“Dionisio” llamaban los griegos antiguos al dios de la
embriaguez ritual y de la danza. Su culto facilitó el nacimiento del teatro,
presea de la civilización. Puede sorprender por eso que tres héroes cristianos
lleven el nombre de aquel dios pagano, a quien no esté al tanto de lo mucho que
debe nuestra tradición religiosa y artística, por muy monoteísta que sea, a la fusión del cristianismo
con el panteón clásico de los poetas helénicos, mucho más sorprende cuando uno
mira el séquito del Dionisio pagano cuajado de sátiros y bacantes, de serpientes y
panteras, porque el cristianismo prefirió siempre al pez y al cordero, y tuvo a la serpiente por símbolo del Maligno. No
obstante, Azar Paradójico, que es como la Divina Providencia pero sin sujeto,
quiso que el más importante converso de San Pablo en Atenas, su primer obispo,
llevase el nombre de Dionisio, tildado "el Areopagita" por su vínculo con el prestigioso
consejo ateniense de la colina de Ares. Entre quienes se unieron al Apóstol de los
gentiles en la capital del Ática se hallaba también una mujer llamada Dámaris (Hechos
17, 32-34).
Carabaggio, "Bacchino malato", h 1594
A lo largo de los siglos, a este primer Dionisio se le
confundió con otros dos Dionisios cristianos. Sucedió que hacia el siglo VI de
nuestra era se asimiló el nombre del ateniense al de un enigmático monje de
origen sirio, autor bizantino de un corpus de escrituras que ejercieron una
importancia decisiva en la espiritualidad cristiana, tanto en Oriente primero,
como en Occidente después, en tiempos de Carlos el Calvo. En estos escritos del
Pseudo-Dionisio, o sea de El falso Dionisio, se reflexionaba sobre la
trascendencia de Dios, la encarnación del Verbo (su Hijo, Cristo) y el orden mundano y celestial. El Dios único
del teólogo bizantino escapa a cualquier comprensión o determinación racional.
El entendimiento humano no puede categorizarlo porque no es nada de lo que
percibimos y conocemos en el mundo de los sentidos físicos. Se trata de una
unidad metafísica, y no podemos explicar cómo es que el Uno (Creador del
mundo) se expresó o “procesionó” en el reino de la multiplicidad.
Eugenio d’Ors consideró la obra del Pseudo-Dionisio como
uno de los pilares del pensamiento metafísico occidental. Quedó fascinado por
la angelología del filósofo bizantino y por su esfuerzo de dar estructura y
orden al mundo. Como Raimundo Lulio, D’Ors creía en los ángeles. Pensaba que
igual que el Pseudo-Dionisio había
puesto alas al platonismo; Lulio las puso al discurso de Santo Tomás; y
que él mismo, Xenius, se las había puesto a Hegel. Para D’Ors, el
Pseudo-Dionisio no es un místico obscuro, sino un pensador colosal capaz de
integrar el pensamiento de Platón en el marco del cristianismo.
El Ángel no es sólo un adorno iconográfico, sino una
figura de mediación que expresa una plenitud simbólica y un fin de realización
personal: (“¿Qué es vivir? Vivir es gestar un Ángel para alumbrarlo en la
eternidad”). Igualmente, en el orden estético, el retratista o el biógrafo
tienen la misión de revelar el “ángel”, la esencia ideal o arquetipo del
retratado o biografiado. El Corpus
Areopagiticum del Pseudo-Dionisio no sólo influyó en la angelología de D’Ors,
porque la filosofía del docto catalán fue un denodado combate contra lo caótico,
lo romántico, lo desmedido, para defender en su lugar los valores de la
contención clásica: orden, jerarquía y claridad, los tratados del
Pseudo-Dionisio, Sobre la jerarquía celestial y Sobre la jerarquía eclesiástica
sirvieron a D’Ors como modelo para comprender cómo lo real y su conocimiento se
estructuran a través de grados armónicos, donde lo inferior conecta con lo
superior a través de intermediarios estables en una “obra bien hecha”.
La crística erudita sitúa los textos del Pseudo-Dionisio
en torno al año 500, en un ambiente de ocaso del paganismo y auge del
neoplatonismo, con Proclo (fallecido en 485) como su figura principal. El
Pseudo-Dionisio se adhiere a las tesis de Proclo sobre el mal, su especulación
sobre los nombres divinos y su concepción de la “procesión” o emanación de la
realidad a partir del Uno eterno, pero traslada estas ideas al dogma cristiano. En plena tormenta de
controversias bizantinas sobre la doble o no doble naturaleza de Cristo (humana
y divina), nuestro maestro busca con sutileza intelectual un puente que
concilie a unos y a otros. El autor de estas obras (siglo V, VI) se disfrazó expresamente en
sus cartas de obispo de Atenas siguiendo una práctica común (pseudepigrafía) revistiéndose con ello de
la autoridad de un discípulo directo del Apóstol Pablo, Dionisio Areopagita, obispo de Atenas (siglo I). Su obra se compone de
diez epístolas y cuatro tratados. A los ya citados, hemos de añadir Sobre los nombres divinos y La teología mística.
Sobre los nombres divinos (De divinis nominibus) es el
tratado más extenso y filosófico del Corpus Areopagiticum, en él se ensaya
responder una pregunta metafísica fundamental: ¿Cómo podemos hablar o ponerle
nombre a un Dios que, por definición, es infinito y desborda el entendimiento
humano?
Respondiendo a esta pregunta, cabe recurrir, primero, al lenguaje de las Escrituras, en las que
Dios es Bien, Luz, Amor, Ser, Vida, Sabiduría, Poder o Paz. En segundo lugar, estarían los nombres que consideran a Dios como causa de todas las cosas. Estas
manifiestan belleza, vida, inteligencia, excelencias todas que proceden de su creador, por
consiguiente, Dios es nombrado legítimamente por sus efectos o "procesiones" en
la creación (Vía catafática). Dado su platonismo, para el Pseudo-Dionisio Dios
no es el Ser porque Dios está más allá de lo que hay, sino El Bien o La Bondad. El Bien
es difusivo por naturaleza e igual que su análogo físico el Sol, que expande su
luz por el cosmos, Lo bueno se desborda y da origen y armonía a todo lo existente, que
modifica y cambia constantemente en dirección a sí mismo. Dado que Dios es el Creador de todo lo que es, Él mismo no puede ser una “cosa” más entre las cosas,
es por ello “supra-esencial”. Por lo tanto, paradójicamente, se le puede llamar
tanto Ser Absoluto como No-Ser, pues trasciende por completo
nuestra categoría de existencia.
En este tratado sobre los nombres divinos se incluye
también la célebre resolución neoplatónica al problema del mal, tomada de
Proclo. El mal no tiene una sustancia o entidad real creada por Dios; el mal es
un no-ser, una mera privación o ausencia del Bien, del mismo modo que la
obscuridad es solo la falta de luz. En definitiva, Sobre los nombres divinos establece las reglas de juego de la
teología racional, sin embargo, nos enseña que los nombres racionales nos sirven para acercarnos a
Dios como creador, pero nos recuerda que cada afirmación es solo un peldaño
conceptual que prepara al alma para el silencio absoluto de la mística.
En De mystica
theologia, obra brevísima, pero de impacto incalculable en toda la mística
posterior de las “tres religiones de Libro”, desde el maestro Eckhart hasta San
Juan de la Cruz en la tradición cristiana, y más allá, hasta la mística actual, el
Pseudo-Dionisio establece dos vías de conocimiento de lo divino: Teología Catafática (Vïa de afirmación),
que habla de Dios por analogía con el bien en lo creado, Dios-Luz, Dios-Amor… y
la Teología Apofática (Vía de
negación) que explica cómo Dios desborda el entendimiento humano sumiéndolo en
una “tiniebla de ignorancia”.
En Sobre la
jerarquía celestial, la obra que deslumbró a D’Ors, el autor organiza el
mundo visible en tres tríadas de seres angélicos que transmiten la iluminación
divina de manera ordenada.
En el año 827, el emperador bizantino Miguel II regaló un
manuscrito al rey franco Luis el Piadoso, texto que acabó en el monasterio de Saint-Denis,
cerca de París. ¡Era el corpus areopagiticum! Ell abad de Saint-Denis, Hilduino, fue quien fusionó los tres Dionisios en uno:
el de los Hechos de los apóstoles del Nuevo Testamento al que convirtió Pablo de Tarso, el filósofo bizantino del siglo VI de origen sirio y, tercero, del que
todavía no hemos hablado, San Dionisio, el primer obispo de París, mártir del
siglo III.
El manuscrito que recibió Luis el Piadoso estaba en su original griego y, después de algunos intentos desafortunados de traducirlo al latín, fue Juan Escoto Eriúgena en el siglo IX (no confundir con Duns Scoto, teólogo del XIII) quien lo versionó latino para el rey franco Carlos el Calvo (nieto de Carlomagno).
El Corpus Aeropagiticum no tardó en convertirse en una autoridad incuestionable en el Occidente cristiano, al mismo nivel que las obras de San Agustín, influyendo en la Escolástica y en el arte de las Catedrales. No obstante, al principio la traducción de Escoto Eriúgena se ganó la desaprobación del papa Nicolás II, que tenía al Pseudo-Dionisio por sospechoso de heterodoxia. Sin embargo, en el siglo XIII, Tomás de Aquino cita mil setecientas veces al doctor sirio como autoridad canónica. Dante, un siglo después, menciona al primer Dionisio, obispo de Atenas, en su Paradiso, atribuyéndole las obras del maestro bizantino.
San Dionisio, mártir. De la Enciclopedia católica
Todavía
en los siglos posteriores al Renacimiento se confundirán los tres Dionisios, e
incluso reaparece la confusión en una conferencia pronunciada por James Joyce
en Trieste (1907) sobre cultura irlandesa (Irlanda,
isola deis anti e dei savi), en la que el genial Dublinés errante reivindicó
la hipóstasis definitiva de esa facticia trinidad dionisíaca, pero erró por
dos veces más al confundir a Escoto Eriúgena, traductor latino del
Pseudo-Dionisio y "mártir de la gramática" (*). con Duns Escoto, defensor acérrimo de
la Inmalada concepción de María.
Esta última información la recoge Juan Francisco Ferré en su Metamorfosis® (Berenice 2006), escritor malagueño que resucita en uno de sus relatos al Dionisio decapitado, para que pueda decir en primera persona: “Cuando me cortaron la cabeza, seguí hablando”.
Nota bene
(*) Circuló la leyenda de que Escoto Eriúgena era un maestro tan riguroso en las disciplinas del trivium que dominaba (gramática y lógica) que fue asesinado por sus alumnos con los estiletes usados para escribir en tablillas de cera. El pensamiento del Eriúgena fue tan audaz, original y cercano al neoplatonismo, que siglos después sus libros fueron condenados y quemados por la Iglesia al ser tildados de panteístas. Imaginar que sus alumnos lo habían matado a base de estiletes por ser "demasiado estricto con las letras" fue probablemente una forma perfecta de caricaturizar el peligro del intelectualismo radical de la Alta Edad Media.
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