero de 2012

Refutación socrática y verdad moral


No sólo sus acusadores, Ánito, Meleto y Licón, es decir, aquellos que -sicarios o no- fueron cómplices del proceso contra "el hombre más justo de Atenas", no sólo ellos imputaron a Sócrates los delitos de ateísmo (asebeia, impiedad) y corrupción de menores, sino que otros autores posteriores han denunciado su mayéutica como corrosiva, porque Sócrates, al criticar las opiniones de sus conciudadanos sobre el bien o la virtud, haciéndoles ver que "no se sostienen en el logos", o que entrañan contradicciones, no ofrece, a cambio de esa "calderilla" de doxai, el "oro" de una definición segura, la esencia de la virtud, sino que se queda él mismo y deja a los demás en el más absoluto embrollo (Menón 80cd). Tal sería el final infeliz de los diálogos aporéticos.

"Lo que los diálogos nos muestran, una y otra vez, es que Sócrates puede demostrar que sus interlocutores están desconcertados, que sus respuestas sobre lo que es la piedad o el valor o la virtud están equivocadas a la luz de otras opiniones que ellos mismos sostienen" (Donald Davidson).

Puede que la vida no examinada racionalmente no resulte digna de ser vivida, pero no parece que los interlocutores de Sócrates mejoren sus vidas después de los exámenes a que son sometidos por la inquisición socrática (cfr. Vlastos). Porfirio y ciertos Padres de la Iglesia (Tertuliano, Lactancio) ya denunciaron la función corrosiva de la ironía socrática respecto de la fe, que el cristianismo considerará como gracia divina e iluminación y, la misma objeción podría formularse, por extensión, respecto de la moral. La incesante perplejidad, ¿no puede resultar desmoralizadora?

Sin embargo, en la actualidad, Gregory Vlastos interpreta la dialéctica socrática en positivo. Uno sólo puede desechar falsas creencias desde otras que tiene por verdaderas. El incesante interrogar de Sócrates, "tábano de Atenas", prueba que cualquiera que en la vida tiene una creencia moral falsa siempre tendrá al mismo tiempo creencias verdaderas que no abandonará y que se vinculan con la negación de esa creencia falsa. Así, la reflexión refutativa que elimina las contradicciones, dará probablemente como resultado verdaderas creencias morales.

Donald Davidson ha desarrollado este punto de vista:

"Hay una presunción de que las serias creencias morales (sostenidas firmemente) son verdaderas". 

Las criaturas racionales, pues piensan, deben ser principalmente coherentes y deben corregir sus creencias si éstas resultan inconsistentes. Para esto sirve la conversación. "El lenguaje -explica Davidson- es necesariamente público; no puede haber nada en el significado literal de nuestras palabras que no pueda en el principio ser interpretado por un intérprete caritativo y persistente. Así lo que semejante intérprete determina acerca de lo que son nuestros pensamientos, disipa de este modo la confusión, de lo que son realmente". Medimos nuestras creencias en la conversación con los demás, y las corregimos en el sentido y la dirección de su coherencia. La interpretación correcta les asegura un amplio grado de verdad.

En efecto, el otro puede esperar que yo le comprenda, le entienda, sólo si da razón congruente de lo que hace. Esto equivaldría a ser un hombre o una mujer de "principios", en el sentido de que sostiene creencias morales verdaderas que aplica a su acción. ¿Dónde están esos principios? Sin duda en la inteligibilidad y uso del lenguaje mismo, pues "la base de toda comprensión social es un trasfondo de pensamientos sobre los que estamos mayoritariamente de acuerdo". Así pues, la dependencia de Sócrates respecto del método refutativo no tiene por qué alcanzar un fundamento fideista en la figura de un demon autoritario; o intuicionista, en el evento milagroso de una iluminación religiosa.

Ésta parece ser la conclusión de Davidson: Sólo el incesante intercambio verbal, el dar y recibir razones, sobre todo en la forma de refutación, provee el principal o único acceso a la sabiduría moral. Y aquí el habla viva es superior a la escritura inerte; la conversación, superior a la lectura. Esto es así porque el pensamiento y la racionalidad son fenómenos sociales y vitales. Nuestros pensamientos se aclaran precisamente cuando son entendidos por otros.

"Cuanto mejor podamos entender a los demás mejor sabremos lo que nosotros pensamos" (Davidson). 

No podemos esperar aprender lo que sean las excelencias morales (aretai) sin aprender lo que las palabras significan; ni aprender lo que las palabras significan, sin aprender lo que la gente, nosotros mismos y los demás, entendemos por ellas, por "justicia", "piedad", "amistad", "coraje", "sensatez"...

¿No será el sentido común el verdadero fundamento de la problemática, incierta e inexacta verdad ética?

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