viernes, 11 de enero de 2013

Vita brevis



La brevedad de la vida es un tópico de la filosofía helenística. Su fórmula latina, Vita brevis, es el título que eligió el filósofo, profesor y escritor noruego, Jostein Gaarder para “La carta de Floria Emilia a Aurelio Agustín” que, según la ficción, habría sido redactada poco después del 400, y como contestación a las famosas Confesiones del obispo de Hipona.

Como es sabido, Aurelio Agustín (nacido en Tagaste, Numidia, en el 354, muerto en Hipona en 430)  tuvo un serio problema con las pasiones del cuerpo y del alma, sobre todo con “las concupiscibles”: los lascivos y lujuriosos apetitos de la carne. Le gustaban a muerte las mujeres, pero parece ser que le molestaba profundamente que le gustaran tanto las mujeres, que casi no pudiese prescindir de ellas en la cama o que cuando consiguió prescindir de ellas en el lecho no pudiera siquiera hacerlo en sueños… Su autoexamen resulta clarificador, pues Agustín fue un agudo psicólogo: “¿Es que cuando duermo no soy yo mismo, Señor Dios Mío?” (Confesiones, X, 30).

Se sabe que Floria Emilia fue su concubina durante más de doce años. Le dio un hijo, Adeodato, extraordinariamente inteligente, pero que murió joven. Y Agustín, que tras su conversión se convertiría en  obispo de Hipona y el principal padre doctrinal de la Iglesia, en 385 mandó a Floria "a freír monas", sola y de vuelta a Cartago, ciudad de la que la madre de su hijo (del que la apartó) era natural, y ello para comprometerse –seguramente presionado por su madre, Mónica- con una joven heredera. El matrimonio con ésta no llegó nunca a formalizarse. Pero Agustín, convertido al cristianismo (387), decidió elegir el celibato y la continencia, seguro de que en ella encontraba la pureza que el Señor le pedía, a cambio de la salvación eterna de su alma.

En su carta apócrifa, Floria Emilia le hace los reproches que una mujer abandonada haría a un amante tan madrero como obsesionado con “la salvación de su alma”: “amabas más la salvación de tu alma que a mí”. Pero a ellos suma una potente querella contra cierta interpretación del neoplatonismo y del cristianismo que hace de los apetitos algo malo en sí… “Que Dios prefiere que el hombre viva en celibato, escribes. Yo no tengo ninguna fe en un Dios así”. También vemos en la epístola de Floria la resistencia del paganismo frente al triunfante cristianismo… San Agustín habría abandonado el culto a Venus -bajo el que ella y él fueron felices- por un culto desaforado a Continencia, un culto propio de eunucos y castrados. En efecto, un versículo de San Mateo (19,12) había incitado a algunos primitivos cristianos a dejarse castrar, entre ellos el interesantísimo Orígenes (185-254), padre oriental de la Iglesia.


En la fábula de Gaarder, Floria ha llegado a ser una mujer culta, pero representa un humanismo que exalta los valores del mundo sensible, frente al ultramundanismo agustinista, al que acusa de tener una importante vena maniquea -a mi juicio, no sin motivo-. Dice haber consagrado, desde que los separaron, su vida a la Verdad, dice haberse hecho filósofa. Pero su filosofía no es desde luego la del puritanismo cristiano que abomina de la carne. Así, reprocha al Agustín cristiano –tan distinto del que ella hubo conocido como “pareja de hecho”- su falta de jovialidad: “esos sombríos aires de fondo presentes en todos tus libros: ‘nadie está limpio de pecado delante de Ti, ni siquiera el niño que vive desde hace un día…’” (Confesiones, I, 7). Le reprocha su consideración de todos los deseos como pecaminosos, su desprecio a los sentidos y cualquier forma de placer asociada a ellos… “Quizá tu desprecio por el mundo de los sentidos proceda de los maniqueos y de los platónicos más que del propio Nazareno”, como si los deseos y los sentidos no fueran también obra de la creación divina o como si todos sus deleites fueran malos. Contesta su filosofía sombría y ultramundana desde la autoridad irónica de Cicerón: “Nada es tan absurdo que no pueda haber sido dicho por un filósofo”.

San Agustín lamentaba en sus Confesiones que si en la vigilia había conseguido librarse en parte de las imágenes lujuriosas, no lo había conseguido en sueños: “En mi memoria, de la que tan extensamente he hablado, siguen viviendo las imágenes de aquellas cosas que quedaron grabadas por la costumbre. Cuando estoy despierto se agolpan sobre mí languidecidas, pero es en sueños cuando me arrastran a la delectación e incluso al consentimiento y a algo muy parecido al acto real”. Floria, metida a psicoanalista, pone en relación los apetitos mal resueltos de su antiguo amante con un complejo de Edipo no superado, dada su extraña, demasiado estrecha relación con la madre, Mónica (Santa Mónica): “permanecimos juntos hasta que Mónica o Continencia nos separó a la fuerza”. Y Floria pone en duda que sea inteligente creer que uno pueda salvarse de “los apetitos pecaminosos” eligiendo la castidad o la continencia.

Sólo en un momento de su reproche, está dispuesta a hacer alguna concesión: “Como Eneas, también tú tenías un cometido más grande y más importante que el amor”… Pero puede que los arrepentimientos de Agustín respecto a su licenciosa vida sexual y sensual en realidad vayan referidos a otro tipo de relación tenida por indigna desde una consideración machista de las relaciones con las mujeres: “Quizá sea nuestra profunda amistad lo que más te avergüenza”. Por eso San Agustín la excluye de sus relaciones amistosas, que exalta en Confesiones IV, 8. Un machismo que ve en la mujer la tentación del mundo, frente a la salvación en Dios, un machismo asociado al papel asignado por el Viejo Testamento a Eva en la condenación de Adán. Eva –la mujer- como instrumento del maligno… Floria le reprocha a Agustín que de las Confesiones se siga que “él descendió tan bajo que cultivó la amistad de una mujer”. Ella no puede creer en un Dios que destroza la vida de una mujer (arrebatándole su amor y a su único hijo) con el fin de salvar el alma de un hombre. Y siente miedo ante lo que puedan hacer algún día los hombres de la Iglesia a una mujer como ella, a una mujer que ha quedado reducida a tentación, hombres que piensan que Dios ama más a los eunucos y castrados que a los hombres que aman a una mujer. Ella no cree que Dios haya creado al hombre para que se castre. Ni que la consideración del Nazareno respecto de las mujeres fuera precisamente ésa. El Nazareno fue un hombre justo con las mujeres. Son “los teólogos” los que han desarrollado en la primitiva Iglesia una actitud machista (sobre todos, Tertuliano).  

Para Floria, es imposible separar el alma de lo sensible y lo sensible del alma. Es imposible discernir entre cuerpo y alma. Además, “si estas realidades [las sensibles] no tuvieran alma, no constituirían objeto de amor”. Desde su perspectiva, Agustín en sus Confesiones se vanagloria ante Dios de la profundidad con que es capaz de despreciar toda su creación, en una posición que recuerda el maniqueísmo y su doctrina de una maldad intrínseca del mundo. Pero en opinión de Floria no es más que soberbia el rechazo de la vida con todos sus placeres terrenales, a favor de una hipotética existencia eterna, que tal vez no sea más que una abstracción. A este respecto recuerda, erudita, la crítica de Aristóteles al mundo platónico de las Ideas. Lo que a ella le parece condenable no es el amor de la carne, sino el rechazar ese amor y esa ternura, como ahora hace el obispo de Hipona Regia.

Floria no se corta y arremete contra los teólogos, a los que supone perdidos en un laberinto que es la contrapartida de la caverna platónica: Teólogos…  “¡Qué profesión más miserable! ¿Cómo es posible que lo pequeño pueda ocuparse de lo grande? ¿Cómo es posible que la obra defina al maestro? ¿Cómo puede una obra decidir dejar de funcionar como tal?”. Arremete también contra una teología que le parece más primitiva que la pagana al suponer la existencia de un Dios vengativo, que manda a los eternos tormentos del infierno a quienes no sigan estrictamente sus supuestas indicaciones de continencia extrema y de desprecio por la relación de ternura y amistad entre los sexos… “¡Donde hay más ingenio, honorable obispo –escribe con ironía-, suele haber menos amor!”.

“La vida es breve, demasiado breve. Tal vez sólo vivimos aquí y ahora. Si fuera así, espero que no hayas estado dando la espalda a esos días, que al fin y al cabo tienen luz, para adentrarte en un oscuro y siniestro laberinto del pensamiento del que yo no puedo rescatarte”

Floria aparece resentida pero tranquila, frente a un San Agustín atormentado, en esa encrucijada del mundo antiguo… “Mis dos voluntades, una vieja y otra nueva, una carnal y otra espiritual, luchaban entre sí, destrozando mi alma con su enfrentamiento” (Confesiones, VIII, 5).

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