| Ombligos de Venus |
(Este artículo recoge algunas ideas de la filósofa Iris Murdoch (1919-1999) sobre la relación entre lo bello, lo sublime y lo bueno, es decir sobre la compleja relación entre arte y moral)
Es muy difícil,
si no imposible, separar por completo lo ético de lo estético. “¡Eso está bonico!” --exclama
la vecina cuando ve algo que le avergüenza, diciendo irónicamente lo contrario de lo que piensa: que está feo o que es inmoral. “¡Es indecente!” –puede referir
tanto a algo que nos parece horrible y asquea como a algo indigno que nos avergüenza o que debería dar vergüenza a quien lo ejecuta. Ortega se expresó alguna vez como
si la bondad se pudiese reducir a elegancia. Con razón decía Tolstoi que la
valoración de los méritos del arte depende del modo en que cada cual entiende
el sentido de la vida, es decir, de lo que consideramos bueno o malo,
conveniente o inconveniente, de lo que percibimos como bonito o como feo.
Y, sin embargo, estamos de acuerdo con Kant en que lo bello no depende del interés, aunque sea lo bueno lo que en general apetecemos. Sin embargo, le tomamos gusto a la naturaleza cuando nos parece que ha sido construida siguiendo un designio y el arte nos agrada cuando parece que no tiene ninguna finalidad rastrera, cuando no alimenta más que al espíritu, como la contemplación de las amapolas, que no redundan provecho punteando un campo de trigo, cereal con el que sí hacemos pan. Las amapolas, graciosas, gratuitas, hermosas, bellas, no son necesarias para la vida, el trigo sí.
Kant
pensaba que la belleza no está relacionada con la emoción, mientras que
nuestro sentido de lo sublime sí lo está. El sentido de la belleza resultaría
de la armonía entre imaginación y entendimiento; por su parte, la sublimidad
comporta un conflicto entre imaginación y razón (la razón, como en Hegel,
apunta siempre a un todo, universaliza por naturaleza).
| Frutos del musgo |
Lo bello no
es lo bueno, pero lo simboliza por analogía, es el análogo sensible de lo
bueno. El platonismo expresaba esta relación afirmando que la belleza es el resplandor del Bien, su efecto perceptible por los sentidos, primeramente por el oído y la vista.
Para Kant, el arte tenía que ver sobre todo con el libre juego de las
facultades superiores del espíritu humano. No obstante, Iris Murdoch casi se
burla del hecho de que Kant, que tan profundamente reflexionó sobre lo bello y
lo sublime, prefiriese el canto de los pájaros a la ópera y creyese que el arte
fuera en lo esencial mero juego de las facultades.
Grandes
artistas, como Platón o Tolstoi, han incomprendido el arte o ciertas formas
suyas. Tolstoi condenaba la pintura impresionista, los poemas de Mallarmé y
casi toda la música de Beethoven. Platón recelaba de las ficciones poéticas, le
parecía blasfemo que los poetas atribuyesen adulterios e inmoralidades a los
dioses. Dice Murdoch que Platón prohibía la entrada al artista en su ciudad
ideal por razones eminentemente “freudianas”, pues consideraba el arte como un
intercambio y expresión de la parte más baja del alma, los apetitos y la irascibilidad
(el thymós); el arte, para el divino
ateniense, sólo se ocupa de lo inestable y de lo múltiple, eso que podríamos
llamar “lo neurótico”: el artista plasma lo neurótico y además disfruta
haciéndolo. Platón no sólo se adelantó a Freud (cuyos métodos terapéuticos
dependen, por cierto, de la palabra hablada y no de la escrita, que también
Platón menosprecia), sino que anticipó la estética existencialista (último flirteo occidental con la
filosofía del romanticismo liberal) y también profetizó a Marshall McLuhan.
Tolstoi
pensaba –y Murdoch reconoce que tal vez haya razón en ello—que el Gran Arte
expresa el sentir religioso de cada época (creo que también George Steiner
compartiría esta idea). Murdoch también le reprocha a Kant que no vea en lo sublime nada artístico, aunque
emocione, como levanta el ánimo la perspectiva desde las alturas de las
montañas. Iris Murdoch asocia la idea de lo sublime al concepto kantiano de Achtung (respeto, veneración) y da
también un valor estético, y no solamente moral, a dicho sentimiento. Ve en dicha idea-fuerza la semilla de algo
maravilloso.
Iris Murdoch
asocia también lo sublime a la experiencia estética de lo trágico, que es también lo
absurdo y lo incompleto. Hegel
asociaba la tragedia al conflicto entre dos bienes incompatibles y a la
conciencia de dicha antinomia. En efecto, tanto Antígona como Creonte tienen
razón, ella sirve a los imperativos del amor fraterno; su tío, a los de la ley
cívica. En opinión de nuestra filósofa, lo particular es siempre trágico (toda
vida humana se agota trágicamente) y tanto a Platón como a Kant les da miedo lo
particular y les da miedo la historia, por eso atienden con preferencia al orden intemporal de la Idea
o de la Razón. Para Kant, Achtung es
el único sentimiento producido enteramente por la razón y representa el impacto
que la ley moral provoca en nuestra conciencia al darnos cuenta de nuestro
deber. Actung es la sublimidad con que experimentamos el sentido del deber. Kant piensa que vivimos tal sentimiento: bien como humillación,
pues doblega nuestro egoísmo y limita nuestros deseos; bien como elevación,
pues nos hace conscientes de nuestra dignidad al sentirnos capaces de actuar
como principios causales, como agentes espontáneamente libres.
Kant separa
radicalmente lo estético de la moral (igual que separa la naturaleza del espíritu o el fenómeno del noúmeno), pero Murdoch ve en el arte, en la “lacerante
lucidez” del Gran Arte trágico (Shakespeare es su arquetipo, pero también podría serlo para nosotros la Celestina), la preparación más accesible para la virtud moral.
Nuestra contemplación de lo sublime (el vuelo próximo e imprevisto de un cernícalo
o la Piedad de Miguel Ángel) detiene en seco al Ego, la atención que prestamos
a lo sublime desnuda de interés nuestra mirada y humilla nuestro egoísmo. Es lo
que Kant describe como Achtung. Pero
mientras que Kant explica tal sentimiento como reverencia o respeto
incondicionado ante la Ley abstracta, Murdoch mira más empíricamente hacia lo
que está fuera de nosotros y, muy especialmente, a lo que anida en el alma,
intenciones y pretensiones, frustraciones y limitaciones, de otras personas.
| Almendral |
Murdoch cree
que, en su nuez, arte y moral son la misma cosa porque la esencia de ambos es el amor, que es percepción de lo
individual, ese caer en la cuenta, no sin dificultad, de que los otros importan, ese atender al hecho, suceso y acontecimiento, de que algo ajeno a uno mismo es
real. El amor es también imaginación, pero no fantasía (tan engañosa y egoísta).
Tanto el arte como la moral son descubrimiento
de realidades. Y lo más particular e individual de todas las cosas primeras
es la mente humana. La tragedia es el arte más elevado porque tiene que ver
sobremanera con lo individual, con lo que pasa a las personas, de lo que les
pasa ha de ocuparse el arte.
El Gran Arte, el arte sublime, el arte trágico, no sólo consuela, sino que también vigoriza.
Bibliografía
De la misma
autora: La soberanía del bien, 1970
(ed. española en Taurus) y El fuego y el
sol, 1976 (trad. en Siruela).
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