domingo, 13 de enero de 2013

La sabiduría del gallo de Gorgias



“Ya estaba casi fría la zona del vientre cuando descubriéndose, pues se había tapado, [Sócrates] nos dijo, y fue lo último que habló:
-Critón, le debemos un gallo a Asclepio. Así que págaselo y no lo descuides.
-Así se hará –dijo Critón-.”
                                                                    Platón, Fedón, 118ab.

He aquí las últimas palabras del santo de la Filosofía, de Sócrates de Atenas, después de beber la cicuta, y antes de cruzar la línea de sombra en el 399 a. C. Al menos, así nos lo dejó escrito Platón, su más importante discípulo.

¿Qué quieren decir? Han corrido ríos de tinta sobre esta deuda de un gallo a Esculapio, el dios de la medicina. La interpretación dominante le asigna una comprensión irónica: Sócrates consideraría aquí a la muerte como la curación definitiva de todos los males humanos. Esa interpretación se lleva bien con un diálogo trágico en el que se define la filosofía como una preparación para la muerte.

Sin embargo, Willamowitz no aceptó esta interpretación: “ni la vida es una enfermedad ni Asclepio cura males del alma”.


También puede que la frase sea una invención literaria de Platón, interesado en defender a su maestro y en mostrar que, a pesar de la acusación de impiedad que pesaba sobre “el mejor hombre…, el más inteligente y más justo” (Fedón 118c) de cuantos había conocido, el Sócrates al que se condenaba y ejecutaba se mostraba en la hora de la verdad piadoso con los dioses tradicionales.

¿Cumplió Critón con su promesa? No lo sabemos. Pero el formidable escritor Leopoldo Alas Clarín (1852-1901) nos dejó, publicado póstumamente, un delicioso y divertido cuento, El gallo de Sócrates, en el que Critón, tras cerrar la boca y los ojos del cadáver de su maestro, sale corriendo de la cárcel dispuesto a cumplir el encargo. Casualmente, se encuentra con un gallo que escapaba del corral del retórico Gorgias, un gallo con talento y verborrea:

“Conocía el bípedo perfectamente al que le perseguía de haberle visto no pocas veces en el huerto de su amo discutiendo sin fin acerca del amor, la elocuencia, la belleza, etc., etc.; mientras él, el gallo, seducía cien gallinas en cinco minutos, sin tanta filosofía”

El gallo monologa pensando "lo feo" que estaría que tras haberse librado de la inaguantable esclavitud del sofista Gorgias, caiga en manos de un pensador de segunda mano y mucho menos divertido que el parlanchín de su amo.

Al escapar, el gallo, de un salto, se subió a la cabeza de la estatua de Atenea. Critón se sorprende de que desde allí le hable y le suelta muy platónicamente:
"-¡Silencio, gallo! En nombre de la Idea de tu género, la naturaleza te manda que calles”.
Pero el gallo le responde:
"-Yo hablo y tú cacareas la Idea. Oye, hablo sin permiso de la Idea de mi género y por habilidad de mi individuo”… 

Resulta que de tanto oír hablar de Retórica, el gallo aprendió algo del oficio. Pero ha huido de Gorgias por su manía de probarlo y argumentarlo todo, pues eso aturde y cansa. “El que demuestra toda la vida, la deja hueca. Saber el por qué de todo es quedarse con la geometría de las cosas y sin la substancia de nada. Reducir el mundo a una ecuación es dejarlo sin pies ni cabeza”.

La interpretación de Clarín respecto a la deuda socrática concuerda con la dominante. Cuando el gallo de Gorgias le pregunta a Critón por qué quiere sacrificarle, el socrático responde:
“-Porque Sócrates al morir me encargó que sacrificara un gallo a Esculapio, en acción de gracias porque le daba la salud verdadera, librándole por la muerte, de todos los males.”

El gallo le propone a Critón una interpretación menos sanguinaria, menos tanática, de las últimas palabras del "tábano de Atenas", ya que de matarle a él, que es inocente, puede resultar un daño inconmensurable… “pues no sabemos ni todo el dolor ni todo el perjuicio que puede haber en la misteriosa muerte”. Además –arguye el gallo-, Sócrates no creía en los dioses tradicionales, así que sacrificar un gallo en honor de Esculapio es ofender a Sócrates e insultar a los Dioses verdaderos. 

Para salvar su vida, el gallo no para de dar muestras de un extraordinario ingenio:

“Sócrates habló con ironía, con la ironía serena y sin hiel del genio. Su alma grande podía, sin peligro, divertirse con el juego sublime de imaginar armónicos la razón y los ensueños populares. Sócrates, y todos los creadores de vida nueva espiritual, hablan por símbolos, son retóricos, cuando, familiarizados con el misterio, respetando en él lo inefable, le dan figura poética en formas. El amor divino de lo absoluto tiene ese modo de besar su alma. Pero, repara cuando dejan este juego sublime, y dan lecciones al mundo, cuán austeras, lacónicas, desligadas de toda inútil imagen son sus máximas y sus preceptos de moral.”

Ni con la enjundia de esa hermosísima parrafada, el gallo consigue hacer desistir a Critón de su asesino propósito. Así que le lanza improperios. Él, Critón, no es más que un segundón, un epígono, un embalsamador de filósofos, que convierte en recetas su doctrina, haciendo del muerto una momia para tener un ídolo. Se petrifica así la idea y el sutil pensamiento es usado como filo para hacer correr la sangre. “Sí –acaba espetándole- eres símbolo de la triste humanidad sectaria. De las últimas palabras de un santo y de un sabio sacas por primera consecuencia la sangre de un gallo. Si Sócrates hubiera nacido para confirmar las supersticiones de su pueblo, ni hubiera muerto por lo que murió, ni hubiera sido el santo de la filosofía. Sócrates no creía en Esculapio, ni era capaz de matar una mosca, y menos un gallo, por seguirle el humor al vulgo”.

Pero Critón se atiene a las palabras, hace pues una interpretación “integrista” y no simbólica de las palabras del maestro, dispara una piedra a la cabeza del gallo y éste cae herido:

“-¡Quiquiriquí! Cúmplase el destino; hágase en mí según la voluntad de los imbéciles.
Por la frente de jaspe de Palas Atenea resbalaba la sangre del gallo”.

 La obra de Clarín acaba así. Una pequeña joya de excelente literatura y formidable reflexión histórico-filosófica. 

2 comentarios:

  1. por que le prometio un gallo y no otra cosa?

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    1. Perdona, Norma, que no te haya contestado antes. La verdad es que no se sabe. Tal vez Sócrates quería agradecer con ese sacrificio del gallo al dios de la medicina y los fármacos su suave tránsito, tal vez sea una ironía final. En cualquier caso, Platón le muestra en el diálogo Fedón, cuya lectura te recomiendo, convencido de que nada ha de temer de la muerte el hombre justo, tanto si hay más allá como si no.

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