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| Estilpón o Stilphon o Stilfón de Megara, filósofo, discípulo de Euclides |
jueves, 16 de abril de 2020
DISCRECIÓN E IMPASIBILIDAD. ESTILPÓN DE MEGARA
lunes, 13 de abril de 2020
VIRTUDES DE LA POLITESSE
EL AMOR PRECIOSISTA
Mil seiscientos cincuenta, mil seiscientos sesenta, Francia.
Son los últimos años del imperio de Mazarino, que presagian el reinado del Rey
Sol. Tras la Paz de los Pirineos (1648-1659) Francia se ha hecho con la
hegemonía europea. En filosofía, otras corrientes pugnan contra el
aristotelismo dominante en la Sorbona: gassendismo, platonismo, cartesianismo,
jansenismo, pensamiento mundano y todas las variedades del escepticismo, entre
las cuales busca guía el fervor religioso, a veces con desesperación. En lo literario, entre doctos,
preciosistas y burlescos, sienta su sillón Corneille y La Fontaine planea sobre
todos los sentires del “bel esprit” en dirección a sus Fábulas.
El espíritu bello, le bel air, se define hacia 1650 bajo la
fórmula de lo precioso. El preciosismo eleva sus exigencias en una depuración
del refinamiento aristocrático en busca de naturalidad y honestidad. Una
nueva educación, politesse, define el
bel esprit. A ella consagra gran parte de su obra el mundano y gran amigo de
Pascal, el Caballero de Méré. Para gustar, el secreto será la politesse definida como aprobación y
atracción (agrément): justeza, delicadeza, sal fina, galantería… Sus atributos
se intuyen más que se definen, en las relaciones personales como categorías del
“bon goût”, de la gentileza. Requieren una buena educación y un lento aprendizaje, una
tranquila formación práctica, eso, además de ser "bien nacido". El colmo de la elegancia será olvidar los preceptos de
la elegancia para parecer espontáneo y natural. Así, el mayor arte se confundirá
en una belleza simple e inocente. En lugar de pedantería, discreción, o sea hacerse
agradable no sobresaliendo en nada. Pascal asumirá siempre esta exigencia
mundana de universalidad.
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| Antoine Gombaud, Caballero de Méré (1607-1684) |
Ya vale más la experiencia que la historia, y los
acontecimientos del presente son diversos de los históricos, por lo que se
busca un equilibrio entre lo efímero y lo eterno. La conversación, su arte,
será la obra maestra y el instrumento preferido por la cultura polie. Y la conversación exige acomodación, ya que el que habla ha de
acomodarse a la inteligencia del que escucha, y viceversa. Esta acomodación
exige fluidez, la filigrana del sobreentendido, como el talento del que lee
entre líneas lo que no se dice, pero se adivina, como en un juego. No es
casualidad que la teoría de probabilidades nazca a raíz de los problemas
planteados por los juegos de azar, a raíz de las respuestas de Pascal y Fermat
al Caballero de Méré y del tratado de Huygens De Ratiociniis in Ludo Aleae (1657).
La elegancia educada es amiga de la templanza y evita la
insolencia. Brilla con el enunciado ajustado y bien tomado que evita las formas
picantes atribuidas al “gusto español” como exceso de ingenio. El código de
politesse de los mundanos, del perfeccionado preciosismo adora la inocencia
(naïveté) de La Fontaine. El espíritu de la politesse está muy presente en la
psicología de Pascal, penetra su Discours sur les pasiones de l’amour. Frente a
la insipidez de los idilios pastorales, el amor se ha hecho enérgico,
acostumbrado ya a mezclar sus juegos con los de la ambición, con un sabor a
aventura. La desvergüenza se ha puesto de moda. Las damas ya no dudan en
mostrarse activas, entrometidas e intrigantes. Más allá de la delicadeza, se impone
el egoísmo galante.
Molière criticará la concepción pedante del amor en les Femmes savantes (h. 1655). Descartes
había definido a las pasiones como charnela o bisagra de la unión del alma y el cuerpo,
afecciones del alma causadas, conservadas y fortificadas por el movimiento de
los espíritus. Descartes insiste en la conveniencia como fundamento del amor.
Deseamos apropiarnos de las cosas que juzgamos convenientes. Puede que el mito
platónico del andrógino pese en esta concepción. El autor de Las pasiones del alma insiste en la
unidad esencial del amar benevolente y del concupiscente. Este último es naturalmente
bueno; sólo debemos evitar sus malos usos y excesos, mediante el
autodominio.
Estas ideas se mezclan por confusas vías con el amor heroico
del Nicomède de Corneille, un amor
que no reconoce las contingencias, sino para superarlas por parte de dos almas
predestinadas la una a la otra hacia los más altos destinos. Pero la psicología
de Pascal debe mucho a Descartes. Primero, su racionalismo, la pasión misma no es
sino una modificación de la razón, englobando el término pensamiento (pensée)
todos los aspectos de la conciencia. Segundo, la pasión como bisagra de los
dominios del alma y del cuerpo, el rol de los ojos, la esperanza como medida de
la audacia y viceversa, y el papel importante del bon sens que, tal vez, podríamos entender como sentido común.
En el amor preciosista primaba la moral sobre la psicología,
en el Hotel de Rambouillet, templo del preciosismo, se construían juegos de sociedad sobre los amores apostando a la carta de la Ternura. La pasión se
disolvía en itinerarios interesados y codificados: amores sosos como colmo de
la galantería que completa a la gente honesta y les vuelve amables y les hace
amar. Toda esta sensiblería incluía amistad sólida, sinceridad, fidelidad,
respeto, discreción…, hasta la muerte.
Los preciosistas peinaban y rizaban una pasión que se vaciaba de sustancia
elevando sus requisitos al nivel de la utopía. El amor se reducía a una actitud
que recogía vestigios de los tiempos heroicos. Se trata de un amor novelesco de
la peor especie, del romance pedagógico que se propuso a principios del XVII
civilizar las costumbres.
El rechazo del amor novelesco traerá una pizca de
psicología, mucha retórica, preocupaciones tácticas, donjuanescas, para acabar
en la trivialidad insuficiente de: “El amor es un no sé qué, que viene de no se
sabe dónde y no se sabe cómo ni por qué se va”. Pero en realidad, fuera de la
alcoba, el amor en los salones barrocos es, sobre todo, un artículo del arte de
gustar en la conversación.
Heroico, pedante, preciosista, el siglo ofrece también una
vena burlesca consistente en el trato caricaturesco y paródico de todas esas
nociones. El verdadero amor bello se concretará en el amor educado (poli) y no
en las declaraciones exageradas, “a la española”, pues los afectos han de
mostrarse de manera agradable y suave, ya que una dama siempre quiere gustar,
pero no siempre desea ser amada “hasta la muerte”. Delicadeza, complacencia,
algún picante pero sin embarazar, nada que desdeñe la honestidad. Pero el amor
tiene derecho a sobrepasar la conversación que lo afirma y asegura.
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| Mlle. Scudéry, Safo del preciosismo (1607-1701) |
En Mlle. De
Sendéry, que vivió casi un siglo, la pasión y el deseo se enervan para hacerse galantería. Madeleine de Sendéry, con seudónimo Safo, fue reconocida como la primera mujer literata de Francia y del mundo. Habitual en el palacete de Rambouillet, formó luego su propio salón que marcó y definió durante mucho tiempo el tono del preciosismo. En sus voluminosas novelas retrata en clave clásica o exótica a personajes de la época. En Artamène ou le gran Cyrus (1649-1653), la novela más larga de la literatura francesa (diez volúmenes), analiza exquisita las principales emociones mundanas, elevándolas a reglas sentimentales de la sociedad galante (prueba de que los sentimientos se pueden y deben educar), en ella se retrata a sí misma como Safo y se manifiesta contraria a la tiranía del matrimonio.
Al mismo tiempo, los pesimistas vierten vitriolo sobre la diversidad de la sensibilidad amorosa,
entre ellos La Rochefoucauld: “Todo el mundo habla del verdadero amor, pero
nadie lo ha visto”. En el mundo real se abusa del nombre “amor” para un número
infinito de intercambios (commerces). Sobre sus causas y resortes, no nos
engañemos: tras un cierto golpe de la fatalidad, se aviva sólo con las
maniobras de la coquetería o de los celos. Su fondo es el egoísmo, se nutre de
ilusiones y su constancia no es más que un señuelo. La Rochefoucauld define el
amor como un gusto de dominación (plan del alma), una simpatía (para el
espíritu) y un instinto (para el cuerpo) en su Máximas (1665). Se dan ciertas analogías entre sus penetrantes
observaciones y el Discurso sobre las
pasiones del amor de Pascal, pero la perspectiva de este no es la
disgustada y atrabiliaria de las Máximas. El tono
cínico de La Rochefoucauld arremete contra la afectada hipocresía del siglo.

A mitad del siglo XVII nadie habla en Francia de amor
pasional. El amor se entiende como reflexión y elegancia, se asienta en la
cabeza y en los ojos. El corazón ardiente anda a la espera de su rapsoda. En
1669 aparecen las Cartas Portuguesas, atribuidas a una monja portuguesa,
Marianna Alcoforado, traicionada por un oficial francés, en las que confiesa el
tormento del desgarramiento amoroso. La novelita epistolar apareció anónima.
Hoy se atribuye a Gabriel de Guilleragues. Durante mucho tiempo se creyeron de
verdad escritas por una monja franciscana. En un año conocieron cinco
ediciones.
DISCURSO DE LAS PASIONES DEL AMOR (PASCAL)
El Discours sur les passions de l’amour de Pascal está muy
influido por Montaigne (1533-1592) cuyos Essais fueron parte esencial de su
biblioteca. Más que el detalle de sus reflexiones, Pascal debe a Montaigne el
método. Frente a la dureza de la perspectiva heroica o la ingeniosa flexibilidad
de la mirada mundana, Montaigne inspira una observación del amor sin ilusiones ni
quimeras, respetuosa con los hechos. Pascal debe también a Montaigne la
exigencia de claridad y una perspicacia indulgente, libre de odio, tranquila.
La atribución de esta obrita a Pascal ha sido objeto de
discusión, pero hoy la mayoría de los críticos la confirman, entre ellos Victor
Cousin, gran conocedor de la obra de Pascal. Pertenece el Discours al llamado “periodo
mundano” de la vida del matemático jansenista, después del “periodo científico”
y anterior al “periodo religioso”, entre octubre de 1651 (fecha de la muerte de
su padre) y septiembre de 1653, fecha en la que participa a su hermana
Jacqueline las tribulaciones y escrúpulos que le llevaron a la conversión en
1654. En 1651 Pascal tenía veintiocho
años y ya era un sabio célebre, a los dieciséis su Tratado de las cónicas había impresionado a Descartes, que le
visitó en París dos veces (1647), geómetra, pero también físico, anuncia un
Tratado del vacío. Su esfuerzo intelectual va unido a una salud delicada, los
médicos le aconsejan que renuncie a toda agitación del espíritu y que se
divierta. Y lo hace, aunque todavía manda a la reina Cristina de Suecia su
máquina aritmética perfeccionada, se corresponde epistolarmente con Fermat y
con la Academia de Martmor. Pero también en esta época Pascal prueba los encantos
de los salones de París: el de Madame d’Aiguillon, nieta de Richelieu; el de la
marquesa de Sablé; y sobre todo el de su gran protector y amigo: el duque de
Roannez.
En esas mansiones elegantes Pascal se distrae de las
ecuaciones. También en provincias visita en Auvergne a los Périer durante el
invierno de 1652-1653. Persigue a las Preciosas de Clermont y se involucra en
la sociedad mundana de Poitiers y Fontanay-le-comte. Allí conoce a canallas
graciosos, tahúres divertidos, grandes de Francia y también bellos espíritus
como el Caballero de Méré, apóstol de la Politesse.
En el país del “Amor tirano”, Pascal tuvo que probar algún tipo de amor. Se
sabe por la biografía de su sobrina, Marguerite Périer, que Pascal soñó con el
matrimonio, que flirteó en Clermont con la Safo del lugar. Existió el rumor de
un hijo natural del filósofo y una leyenda jesuítica malintencionada según la
cual habría dilapidado su dinero con cortesanas (a meretricibus spoliatus). Sus
supuestos amores con Mlle. De Roannez, hermana del duque, dieron para una
novela y no es imposible que les haya unido alguna inclinación.
Sin duda Pascal conoció lo que Calvino llamó “las cerillas
de Satán”, prueba de ello es que se dejó seducir por el epicureísmo de Mitton
que, considerando al hombre corrupto e insalvable, se desprendía de todo deseo
de eternidad para disfrutar el mundo tal y como es. Damien Mitton es el
prototipo del libertino en los Pensées de Pascal. En los escritos que dejó
sobre “la honestidad” desarrolla una moral sin Dios que intenta conciliar la
búsqueda de la felicidad con la razón.
Atraído por los señoritos que se divierten, Pascal conoce una segunda
caída, ya que le es preciso raposear con la bolsa para mantenerse en su
compañía, de donde la vergüenza y la amargura. Se burlan de su incomodidad. El
Caballero de Méré le reprocha ser demasiado cartesiano. Acosado por pullas y
chanzas, Pascal hace un ejercicio de urbanidad para conciliar sus valores, que
ya no están de moda, con la vida mundana a fin de mantenerse en ella. La
mundaneidad le exige, además de fondos económicos, “ser distinguido”. He aquí la clave de esta colección de
pensamientos que constituyen el Discours,
un florilegio inacabado de aforismos y epigramas sin conclusión.
Estas máximas que a veces ofrecen cierta continuidad y otras
se salta en ellas de un asunto a otro, se parecen a las notas apresuradas de un
diario. La coherencia entre sus partes es como la de las pinceladas y trazos de
un cuadro impresionista. A veces parecen oírse otras voces como notas de
opiniones dispares. Todas las concepciones antes referidas del amor parecen
darse aquí cita: el amor racionalista, el pleno, el heroico, el preciosista, el
educado, el hedonista…, junto a las exigencias de la politesse aclaradas por el Caballero de Méré, la intuición de lo
conveniente (la convenance) que se enlaza a la observación de lo que se siente
sin explicación y a la percepción de lo que trasciende el lenguaje explícito.
El Discours servirá tal vez de embrión para los Pensées. Su
preocupación por la nitidez, su horror a la confusión, la pretensión de aclarar
el vocabulario que definirá el “espíritu de finura”, frente al “espíritu de
geometría”. Del salón al retiro espiritual llevará Pascal su distinción entre
el espíritu geométrico que se vale de la lógica y el de finura, que se vale de
la intuición, y también la teoría de la máquina, la noción de la diversión, etc.
Después del Discours, Pascal en efecto se retira del mundo y se consagra a
Dios. Un mundo en el que él mismo nunca fue aceptado del todo, de ahí el
encarnizamiento con que, en los Pensamientos, lo fustigará, tal que un amante
traicionado y celoso. Si hubiese sido más indulgente no se habría sentido tan
solo, pero Pascal no le perdonará al mundo que haya sido tan estrecho como para
no poder acoger su espíritu riguroso y profundo.
Notas bibliográficas
- Esta entrada ha sido elaborada sobre todo a partir de la Introducción, comentarios y notas de Verdun L. Saulnier en su edición del Discours sur les passions de l'amour avec des poésies inédites, París MCMXLVII.
- La traducción completa del Discours pascaliano al español puede encontrarla el atento lector de A pie de clásico en la siguiente entrada.
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preciosismo
jueves, 9 de abril de 2020
RAZÓN DE AMOR (Pascal)
Blaise PASCAL. Discurso sobre las pasiones del amor.
Discours sur les
passions de l’amour (h. 1652)[1]
Traducción de José Biedma López
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| Blaise Pascal (1623-1662), polímata, matemático, físico, filósofo y teólogo. |
I. El hombre ha nacido para pensar, ni un momento pasa sin
hacerlo; pero los pensamientos puros, que le harían feliz si pudiese
conservarlos, le fatigan y derrotan. No puede acomodarse a una vida simple, le
es precisa la emoción y la acción, precisa la agitación de las pasiones para
sentir en su corazón la profundidad y vitalidad de sus fuentes.
II. Las pasiones que más le convienen al hombre y que
contienen muchas otras son el amor y la ambición. No suelen darse juntas. No
obstante, se asocian a menudo, aunque se debiliten la una a la otra
recíprocamente, por no decir que se arruinan.
III. Por muy amplio espíritu que tenga cualquiera, no será
capaz más que de una gran pasión, por eso cuando el amor y la ambición se
alían, no son ni la mitad de lo que serían si se dieran una u otra solas.
III bis. La edad no determina ni el comienzo ni el final de
estas dos pasiones. Nacen desde los primeros años y subsisten muy a menudo
hasta la tumba. No obstante, puesto que exigen mucha energía (feu), los jóvenes son más propensos, y
parece que se ralentizan y rarifican con los años.
IV. La vida del hombre es miserablemente corta. Se la cuenta
desde su entrada al mundo; yo preferiría medirla desde el nacimiento de la
razón, y desde que uno comienza a ser sacudido por la razón, lo que no sucede
ordinariamente antes de los veinte años, antes de eso uno es niño, y un niño no
es un hombre.
V. ¡Qué dichosa es una vida que comienza por el amor y acaba
por la ambición! Si tuviera que escoger una, escogería esta. Cuando uno tiene
vigor (feu) uno es amable, pero
cuando este fuego se apaga, se pierde. Entonces, ¡que sea la posición bella y
grande por la ambición! Por eso, el amor y la ambición[2]
inauguran y concluyen la vida, este es el estado más feliz del que la
naturaleza humana es capaz.
VI. En la medida en que crece el espíritu, mayores son las
pasiones, ya que las pasiones son sentimientos y pensamientos que pertenecen
puramente al espíritu, aunque sean ocasionados por el cuerpo, es evidente que
no son sino el mismo espíritu, y que ocupan toda su capacidad. No hablo más que
de las pasiones ardientes (de feu) pues, respecto de las otras, se mezclan a
menudo y causan confusiones incómodas, pero esto no sucede en aquellos que
atesoran espíritu.
VII. La vida tumultuosa es agradable para los grandes
espíritus, pero los mediocres no hallan en ello ningún placer, son meras
máquinas.
VIII. En un alma grande todo es grande[3].
IX. ¿Nos preguntamos si es necesario amar? Eso no se debe
preguntar, uno lo debe sentir. No deliberamos sobre eso. Somos arrastrados a
ello, y tenemos el placer de equivocarnos cuando se consulta.
X. La claridad de espíritu causa también la claridad de la
pasión. Por eso un espíritu grande y neto ama con ardor, y ve con distinción lo
que ama[4].
XI. Hay dos clases de espíritus: a uno se le puede llamar de
geometría, y al otro de finura (finesse).
El primero adopta puntos de vista lentos, duros e inflexibles; pero el segundo
tiene flexibilidad de pensamiento que aplica al mismo tiempo a las diversas
partes amables de lo que ama. Desde los ojos se dirige al corazón y por los
movimientos de fuera conoce lo que pasa dentro.
Cuando uno junta
en sí los dos espíritus, ¡qué placer da el amor! Pues uno posee a la vez fuerza
y versatilidad, tan necesaria para la conversación (eloquence) de dos personas.
XII. Nacemos con un tipo característico de amor en nuestros
corazones, que se desarrolla a medida que el espíritu se perfecciona y que nos
lleva a amar lo que nos parece bello, sin que se nos haya dicho nunca lo que
es. Después de eso, ¿quién duda de que estemos en el mundo para otra cosa que
para amar? En efecto, uno puede ocultárselo a sí mismo, pero ama siempre; en
las cosas mismas de las que parece que uno haya retirado el amor, allí se
encuentra secreta y ocultamente, y no es posible que el hombre pueda vivir un
momento sin eso.
XIII. Al hombre no le gusta permanecer consigo mismo[5].
No obstante, ama, es preciso pues que busque en otra parte qué amar. No lo
puede encontrar sino en la belleza, pero como él mismo es la criatura más bella
que Dios haya nunca formado, es necesario que encuentre en sí mismo el modelo
de esta belleza que busca fuera. Cada uno percibe en sí mismo los primeros
rayos de luz y, según lo que uno capte, se acerca a lo que allí fuera le
conviene o se aleja de ello; uno se forma ideas de lo bello y lo feo sobre
todas las cosas. No obstante, cualquier cosa con que el hombre busque llenar el
gran vacío que provoca saliendo de sí mismo, con todo, no podrá encontrar
satisfacción suficiente ni completa. Demasiado grande es su corazón. Sería
necesario que fuese algo que se le pareciera y se le aproximara al máximo. Por
eso la belleza que puede contentar al hombre no sólo consiste en conveniencia,
sino también en semejanza. Se restringe[6]
y encierra en la diferencia de sexo.
XIV. La naturaleza imprime tan bien esta verdad en nuestras
almas que la encontramos decidida. No es necesario ni arte ni estudio, incluso
parece que ya tenemos un hueco que llenar en nuestros corazones y que se llena
de hecho. Mas eso se siente mejor que se dice. Sólo quienes saben confundir y
despreciar sus ideas no lo ven.
XV. Aunque esta idea general de belleza esté grabada en el
fondo de nuestras almas con caracteres inefables, no deja de sufrir enormes
diferencias en su aplicación particular, pero esto sucede sólo por el modo de
considerar lo que gusta, pues nadie desea la nuda belleza, sino que uno desea
en ella mil circunstancias que dependen de la disposición en que se encuentra,
y es en este sentido en el que uno puede decidir que cada cual tiene el
original de su belleza de la que busca copia en el macrocosmos (grand monde). No
obstante son las mujeres las que determinan a menudo este original, puesto que
tienen un imperio absoluto sobre el espíritu de los hombres, diseñan o bien las
partes de las bellezas que poseen o bien las que estiman y así añaden por este
medio lo que les place a la belleza radical[7].
Por eso hay un siglo para las rubias y otro para las morenas, y el reparto que
hay entre las mujeres en relación a la estima de unas o de otras condiciona también
el reparto entre los hombres sobre unos y otros y durante el mismo tiempo.
XVI. La moda y los países regulan con frecuencia lo que se
llama belleza. Es extraño que la costumbre se mezcle tanto con nuestras
pasiones. Eso, desde luego, no impide que cada cual tenga su idea de belleza
con la que juzga a los otros y con la cual los señala, por este principio
cualquier amante encuentra a su amada más bella y la propone como ejemplo.
XVII. La belleza se reparte de mil maneras diferentes. El
sujeto más apropiado para soportarla es una mujer, cuando tiene espíritu, ella
la anima y subraya maravillosamente [la idea de belleza].
XVIII. Si una mujer desea gustar y posee las ventajas de la
belleza, al menos en parte, triunfará, e incluso, si los hombres fueran muy
precavidos, aunque ella no lo intentase, se haría amar. Si hay un lugar de
espera en sus corazones, allí se alojará ella.
XIX. El hombre ha nacido para el placer: lo siente, no es
precisa ninguna prueba más. Sigue pues su razón dándose al placer. Pero muy a
menudo siente la pasión en su corazón sin saber por dónde ha comenzado.
XX. Un placer verdadero o falso puede llenar igual el
espíritu, pues, ¿qué importa que este placer sea falso, siempre y cuando uno
esté persuadido de que es verdadero?[8].
XXI. Con tanto hablar del amor, uno se vuelve amoroso; nada
más fácil, es la pasión más natural en el hombre.
XXII. El amor no tiene edad, siempre está naciendo; nos lo
han dicho los poetas, por eso se lo representa como un niño; pero sin tener que
preguntárselo, ya lo sentimos.
XXIII. El amor da espíritu, y se sostiene por el espíritu.
Se necesita dirección para amar; uno se cansa todos los días buscando maneras
para gustar, no obstante, es preciso complacer, y uno complace.
XXIV. Tenemos una especie de amor propio que nos representa
a nosotros mismos como capaces de llenar varios espacios fuera. Esto es lo que
causa que seamos felices al ser amados. Como se lo desea con ardor, enseguida
lo notamos, y uno se reconoce en los ojos de la persona que ama, pues los ojos
son los intérpretes del corazón, pero sólo quien tiene interés en ellos
entiende su lenguaje.
XXV. El hombre solo es algo imperfecto, es necesario que
encuentre una segunda persona para ser feliz. La busca a menudo entre las
iguales en condición, porque la libertad y la ocasión de manifestarse se
reconoce allí más fácil. Sin embargo, a veces iremos más abajo, sentimos que el
fuego se hace más grande, ya que no nos atrevemos a expresarlo a quien lo ha
causado.
XXVI. Cuando uno ama a una Dama de distinta condición, la
ambición puede acompañar el comienzo del amor, pero en poco tiempo deviene
maestro, pues el amor es un tirano que no admite compañeros, quiere estar solo,
por lo que es preciso que todas las pasiones cedan y le obedezcan.
XXVII. Una alta amistad llena el corazón, mejor que una
común e igual: el corazón del hombre es grande, las pequeñas cosas flotan en su
superficie, sólo las grandes hacen nido y allí permanecen.
XXVIII. Escribimos a menudo de cosas que no confirmamos sino
obligando a todo el mundo a reflexionar sobre sí mismo y a encontrar la verdad
de la que hablamos. En eso estriba la fuerza de lo que digo.
XXIX. Cuando un hombre tiene delicada una parte de su
espíritu es que está enamorado, pues como es sacudido por algún objeto
exterior, si hay en él algo que repugna a sus ideas, se apercibe y huye. La
regla de esta debilidad depende de una pura razón, noble y sublime. Así nos
podemos creer frágiles sin que lo seamos efectivamente, mereciendo ser
censurados desde el momento que cada uno tiene su soberano criterio de lo
bello, y es independiente del de los demás. No obstante, entre mostrarse
delicado y no serlo en absoluto, acordaremos que, cuando uno desea ser
delicado, uno no está lejos de serlo absolutamente.
XXX. A las mujeres les gusta vislumbrar delicadeza en los
hombres, y me parece que ese es precisamente el medio más tierno y eficaz para
cautivarlas. Verán que otros mil son despreciables y que sólo nosotros somos
dignos de estima.
XXXI. Las cualidades del espíritu no se consiguen por
habituación: el hábito sólo las perfecciona. De ahí se sigue que la delicadeza
es un don de la naturaleza y no una adquisición del arte.
XXXII. A medida que crece el espíritu, encontramos más
bellezas originales; ni siquiera es preciso estar enamorado; es más, cuando uno
lo está, no atiende más que a una especie de belleza.
XXXIII. ¿No parece que tantas veces como una mujer sale de
ella misma para señalarse en el corazón de otros, igual hace un hueco para los
otros en el suyo? (conozco a quienes lo niegan) ¿Sería otro proceder injusto?
Lo natural es devolver cuanto tomamos.
XXXIV. El apego a un mismo pensamiento fatiga y arruina el
espíritu del hombre. Por eso, para garantizarse la solidez y duración del
placer amoroso, es necesario a veces no saber que amamos y esto no es ser
infiel, pues uno no ama a otra persona: es retomar fuerzas para amar mejor.
Sucede sin que lo pensemos, el espíritu se conduce por sí mismo, la naturaleza
así lo quiere, lo ordena.
Por consiguiente,
es preciso confesar que es una miserable consecuencia de la naturaleza humana,
y que seríamos más felices si no nos sintiésemos obligados a cambiar de
pensamiento; pero no hay remedio.
XXXV. El placer de amar sin atreverse a confesarlo tiene sus
espinas, pero también sus dulzuras: ¡Con qué exaltación conforma todos sus
actos con la intención de gustar a las personas que uno estima infinitamente!
Estudiamos todos los días cómo hallar los medios de declararnos, gastamos tanto
tiempo en eso como si se tratara de entretener a quien se ama. Los ojos se
encienden y apagan al mismo tiempo y, con tal que no se sepa claramente que
quien causa todo este desorden se preserva, tenemos la satisfacción de sentir
estos afectos por una persona que bien los merece. Quisiéramos tener lengua
para proclamar nuestro amor, pero como nos falta la palabra, estamos obligados
a reducirnos a la elocuencia de las obras.
XXXVI. Hasta ese momento estamos siempre alegres y ocupados,
con eso somos felices, pues el secreto de mantener una pasión es no dejar
crecer ningún vacío en el espíritu, obligándolo a aplicarse sin parar a lo que
le afecta tan agradablemente. Pero, cuando está en la situación que acabo de
describir, la pasión no puede durar mucho, porque hay un solo actor y la pasión
precisa dos, por lo que es difícil que no agote pronto todos los movimientos
que la agitan.
XXXVII. Aunque sea una misma la pasión, precisa novedad; el
espíritu gusta de la novedad, y quien sabe procurarla sabe hacerse amar.
XXXVIII. Tras seguir ese camino, esa plenitud que va
menguando, y que ya no recibe socorro ni caudal de su fuente, la pasión declina
miserablemente y las pasiones enemigas se apoderan de un corazón que rompen en
mil pedazos. No obstante, queda un rayo de esperanza, por débil que sea, que
nos eleva tan alto como antes. Puede que este sea un juego que complace a las
damas, pero otras veces, con aparentar compasión, tienen suficiente. ¡Qué
felices somos cuando llega eso![9].
XXXIX. Un amor firme y sólido siempre comienza por la
elocuencia de las obras[10];
los ojos cobran un papel relevante. No obstante, es preciso adivinar, pero
adivinar bien.
XL. Cuando dos personas comparten un sentimiento, ya no
adivinan, por lo menos hay una que entiende lo que la otra quiere decir, sin
que el otro lo comprenda ni se atreva a entenderlo.
XLI. Cuando amamos se nos aparecen a nosotros mismos cuantos
fuimos antes. Y nos imaginamos que todo el mundo se percata de ello, pero nada
tan falso. Sin embargo, puesto que la razón es obnubilada por la pasión,
carecemos de certezas y siempre desconfiamos[11].
XLII. Cuando amamos, nos convencemos de que descubriremos la
pasión de otro, por eso tememos[12].
XLIII. Cuanto más largo sea el camino en el amor, tanto más
placer sentirá un espíritu delicado.
XLIV. Existen espíritus a los que hay que dar esperanzas
durante mucho tiempo: son los delicados. Hay otros que no soportan dificultades
durante largo tiempo: son los más groseros. Los primeros aman durante más
tiempo y con más provecho; los otros aman con prisas, con más libertad, y rematan
pronto.
XLV. El primer efecto del amor consiste en inspirar un gran
respeto; veneramos[13]
lo que amamos. Es justo, puesto que uno no reconoce nada más grande en todo el
mundo.
XLVI. Los autores no pueden referirnos con exactitud la
alteración de amor de sus héroes, para ello sería necesario que ellos mismos
fuesen héroes.
XLVII. El desconcierto de amar en muchos lugares es tan
monstruoso como la injusticia en el espíritu[14].
XLVIII. En el amor vale más el silencio que la palabra. Es
bueno que se prohíba. Hay allí una elocuencia silenciosa que penetra como la
palabra no podría hacerlo. ¡Qué bien persuade un amante a su amada de esa
prohibición y de que, sin embargo, sigue presente el espíritu! Por poca
vivacidad que tengamos, hay encuentros en los que es bueno que enmudezcamos.
Todo eso sucede sin regla ni reflexión y, cuando el espíritu lo hace, no
pensamos en el después: sucedió necesariamente.
XLIX. Adoramos a menudo a quien no cree ser adorado, y no
por eso dejamos de guardarle una fidelidad inviolable, aunque no sepa nada,
pero es preciso que se trate de un amor muy fino y muy puro.
L. Conocemos el espíritu de los hombres, y por tanto sus
pasiones, mediante comparaciones de los otros con nosotros mismos.
LI. Comparto la opinión del que dice que en el amor uno
olvida su fortuna, a sus parientes y a sus amigos: tan lejos se llega en las
grandes amistades.
LII. Lo que hace que vayamos tan lejos en el amor es que uno
no piensa que necesite más que aquello que ama[15],
que llena el espíritu y no deja espacio ni para el cuidado ni para la
inquietud. La pasión no alcanza su belleza sin este exceso. De ahí viene que no
nos preocupemos de lo que el mundo dice, pues sabemos que nuestra conducta no
es condenable, ya que viene de la razón[16].
Allí donde la pasión es completa, ni siquiera puede haber un comienzo de
reflexión.
LIII. No es un efecto de la costumbre, es una obligación de
la naturaleza que los hombres sean quienes den un paso al frente para conseguir
la amistad de una dama.
LIV. Este olvido causado por el amor y este apego a lo que
amamos hacen nacer cualidades que no teníamos antes. Llegamos a ser magníficos
sin haberlo sido.
LV. Un amante avaricioso muda en liberal, y ni se acuerda de
haber tenido hábitos contrarios. Vemos la razón de esto al considerar que hay
pasiones que constriñen el alma y la inmovilizan, y las hay que la amplían y la
derraman fuera.
LVI. Ha sido inapropiado quitarle el nombre de razón al amor
y oponerlos sin fundamento, pues el amor y la razón son lo mismo; una
precipitación de pensamientos que se carga a un costado sin que se examine su
totalidad, pero es siempre una razón, y uno no debe ni puede desear que sea de
otro modo, pues seríamos máquinas muy desagradables. No excluimos pues para
nada la razón del amor, es inseparable. Los poetas se han equivocado al
retratarnos ciego al amor: hay que quitarle la venda y devolverle ahora el
disfrute de sus ojos.
LVII. Las almas propicias al amor piden una vida de acción
que estalla en acontecimientos nuevos: como hay movimiento interior, también ha
de haberlo fuera, y esta manera de vivir ofrece un maravilloso trayecto a la
pasión. Por eso los de la corte son mejor recibidos en el amor que los
villanos, porque unos son todo fuego, y los otros llevan una vida cuya
uniformidad no posee nada que conmueva. La vida de tempestad sorprende, golpea y
penetra.
LVIII. Parece que tengamos un alma distinta cuando amamos
que cuando no amamos: la pasión nos eleva y nos engrandece. Es necesario que el
resto guarde proporción, otra cosa no conviene, y por tanto resulta
desagradable.
LIX. Lo agradable y lo bello son lo mismo, todo el mundo
posee su idea; hablo de una belleza moral, que consiste en las palabras y en
las acciones exteriores. Tenemos una regla para llegar a ser agradables; no
obstante, la disposición del cuerpo cuenta necesariamente, pero no se puede
adquirir.
LX. A los hombres les ha gustado formarse una idea de lo agradable
tan elevada que nadie puede alcanzarla. Juzguemos mejor y digamos que no es
otra cosa sino lo natural con una facilidad y vivacidad de espíritu que
sorprende. En el amor estas dos cualidades son necesarias: no requiere fuerza y
tampoco lentitud. La costumbre proporciona el resto.
LXI. El respeto y el amor deben estar tan bien
proporcionados que se sostengan en equilibrio sin que el respeto sofoque al
amor.
LXII. Las grandes almas no son las que aman muy a menudo;
hablo de un amor violento. Es preciso una inundación de pasión para conmoverlas
y para llenarlas. Pero, cuando comienzan a amar, aman mucho mejor.
LXIII. Decimos que hay naciones más amorosas que otras; no
es correcto o al menos no es absolutamente cierto. El amor como apego de
pensamientos es universal. Es verdad que, afectando a otros lugares distintos
del pensamiento[17], el
clima puede añadir alguna diferencia, pero referida al cuerpo.
LXIV. Pasa lo mismo con el amor y con el buen sentido (bon sens). Como un cree tener tanto
espíritu como cualquier otro, uno cree también amar lo mismo. No obstante,
cuando tenemos mejor agudeza visual, amamos hasta lo pequeño, lo que no es
posible a otros. Es preciso ser muy fino para señalar esta diferencia.
LXV. Casi no podemos fingir que amemos, hasta que no estamos
muy cerca de ser amantes o por lo menos hasta que no amamos de alguna manera:
pues es preciso contar con el espíritu y los pensamientos del amor para
aparentarlo. ¡Oiga!, ¿el medio de hablar bien de eso sin eso? La verdad de las
pasiones no se disfraza tan fácil, presenta verdaderas señales. Precisa fuego y
acción, y un juego natural del espíritu para lo primero, puede que otras
señales se oculten lenta y flexiblemente: eso cuesta menos.
LXVI. Cuando estamos lejos de lo que amamos, decidimos hacer
y decir muchas cosas; pero cuando estamos cerca, dudamos. ¿De dónde viene eso? Porque cuando estamos lejos, la razón no resulta tan sacudida; pero está
extrañamente en presencia del objeto. O, por la decisión que hemos tomado, que
necesita firmeza, la cual queda arruinada por la conmoción de la presencia.
LXVII. En el amor no nos atrevemos a arriesgar, porque uno
teme perderlo todo; es preciso avanzar, pero ¿quién puede decir hasta dónde?
Temblamos siempre mientras encontramos el punto justo y nada hace la prudencia
por conservarse cuando lo hallamos.
LXVIII. Nada tan embarazoso como ser amante y ver algo a
favor sin atreverse a creérselo. Peleamos por igual con la esperanza y el
miedo, pero al fin el último vence a la primera.
LXIX. Cuando uno ama mucho, siempre resulta novedoso ver a
la persona amada tras un momento de ausencia. Uno la echaba de menos en su
corazón. ¡Qué alegría reencontrarla!
Sentimos que cesan las inquietudes. Se precisa que sea un
amor maduro, pues si está aún floreciendo y no hacemos ningún progreso, cesan
también las inquietudes, pero otras las reemplazan.
LXX. Ya que unas dolencias suceden así a las otras, dejamos
de desear la presencia de la amada con la esperanza de sufrir menos. No
obstante, cuando la vemos, creemos sufrir más que antes. Las dolencias pasadas
ya no nos conmueven, nos hieren las presentes, y uno juzga sobre lo que sufre.
¿No es digno de compasión un amante en tal estado?
[1] Des
presses de Jacques Haumont, chez Flammarion, collection Classiques sous la
direction de Verdun L. Saulnier, París 1947.
[2] La
Bruyère (1645-1696), Du coeur: “les
hommes commencent par l’amour, finissent par l’ambition”.
[3] ¡Ojo!
Para Pascal, es preciso ser grande de alma (magnánimo, sensu stricto) tanto para ser muy bueno
como para ser muy malo. El crimen no está al alcance de los pusilánimes (Cfr. Pensamientos).
[4] Los
atributos cartesianos de la evidencia racional, claridad (netteté) y
distinción, son también para Pascal cualidades del amor.
[5] Teoría
pascaliana de la diversión: “Los hombres no buscan en ella más que una ocupación
violenta e impetuosa que les distraiga de la visión de sí mismos” (Pensamientos).
[6] La
necesidad de semejanza restringe el
dominio de lo que puede resultarnos y conformarnos como belleza satisfactoria.
[7] Belleza
radical (beauté radicale) dice el comentarista Verdun L. Saulnier, es el tipo
genuino, originario de la belleza que el hombre lleva en sí, en la raíz de su ser.
[8]
Verdadero y falso son aquí sinónimos de real e imaginario. “La Imaginación
llena a sus huéspedes con una satisfacción mucho más plena e íntegra que la
razón…, no puede volver sabios a los locos, pero los pone contentos” –escribe
Pascal en Pensamientos (ed. De Sarpe, nº 104).
[9] Suena
irónico.
[10] Obras
son amores…
[11]
“Deseamos vivir en la idea de los otros una vida imaginaria…, trabajamos
incesantemente para embellecer y conservar este ser imaginario y descuidamos el
verdadero”, Pensées, ed. Brunschvicg,
nº 147.
[12] Supongo
que se refiere a los celos.
[13] Para
Descartes, uno puede amar-estimar todo orden de seres: una flor, un pájaro, un
paisaje, un cuadro, un caballo… Pero las diferentes dignidades del objeto
sugieren también en el amante distintos “amores”, para lo que es inferior
hablamos de “afecto” (affection),
amistad para lo que es igual en dignidad, y devoción para lo que es superior, o
sentimos superior en dignidad. ¿Supone la veneración (vénération) pascaliana un grado superior de la devoción cartesiana
(dévotion)?
[14] ¿Con
esta dispersión espacial (endroits) del amor refiere Pascal al donjuanismo?
[15]
“Contigo, a pan y cebolla”.
[16] Una
idea muy original, esta de que la pasión es “razón suficiente” e incluso
“necesaria”, próxima al punto de vista de Hume, quien suponía que el oficio de la razón es obedecer y satisfacer las pasiones, y muy difícil que la comparta
cualquier ética estrictamente racional.
[17] Alude
aquí Pascal a un “amor físico” que contrastaría con el “amor espiritual”, "cortés" o "fino".
martes, 31 de marzo de 2020
LA CIUDAD DE DIOS
LA VISIÓN DE LA HISTORIA DE SAN AGUSTÍN
El imperio romano del siglo V ya no parecía tan malvado ni avocado al vicio como
antaño, antes de Constantino, pero la Iglesia ya no parecía tan santa después
de Constantino, el emperador que en 313 había decidido convertir el cristianismo en la fe del
Estado (In hoc signo vinces). Hay que recordar el contexto. Cuando san Agustín (354-430) comenzó a escribir
hacia el 413 su Ciudad de Dios, los
bárbaros comenzaban a invadir y a destruir el imperio romano. San Agustín
escribe la De Civitate Dei para
responder a las acusaciones dirigidas contra los cristianos (pacifismo,
incivismo) y para consolarlos por la derrota, pues en 410 el bárbaro Alarico
conquistó Roma, capital de un imperio cristiano.
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viernes, 27 de marzo de 2020
DIÓGENES DE SÍNOPE
El valor de lo necesario
¡Pobre Diógenes! Le pusieron su nombre al síndrome de un trastorno mental que nada tiene que ver con su menesterosa y sobria condición. Diógenes el de Sínope (404-323) -no el de Laertes (180-240), que vivió muchos siglos después-, no quería más cosas, quería menos cosas, era un anti-consumista. Como jipi o “perro-flauta” de la época en que Alejandro el Grande dominaba el mundo, llevaba en su mochililla un vaso de madera para beber. Una vez vio a un niño beber agua valiéndose sólo del cuenco de su mano y aceptó la gran lección que le daba el niño, así que tiró el vaso. Tenía por principio ético conformarse con lo necesario, con lo imprescindible.
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martes, 3 de marzo de 2020
FE Y CRISIS DEL PROGRESO
![]() |
| VOAEX: Viaje de (H)ormigón por la Alta Extremadura, Wolf Vostell, 1976. Paraje natural de Los Barruecos (Malpartida, Cáceres) |
A finales del siglo pasado menguó el interés por la
conquista de la galaxia. Salvo a los astrónomos, los empleados de la NASA y
unos cuantos frikis repartidos por las naciones del planeta Tierra, ¿a quién le
importa ya que esta o aquella sonda haya rebasado Plutón? Incluso Plutón ha
perdido su antaño consideración de “planeta” para ser una roca más entre la
multitud de mundos muertos que orbitan alrededor del sol en un radio
lejanísimo. No hay signos que palíen la soledad de nuestra raza o vulneren el
silencio del cosmos, que no ha hecho sino extenderse más y más desde la
revolución científica del XVI, como un precipicio inhumano o un pozo sin fondo,
o cuyo abismo es la Nada paradójica de los agujeros negros. La Historia universal
del hombre parece ser la de un relato épico pero inútil y, lo peor, sin oyentes.
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miércoles, 5 de febrero de 2020
AZAR Y CAUSALIDAD
![]() |
| Pulverización. Semillas de adelfa. |
Llamamos
acontecimientos azarosos a los hechos cuyas causas desconocemos. En este
sentido, el azar habría cumplido la misma función epistemológica o de
“tapa-huecos” que la idea de providencia divina. Simplemente achacamos al azar o
a la inescrutable voluntad de Dios lo que sucede cuando no podemos explicar
necesariamente por qué sucede, es decir cuando no conocemos las causas de los fenómenos.
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