lunes, 14 de septiembre de 2015

Escepticismo antiguo y moderno


"Nada firme podemos decir sobre nada"
Filón

El filósofo ocupa un puesto intermedio entre el dogmático, que cree saberlo todo y por eso ya no busca la verdad; y el nihilista, que cree que no hay verdad y por tanto no hay nada que buscar, ni que encontrar.

La duda respecto del saber mitológico está en el origen mismo de la filosofía. Cuando no es posible creer, estamos obligados a pensar. Los físicos presocráticos buscan causas naturales y necesarias donde la teogonía ofrecía explicaciones fantásticas y presuponía divinos caprichos. Pero la misma filosofía es un esfuerzo por saber a qué atenerse, esto es, por establecer creencias no dudosas o, al menos, instalarse en las menos dudosas, teórica o prácticamente. El descreimiento absoluto es una especie de nihilismo que nos reduce a la inacción o la pasividad acomodaticia del hombre sin principios.

Escéptico (σκεπτικóς, skeptikós) es "el que examina", "el investigador", no el que niega la posibilidad de la verdad, la necesidad de la opinión bien fundada o el ideal de la certeza. Escépticos fueron llamados los seguidores de Pirrón de Elis (ca. 360 - ca. 270 a. C.). Pirrón tuvo por maestro a Anaxarco, apodado "el hombre feliz". Anaxarco fue consejero y amigo de Alejandro el Grande y viajó con sus ejércitos en Asia. Afirmaba que no sabía nada, ¡ni siquiera que no sabía nada!


Cuentan que cuando el tirano de Chipre, Nicocreonte, ordenó que le cortaran la lengua a Anaxarco, este se la seccionó a mordiscos y se la escupió a la cara al tirano. Pero también se cuenta lo mismo de Zenón de Elea respecto de otro tirano. Más probable es que Nicocreonte colocara a Anaxarco en un enorme mortero para machacarlo hasta la muerte. Dicen que el filósofo exclamó: "Machacaréis la bolsa que contiene a Anaxarco, pero a Anaxarco no lo machacáis".



El escepticismo parece limitarse a sí mismo al proyectar la duda sobre la duda, al dudar de la propia duda, pues sin algún género de convicciones es imposible conducirse en la práctica.

Anaxarco tuvo por maestros a Diógenes de Esmirna y a Metrodoro de Quíos, seguidores de Demócrito, el físico que redujo la realidad material a átomos.

De Pirrón de Elis, discípulo de Anaxarco, se cuenta que, durante una terrible tempestad en un barco en el que viajaba, el maestro de escépticos señaló a la aterrorizada tripulación hacia un cerdo que, mientras tronaba y saltaban en el cielo rayos y centellas, comía tranquilamente sin preocuparse de las grandes olas que rompían contra la cubierta de la embarcación. Pirrón dijo que así era como tenía que comportarse una persona sabia en mitad de las peores dificultades.

Parece pues que el antiguo escepticismo tenía por objetivo principal lograr esa tranquilidad de ánimo que nos granjea bienestar. Sucede algo distinto en el escepticismo moderno. En Descartes el escepticismo se une a la angustia y casi a la desesperación. En Kant es una aceptable posada en la que descansa históricamente la filosofía, pero una pensión en la que no puede habitar permanentemente. Un escéptico de gran talla como David Hume despertó a Kant del "sueño de la razón dogmática". Pero Kant superó el escepticismo de Hume en dirección a su propio concepto de razón crítica, convencido del valor veritativo de la ciencia que el conocía (dominada por el paradigma del mecanicismo de Newton).

Para el fundador de la filosofía moderna, Renato Descartes, el escepticismo es un principio metodológico, una especie de ejercicio ascético que permite poner entre paréntesis todo lo dudoso, incluida la consistencia de la realidad empírica. Descartes hereda la duda de la antigua tradición pirrónica a través sobre todo de los textos recién traducidos de Sexto Empírico y de  los Ensayos de Montaigne (sin descartar que pudiese haber leído el Que nada se sabe del médico hispano Francisco Sánchez).

Para Descartes, la duda es metódica, para Kant el escepticismo es un antídoto contra el dogmatismo racionalista. Sin embargo, para los antiguos, el escepticismo era sobre todo una actitud práctica.

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