Helenismo y neoplatonismo
Copleston distingue tres fases en la filosofía
helenístico-romana:
1) De fines del IV a. C. hasta mediados del I a. C.: caracterizado por la fundación de las filosofías estoicas y epicúreas. Contra
ellas y sus sistemas “dogmáticos” se alza el escepticismo de Pirrón y los
pirrónicos y la vena escéptica de la Academia Media y Nueva.
2) Desde mediados del I a. C. hasta mediados del III d. C.: es la época de los doxógrafos, que recogen las opiniones (doxai) de los sabios
antiguos, entre los cuales sobresalen los alejandrinos. A la vez que progresa
la investigación científica aplicada, se dan tendencias místicas y de
sincretismo filosófico-religioso.
3) De mediados del III d. C. hasta mediados del siglo VI, y
en Alejandría hasta el VII d. C., es la época del neoplatonismo. Una filosofía
de fusión que pretende combinar todos los elementos válidos de todas las
doctrinas filosóficas y religiosas de Oriente y Occidente, y que influirá
enormemente en la especulación cristiana, tanto latina (San Agustín, Tomás de Aquino) como
griega (Orígenes, Pseudo-Dionisio).
Para muchos, Plotino (204-270 d. C.)
representa el último esfuerzo de la razón clásica para ofrecer una imagen
correcta del universo y del lugar del hombre en él. Con Plotino, el centro de
gravedad del platonismo pasa del aspecto objetivo y positivo al intuitivo y
místico. Hoy es indiscutible el papel del neoplatonismo en la praeparatio Evangelii, o sea en la
genuina formación de la tradición cristiana. San Agustín, padre doctrinal de la
Iglesia latina, reconocerá generosamente esa deuda al considerar al platonismo, por
una parte, como la herejía filosófica más vital y tenaz de todas, y por otra,
como la más cercana a la actitud teológica cristiana. De hecho los elementos
principales de la epistemología agustiniana proceden sobre todo de Plotino.
No sólo las doctrinas cristianas ortodoxas, sino también las
heterodoxas, enraizarán en el neoplatonismo. El emperador Constantino,
inmediatamente después del concilio de Nicea (325 d. C.) ordenó que los
arrianos fueran llamados porfirianos
(gracias a su discípulo Porfirio se conservan las Enéadas de Plotino). “La cuestión suscitada por el
arrianismo era si la substancia del paganismo debía sobrevivir bajo formas
cristianas”, explica el profesor Charles N. Cochrane.
Sin embargo, también el emperador Juliano el Apóstata renegó del cristianismo apoyándose en “la angosta banda de los intelectuales
neoplatónicos”. Frente al escepticismo de la Nueva Academia, los neoplatónicos
consideraron que lo realmente real estaba más allá de toda aprensión racional,
siendo así lo Uno más bien objeto de adoración que de conocimiento. Dieron así
colorido religioso a las concepciones del “divino Platón” y las aplicaron en
este sentido como una doctrina de salvación personal (una soteriología).
Sapientia frente a
scientia. Verdad creativa y poética
frente a verdad positiva y científica. El filósofo se acerca al santo y se
aleja del científico. La interpretación religiosa del platonismo permitió la
asimilación de supersticiones y de creencias mágicas en prodigios
sobrenaturales. No obstante, la teúrgia neoplatónica no es del todo
despreciable, pues incorporaba aspectos equivalentes a lo que hoy llamamos
psicoanálisis o psicoterapia.
Antigüedad tardía en Atenas
En la Antigüedad tardía la enseñanza se articulaba en tres
niveles sucesivos: Gramática, Retórica y Filosofía. En las ciudades en que
existían escuelas de Retórica, también había de Gramática, y donde había
cátedra de Filosofía, también la había de Retórica y Gramática. Estas tres
disciplinas conformarán el Trivium
medieval, los tres caminos para adquirir y reproducir la información escolástica.
Además de en Atenas, las principales escuelas de la Antigüedad tardía se hallaban
en Alejandría, Gaza, Beirut, Antioquía, Constantinopla, Roma, Cartago, Rávena,
Milán, Lyon, Burdeos y Tarragona. Dependían, bien de los municipios, bien del
poder imperial, bien del Senado (la de Roma), o de mecenas privados.
Eunapio de Sardes (347-c. 414 d. C.) nos cuenta en su obra Vidas de los sofistas las disputas de
profesores y alumnos en la Universidad de Atenas durante el siglo IV de nuestra
era. Entre las ciudades que ofrecían estudios de Filosofía seguía destacando
Atenas con sus tres escuelas: la Universidad,
la Escuela de los Sofistas, y la Escuela Neoplatónica. Aquí nos centraremos sobre todo en esta última.
La Escuela Neoplatónica de Atenas
La Escuela Neoplatónica de Atenas la fundó Plutarco el
Grande (que no hay que confundir con el de Queronea), quien la dirige hacia el
432 d. C. Y en principio se opuso absolutamente al cristianismo, cultivando una
mística pagana. Plutarco sostenía que la imaginación proporciona la materia
prima a la razón. Se financiaba por donaciones. Sus maestros concedían gran
importancia a la Retórica como paso previo a la Filosofía.
Los directores de la Escuela Neoplatónica formaban una “cadena
de oro”. Fueron los llamados “diádocos”. Cada diádoco asumía la obligación de redactar
una biografía de su predecesor. Así, Marino de Neápolis escribe la de Proclo, o
Damascio de Siria (diádoco en 529) escribe una Vida de Isidoro. Se creó así una hagiografía (el género literario que
luego el cristianismo llamó “vidas de santos”). El filósofo se había convertido
en un modelo de excelencia y conocimiento. La “hagiografía” pagana se insertaba
en una tradición de escritos anteriores como la Vida de Apolonio de Tíana
del sofista Filóstrato de Lemnos (c. 160/170-c.249), o la Vida de Pitágoras del neoplatónico Yámblico
de Calcis (c. 245-c. 330 d. C).
Hasta 529 se suceden en la Escuela Neoplatónica los
siguientes directores: Plutarco el Grande; Siriano, que florece hacia el 450;
Proclo, quien continúa practicando los misterios de Eleusis en la clandestinidad
y al que su discípulo Marino de Neápolis consideraba capaz de provocar la lluvia
(taumaturgia).
Se dijo que a Marino se le aparecieron Démeter, Pan y
Asclepios. Es su comentario del Timeo, Marino defiende la doctrina de la
eternidad del mundo, difícil de conciliar con la idea cristiana de creación desde la nada (Tomás de Aquino lo intentará). Insiste
en que el Uno representa Ideas, no dioses. A Marino le sucedió Isidoro o
Siriano. El último de los escolarcas atenienses fue Damascio (h. 520 d. C.), con
él se cierra “la cadena de oro”.
Damascio de Siria insistió en que sólo podemos comprender la
relación entre el Uno y los seres que de Él proceden mediante analogías.
Damascio acentuó la idiosincrasia mística de la Escuela en su Tratado de los Principios.
El discípulo mejor conocido de Damascio fue Simplicio de
Cilicia, autor de valiosos comentarios a las obras de Aristóteles. Gracias a
Simplicio se nos han conservado importantes fragmentos de los presocráticos.
Simplicio fue decididamente anticristiano, en su Comentario al Enchiridion de
Epicteto defiende, frente a la doctrina cristiana del perdón de los pecados, el
castigo implacable y ejemplar de los daños causados por el “pecador”, citando
el Gorgias de Platón. Desprecia el “culto
de hombres muertos”, refiriendo al culto al Cristo y a los mártires, y los
contrapone a la divinidad del cielo que considera hostil a cualquier liturgia
fúnebre. Condena también la veneración de reliquias. En el IV y el V,
Ammiano Marcelino y los discípulos de Yámblico consideran el troceamiento de un
cadáver con el fin de convertir sus partes en objetos de devoción como una
profanación siniestra y una impureza repugnante.
En la Escuela Neoplatónica de Atenas se estudiaron con gran
interés tanto los escritos de Platón como los de Aristóteles, como se puede ver
en el De anima de Plutarco de Atenas.
Como luego sucederá en el Renacimiento, les preocupó el problema de la
concordancia entre los fundadores de las escuelas socráticas mayores: Academia y Liceo. Siriano no creía posible que Platón y Aristóteles pudieran
ser concordados, y en su Comentario a la Metafísica defendió la teoría de las
Ideas contra los ataques del Estagirita. Más bien ensayó la fusión de Platón
con el pitagorismo, el orfismo y la literatura caldaica.
Después de Siriano, Domnino, sirio de origen judío, escribió
también sobre matemáticas. Pero más importante fue Proclo de Constantinopla (o
de Bizancio, c. 410-485), tres de cuyas obras serán luego traducidas al latín
por Guillerno de Moerbeke. Proclo tuvo la habilidad dialéctica de combinar el
intelectualismo de estirpe socrática con todo tipo de creencias y tradiciones religiosas.
Creía que recibía revelaciones y que él mismo era la encarnación del neopitagórico
Nicómaco. Se le llegó a considerar el mayor escolástico de la Antigüedad.
Proclo utilizó el principio triádico para explicar la
procesión de los seres a partir del Uno, o sea, la emanación gradual de los
órdenes del ser desde la más alta fuente de todo poder (Ἀρχή) hasta las especies ínfimas. Para este filósofo, la tendencia natural
de los seres hacia el Bien equivale a un retorno hacia la fuente inmediata de
la que proceden. Distingue tres momentos:
1) μονή
(monê) o permanencia en el principio, en cuanto es semejante a él.
2) πρόοδος
(próodos) o salida del principio, en cuanto el efecto es desemejante a su
causa.
3) ἐπιστροφή
(epistrofê) o vuelta hacia el principio. Retorno a Él.
Es evidente el parecido de esta dialéctica triádica o
trinitaria con la que desarrolló el idealismo alemán del siglo XIX. Hegel fue
muy influido por los textos de Proclo y su idea de lo divino y de la anamnesia como recuerdo de la unión del
alma con lo divino.
Según Proclo, no tenemos ningún derecho a atribuir nada
positivo al Principio último (τὸ
αὐτὸ ἕν), pues el Uno, que ha de existir necesariamente como anterior a
la multiplicidad, trasciende incluso los predicados de Unidad, Causa, Bien y
Ser. Solamente podemos decir lo que no es el Uno, pues se halla por encima de
todo pensar discursivo. Es inefable e incomprensible.
El alma era para Proclo la intermediaria entre la esfera del
Noûs y la esfera de lo sensible, y es que atribuía al alma una corporeidad etérea, compuesta
de luz, entre material e inmaterial, e imperecedera, con una facultad superior
al pensamiento capaz de alcanzar al Uno: la facultad unitiva, que asciende por
los escalones ascéticos de la virtud y alcanza en el éxtasis el Principio
último. Las tres etapas de esta escala son: Eros, Verdad y Fe. La verdad
conduce al alma más allá del amor a lo bello y la llena de conocimiento y
realidad. La fe consiste en el silencio místico ante lo Incomprensible e
Inefable.
Proclo llegó a hablar de un triple Zeus, lo que sin duda
facilitó la asimilación de su teología a la trinitaria cristiana, o que los
intelectuales cristianos vertiesen sus creencia en los moldes lógicos
proporcionados por la erudición metafísica neoplatónica. También aparece en
Proclo la idea del mal como imperfección, inseparable de los estratos
inferiores de la jerarquía del ser.
Su concepción de la emanación de lo múltiple a partir de lo
Uno, como la de Plotino, mantiene equidistancia entre la creación ex nihilo (de la nada) y el monismo o el
panteísmo. Los efectos no exigen ni la destrucción de la Causa ni su
transformación, no obstante sacar aquellos de su propio ser.
Un fraude genial. San Dionisio Areopagita
La Escuela Neoplatónica de Atenas será respetada hasta la
subida al trono de Justiniano en 527, quien desea eliminar el paganismo. Ese
mismo año veta a los paganos y a sus hijos el ejercicio de cargos públicos y les
impone la obligación de aprender la fe cristiana ortodoxa. Amenaza luego con la
confiscación de bienes a quienes no entren por el aro cristiano y, por último,
prohíbe a los no cristianos la enseñanza. Juan de Malalas (491-578) refiere en su
Cronografía que en el 529 Justiniano dirige un edicto a los atenienses
prohibiéndoles la enseñanza de la Filosofía a la vez que persigue en Constantinopla, capital del imperio, a los
criptopaganos (los que practican los cultos paganos en secreto).
A partir de entonces, la Universidad de Atenas y la Escuela
de los Sofistas se cristianizan. En la primera se graba una cruz bizantina y en
la segunda se ocultan las estatuas de los dioses, intactas en pozos. Esto se
hará en muchas otras partes, gracias a lo cual han aparecido las Venus
capitolinas, la Afrodita de Milo, la Minerva de Pórticos o el Hércules de
Mastaï del Vaticano. San Agustín refiere a esta práctica en el Libro de las
promesas y predicaciones de Cristo, citando a Isaías: “Aquel día arrojará el hombre
entre topos y murciélagos sus ídolos de plata y sus ídolos de oro que hizo para
adorarlos”.
Los neoplatóncios de Atenas se ocultan en 529, esperando
tiempos mejores. Simplicio califica en su Comentari al Enchiridio su época de “tiempo
de tiranía y crisis”. Algunos toman el camino del exilio y dejan el gobierno de
la Escuela a sus compañeros cristianos, quienes la salvarán mediante esa genial
falsificación que son los escritos atribuidos a San Dionisio Areopagita.
En el debate del 532-533 en Constantinopla entre monofisitas
y calcedonienses, los primeros, cuyo líder es Severo de Antioquía, citan a
favor de sus tesis unos escritos que atribuyen a San Dionisio Areopagita, quien
sería una de las escasas conversiones conseguidas por el apóstol Pablo de Tarso
durante su predicación en Atenas (Hechos,
XVII, 34), y considerado por la tradición primer obispo de aquella diócesis.
Los escritos del supuesto San Dionisio son: Jerarquía
celeste, Jerarquía eclesiástica, Nombres divinos y Teología mística, más nueve o diez Cartas destinadas a monjes y
obispos. El autor dice haber asistido al eclipse de sol que acompañó la muerte
de Cristo y ser discípulo de San Pablo.
Afrodita de Milo |
El Corpus
areopagiticum contiene fragmentos tomados de Proclo y describe la ascensión
mística del alma hacia Dios por la Vía
negativa (descartando que Dios Creador pueda ser cualquier cosa natural
creada), pasando de las criaturas visibles a su invisible Fuente, cuya luz
ciega. En la ignorancia mística se cifrará el grado supremo del conocimiento. Y
la ignorancia será necesariamente la última palabra de la ciencia, cuando ésta
quiere alcanzar a Aquél que no se conoce porque no es.
El tratado Nombres
divinos es el más rico filosóficamente, aunque se trata de una obra
esencialmente teológica, casi exegética. Partiendo del hecho de que las sagradas Escrituras dan a Dios multitud de nombres, Dionisio se pregunta en qué sentido es
legítimo atribuírselos. Este tratado será muy comentado durante la Edad Media,
especialmente por Tomás de Aquino; la Suma Teológica de Alejandro de Hales
incluye un tratado De divinis nominibus
que acusa su influencia. Conviene aplicar primero a Dios todos los nombres que
le da la Escritura (teología afirmativa), mas conviene también negarlos todos a
continuación (teología negativa). Ambas actitudes pueden conciliarse en una
tercera: Dios merece cada uno de estos nombres (causa, ser, vida, unidad,
belleza, soberanía…) en un sentido inconcebible para la razón humana, porque Él
es un Hiper-ser, una Hiper-bondad, una Hiper-vida, etc. (teología superlativa).
La teología negativa del tratado Teología mística influirá profundamente en el pensamiento medieval
y en el idealismo alemán. Dios aparece como Causa inaccesible de los seres, que
trasciende a la vez su afirmación y su negación, como negación de la negación.
El Dios de Dionisio se parece mucho a la Idea del Bien que Platón describe en
la República, pues como el sol
sensible (su pálida imagen) se despliega y penetra todas las naturalezas, en
energías activas y seres inteligibles e inteligentes, cuya inestabilidad
natural halla en Él su punto estable.
Al desplegarse por
grados esa iluminación divina engendra naturalmente una jerarquía, en la que todo ser, mineral,
vegetal, animal, racional…, participa de un estado y adquiere una función.
Estos grados del ser son descritos en los tratados Jerarquía celeste y Jerarquía
eclesiástica. Todo lo real no es más que un momento definido de la efusión
iluminadora del Bien. Dios se revela en su creación, o sea, en sus obras, y por
eso los seres manifiestan lo que Él es.
El mundo aparece como una teofanía, ya que en un universo en que todo es manifestación de
Dios, todo lo que es, por el hecho de ser, es bueno. El mal es, simplemente, no-ser. El mal aparenta ser, nos engaña, pero
carece de sustancia y realidad. Dios no lo causa, pero lo tolera, porque
gobierna las naturalezas y libertades sin violentarlas. Un Dios perfectamente
bueno puede castigar a los culpables precisamente porque lo son
voluntariamente.
Las Ideas no son Dios para el Pseudo-Dionisio, sino que
participan del Ser, que participa de Dios que está más allá del ser, por lo que
no es insensato decir que todo procede, como de su causa, de un no-ser
primitivo. Las ideas primero son y luego devienen principios, pues ellas mismas
son participaciones en el ser. Y Dionisio, como Plotino o como Proclo, prefiere
antes el nombre de Uno, que el de Ser, para referir al principio divino. Lo
múltiple no puede existir sin el Uno, pero el Uno sí puede existir sin lo
múltiple. Dios es perfecto porque es el Uno. Todo participa de Él, pero Él no
participa de nada.
Dionisio justifica la atribución a Dios del nombre Amor.
Será el movimiento de la caridad, la fuerza activa que saca fuera de sí mismos
a los seres venidos de Dios, para asegurar su retorno a Dios. Por eso el amor
es extático (ex˗stare).
Su efecto en esta vida y efecto en la otra es la divinización (theósis), la unificación de la criatura
con Dios.
A pesar de la polémica levantada acerca de su verdadera
autoría, estos escritos alcanzarán enorme éxito en el Occidente cristiano. Su
origen empezará a ser contestado por los humanistas, en el siglo XV por Lorenzo Valla
y en el XVI por Erasmo de Roterdam. En el XIX se vinculará definitivamente su origen a
algún discípulo cristiano de la Escuela Neoplatónica de Atenas.
El Pseudo-Dionisio pretendió desde luego con sus escritos
salvar dicha Escuela, quitándole a Atenas su fama de baluarte pagano, después
del fracaso allí de las prédicas de Pablo. Lo mismo hizo Juan el Gramático en
Alejandría, escribiendo dos tratados sobre la eternidad del universo contra
Proclo y contra el Estagirita. No sabemos si el Pseudo-Dionisio era ateniense
de nacimiento, pero seguramente gestó sus obras en Atenas.
Continuidad cristiana de la Escuela de Atenas
A esta ciudad siguieron acudiendo alumnos de todo el imperio
romano. Incluso el gran filósofo alejandrino Ammonio se formó en Atenas con
Simplicio antes de las medidas antipaganas de Justiniano. En el 532, el
emperador lanza una segunda persecución contra la aristocracia paganizante de Constantinopla.
La Escuela de los Sofistas se convertirá entonces en un monasterio y los
últimos filósofos de la Escuela Neoplatónica buscarán refugio en Persia,
gobernada entonces por el sasánida Cosroes I (501-579). Damascio el Sirio, Simplicio
el Cilicio, Eulamio el Frigio, Prisciano de Lidia, Hermias, Diógenes de Fenicia
e Isidoro de Gaza, la flor y nata de la Escuela Neoplatónica de Atenas, marcharon a
Persia, pero una vez allí instalados no pudieron soportar la corrupción de sus costumbres. Cosroes intentó retenerlos, pero al fin consiguieron regresar, con
la condición, exigida por el tirano persa en un tratado firmado con el imperio
romano, de que no se les obligara a renegar de sus opiniones.
Los siete filósofos regresaron en el 533 aprovechando la
amnistía que Justiniano les concedió. Pero la paz no duró, pues en el 542 se
desató la tercera persecución. A pesar de ello, en la década de 560, la Escuela
Neoplatónica de Atenas sigue funcionando… Será arrasada en 579 por los eslavos.
Pero los invasores se retiran en 583, y entonces se reanuda la enseñanza de la
Gramática, la Retórica y la Filosofía en la ciudad. Diversos testimonios
confirman que en la Alta Edad Media intelectuales cristianos como Teodoro de
Tarso o Gisleno de Hagenau, siguen viajando a Atenas para su formación.
Kapnikarea, templo dedicado a la Virgen María |
El siglo XI aún será una época de esplendor para la historia cultural ateniense, como lo prueban la Iglesia de los Santos Apóstoles y la Kapnikarea
dedicada a la Virgen María.
Bibliografía consultada
- Charles N. Cochrane. Cristianismo
y cultura clásica. FCE, 1949.
- Copleston. Historia de la Filosofía, I, V, XLVI.
- Gonzalo Fernández, “La cristianización de la Filosofía en
la Atenas tardoantigua y altomedieval”, Revista
de Arqueología, año XXV, nº 287, pgs. 52ss.
- Gilson, Étienne. La
Filosofía en la Edad Media, Gredos, 1965, 1º, V.
- Proclo. Elementos de teología (Στιχειωσις θεολογική),
Aguilar, Buenos Aires, 1975.
Preciosa exposición del neoplatonismo sobre el que siempre pasamos rápido y de puntillas, cuando se merece más atención. Sin duda el idealismo alemán le debe mucho a esta filosofía altamente especulativa, hoy todavía hay quien piensa que el idealismo alemán ES la filosofía, no me extraña nada aunque es una tesis demasiado fuerte con la que no sé si comprometerme. Ejemplo de esta "tesis fuerte" son Alain BADIOU y S. ZIZEK en su último libro "Menos que nada" que voy a empezar ahora mismo
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